Una persona no humana: Sandra (borrador)

Fecha: 26 junio, 2019 por: dariomartinez

La orangután del zoo de Buenos Aires es sujeto de derechos, ya no es una cosa o un objeto. La ley ahora la protege como persona no humana. Atrás queda el ser pura extensión sometida al rigor de un mecanicismo ajeno a cualquier sombra de voluntad libre, tal y como sostenía Descartes. La modernidad elevó al ser humano degradando al animal y triturando hasta la neutralización a esos seres angélicos que sin materia y con pura forma limitada e inteligente se aproximaban más y con mayor benevolencia a la mismísima voluntad de Dios. El mecanicismo de las bestias, ya apuntado por el médico judío Gómez Pereira, indirectamente dignificaba al hombre como persona con raciocinio. La modernidad inoculaba en la nueva clase burguesa del momento la identificación sin ningún atisbo de duda de persona y ser humano. La intuición del racionalismo cartesiano ahora no logra aprehender las verdades claras y distintas sino que lo que en principio es evidente se tronará oscuro y especialmente confuso. En el inventario de lo nada evidente estará el yo. A pesar de todo el mito del ser humano como persona y racional es dominador y desactivarlo con rigor es una labor de pocos, tal vez ni de sabios, si acaso, tarea ni tan siquiera humana por titánica al ser el error por todos asumido inexpugnable.

Ahora bien, hubo humanos no personas: esclavos o especies humanas ya extinguidas como los neandertales y hay personas no humanas como las tres personas divinas de la tradición cristiana, más allá de que creamos o no en su existencia; honesto es reconocer el impulso de dignificación dado por la teología cristiana al ser humano al resolver la cuestión nada fácil de la naturaleza de Cristo como Dios hecho hombre; la persona era un compendio perfectamente armonizado de naturaleza humana, natural, material, carnal, y de naturaleza divina, espiritual, racional, formal. El cuerpo era un contendido secundario afín a los deseos más caprichosos, pero su naturaleza concupiscible podía ser dominada por un espíritu seguidor de la esencia voluntariosa de Dios como garantía de perfección en forma de felicidad y salvación. El cuerpo, insistimos, es el hogar del alma, y prescindir del contenido que le da forma no es virtuoso, es directamente pecado.

En otro orden de cosas, al otorgar derechos como sujeto a un animal para protegerlo de su indefensión necesariamente lo igualamos a nosotros y en este equilibrio jurídico corremos el riesgo de perder nuestros derechos en tanto que personas humanas. Igualarnos a los animales en el campo de la ética les eleva a ellos pero el precio que se puede pagar es el debilitamiento de nuestra dignidad. El padre de la liberación animal, allá por los años 70 del siglo pasado, sostenía que el siglo XX había sido protagonizado por la reivindicación de los derechos civiles de las poblaciones negras, de las mujeres y de los gays de países instalados en un primer mundo dominado por los desequilibrios sociales, desordenes que acarreaban los privilegios de unos y el sometimiento de otros (Singer, 2011: 361). La dominación de los blancos sobre los negros presidida por una desigualdad fundamentada en un programa doctrinal racial que reivindicaba la verdad de los diferentes grupos humanos biológicamente distribuidos era su coartada ideológica. Su relativismo cultural se perpetuaba en una forma muy sutil de tolerancia del desprecio, la piedra sillar del equilibrio social estaba en evitar el mestizaje, la pureza exigía poner límites legales tanto a los grupos superiores y privilegiados (prohibición de matrimonios mixtos) como a los grupos inferiores y degradados hasta la esclavitud (cosa u objeto de derecho, como tal el esclavo era una mercancía sacralizada en torno a un derecho de naturaleza liberal como el de la propiedad privada, fuente por otra parte de su toma de partido por un iusnaturalismo fraguado como ficción humana original y anterior al Estado). Pues bien, la hora de los derechos de negros, gays y mujeres ya pasó, ya lograron sus metas, ahora es el momento de los derechos de los sin voz, de los más indefensos. Si ellos lo lograron con sus reivindicaciones y luchas por qué no van a poder hacerlo los animales. Singer nos muestra esa cara peligrosa de la demandas animalistas, ese rostro turbio y peligroso en el que se equipara a los negros, a los gays, a las mujeres con los animales en su afán por derrotar racional y éticamente el especismo como forma de racismo frente a los animales. 

Por último, leía en la revista semanal de El País una última reflexión del periodista responsable de la noticia en la que decía: “la mirada de Sandra impresiona por ser inteligente”, lo presentaba como una desvelación de la que el resto de lectores no nos habíamos percatado con anterioridad, tal vez por falta de interés real en el asunto, o por falta de conocimientos científicos relacionados con las neurociencias y la etología. En cambio la realidad muestra ser tozuda. No son esos descubrimientos ninguna novedad, lo que nos aportan con sus pesquisas son resultados ya sabidos engolfados de jerigonzas conceptuales que impresionan al noble indagador de información sobre el asunto, pero no es para nada enriquecedor el decir con lo que parecen grandes argumentos trazados en el contexto del rigor científico, que muchos animales razonan, son inteligentes y son capaces de dilatar el tiempo con el propósito de poner el marcha planes de futuro prudentes. Guiados por una memoria fraguada en un hábito que les pondera, sus conductas, por complejas y sujetas a un saber hacer pautado, son culturales. Los animales tienen cultura, objetivamente más pobre que la humana, y también poseen la capacidad de razonar, distinta, más rudimentaria, entre otros motivos por la ausencia de lenguaje articulado y por la falta de unas manos con una destreza única para poder construir artefactos que van desde una aguja de hueso para coser pieles a un misil con ojivas nucleares de largo alcance, ambos artefactos son humanos, ambos son culturales, si bien el misil requiere de una destreza y de una habilidad orientada a la verdad que trasciende lo natural y lo cultural alcanzando un grado de materialidad universal e incluso anantrópico, y ese complejo saber hecho en el laboratorio estará vinculado con la mecánica (sobre el movimiento y sus causas) y con la física de partículas para la obtención de energía atómica controlada para fines militares. La cultura y la razón no son exclusivas del ser humano. En la dialéctica por la supervivencia el hombre primitivo socialmente constituido en grupos reducidos de individuos (hordas o tribus) mantenía un especial vínculo con los animales realmente existentes del momento. Una muestra son las pinturas rupestres, esas reliquias artísticas que permiten indagar con rigor en el quehacer humano de nuestros más lejanos antepasados. Ellos sabían, sin necesidad de la tan cacareada neurociencia, de la naturaleza inteligente de los animales que les servían de fuente de energía para la subsistencia. Su reconocimiento quedó plasmado en piedra, en sus ojos, en sus siluetas, en sus vivos y reales colores y en sus plásticos movimientos los animales adquirían la condición de númenes (Bueno,  1996: 151-187), es decir de dioses a los que había que temer, amar, adorar y cazar para poder comer, vestirse y hacer fuego. Se originaba así una relación muy especial de tipo religioso entre humanos y seres no humanos dotados de razón. Dicha relación asimétrica es el verdadero núcleo del hecho religioso, el inicio de un curso en el que “el hombre hará a los dioses a imagen y semejanza de los animales” (Bueno, 1996: 186) que conduce a un ateísmo en el que el único Dios en el que se cree no sólo es imposible por contradictorio, sino que es un Dios que por infinito ni siquiera desea, lógicamente ha de carecer de voluntad dada su perfección lo que necesariamente le obliga a no querer nada que le pueda absurdamente faltar, luego es obligado deducir que no nos ama, y por si fuera poco con él no mantenemos una relación de fe por estar en ese lugar al cual el hombre con su firme creer es imposible que llegue.

La crisis de la razón del momento, práctica y pura en la línea de Kant, es una brújula sin norte. El sentido de la vida una quimera a largo plazo. El instante perpetúa falsamente un presente perfecto, lleno de oportunidades, donde el mal en forma de error corre de tu cuenta. El individuo sólo y disimuladamente desorientado se abraza a lo más fácil, y lo más deseado es lo más cercano. Hoy en la vorágine de un individualismo estúpido que nos conduce a la imbecilidad, lo que aflora es un síntoma nítido de nuestra idiotez. La falta de reconocimiento dominante por parte de los que son como nosotros, iguales en derechos y dignidad, aboca a muchos a buscar cordura en quien sin ser como nosotros (al no presentar figura humana, salvo el caso extraordinario de Superman que con ser extraterrestre presentaba una figura humana cómica y de comic, hortera y atractiva, impactante e idolatrada, y más cuando uno es un niño curioso y deseoso de sorpresas) es inteligente. El Dios de la tradición cristiana y judía está huérfano de fieles, en su maravilloso ser está nuestra incredulidad. En este naufragio de la razón como hacer reflexivo espoleado por la posmodernidad la vuelta a la religión de nuestros orígenes humanos es un síntoma de barbarie cuando menos preocupante. Podríamos decir que Sandra es no sólo una persona, es una persona no humana y numinosa, pero ahora la relación es ontológicamente falsa ya que es sabido por todos la no divinidad de los animales por nosotros sometidos cuando no domesticados. Quizá lo que si se dé sea un asunto de mejora de una autoestima huérfana de reconocimiento social.

Bibliografía básica

BUENO MARTÍNEZ, Gustavo (1996). El animal divino, ensayo de una filosofía materialista de la religión, Oviedo, Pentalfa.

SINGER, Peter (2011). Liberación animal, Madrid, Taurus.

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