Su mal uso no es una broma

Fecha: 20 noviembre, 2020 por: dariomartinez

Es un sinsentido. Puede entenderse como un «oxímoron». En este caso consiste en añadir una etiqueta a una etiqueta. El uso del vocablo fascista está democratizado, acopiado por todos y usado de forma indiscriminada pierde su sentido, lo que no quiere decir que pierda su fuerza psicológica en forma de insulto del adversario político. Mitificar negativamente al adversario logra como efecto la mitificación positiva de quien lo profiere, así se resalta lo negativo para elevar las verdades y los parabienes ideológicos del auténtico adversario político. De dogma a dogma y tiro porque me toca. La confusión la regla, la nesciencia virtud, la apariencia como conjetura una caricatura de lo inteligible. Platón estorba.

De este modo las cosas ya no se sabe que significan. ¿Qué más da? Fascistas son todos y es nadie, en el fondo comienzan a ser simplemente los otros.

Para un fascista las urnas servían para ser rotas. Un Estado sin una armonía impuesta, exigida, tradicional, verdadera, es una simple locura de no gobernanza. Para el fascista el liberalismo es eso, otorgar una libertad sin norte, sin ideales, sin compromiso compartido, es el ejercicio mitificado y aplaudido de un nihilismo autodestructivo del mismísimo Estado. El fascista quiere el cambio a golpe de coacción colectiva y organizada, y quiere recuperar la tradición. Primero para acabar con el marxismo, por señalar con el dedo acusador de la desigualdad social a la propiedad privada y reivindicar en la dialéctica inexorable de la historia el fin de la idea de Dios por alienadora y opiácea ella. Segundo para acabar con el liberalismo. La usura no es virtud, es un simple contravalor.

El liberalismo es la decrepitud de un Estado atado a lo errático y sin ideales prestos para dirigirse a un «destino en lo universal», es la aceptación de la derrota como pueblo y patria. El liberalismo ha de ser repudiado, la Iglesia dará el golpe de gracia en España al liberalismo que persigue con ahínco un proyecto comercial y productivo sin dirigismos del Estado, sin fronteras, universal y sin trabas burocráticas. La Iglesia y el fascismo son por naturaleza beligerantes con el liberalismo (los nacionalismos no le irán a la zaga), de paso el Estado será una vez dirigido con el puño de hierro del fascismo una farsa democrática entendida como realización permanente del ideal en el presente en forma de movimiento.

Acabar con los estados-nación paridos por la modernidad frente al Antiguo Régimen es el zarpazo vengativo e irracional, por ser una farsa racionalmente perpetuada, del romanticismo. Tres sus enemigos efectivos:

1.- una Iglesia en la órbita no terrenal de una izquierda extravagante, fuera de la política, de las fronteras del Estado,

2.- un liberalismo sin barreras subvencionado por las grandes fortunas ávidas de pequeños estados sobredimensionados en lo financiero (que no en el comercial) para lavar sus teñidos dividendos,

3.- un nacionalismo empeñado en demoler los estados-nación realmente existentes.

Todos ellos constituyen un conglomerado ideológico perfecto para transformar la realidad en duda y confusión a modo de relato posmoderno abierto a la perpetua interpretación y ajeno a cualquier tipo de verdad, ya sea científica y/o filosófica. Todos ellos independientes pero todos ellos con un único finis operantis: acabar con el estado moderno por merma colectiva de sus privilegios. Su finis operis cada vez más cerca de la materialización en forma de feudalización de sus pequeñas parcelas de poder. Como representantes de sus respectivos pueblos, feligreses o consumidores satisfechos la acreditación de que su hacer, vía ejecutiva y de poder político, en caso de ser un error será adjudicado al pueblo.

Reivindicar más Estado es hasta revolucionario. Serviría como mecanismo político al servicio de los ciudadanos, garantizaría la libertad de, fomentaría la alergia, avalaría la libertad para. De este modo cada uno estaría habilitado para poder pensar lo que quisiera, siendo la razón y su libertad la causa necesaria de su mejor ser como persona; pudiendo decir lo que piensa estaría habilitado prudentemente para combatir el odio, la ira y la envidia en forma de una falsa realidad fomentada desde las élites. Minorías ellas, clases extractivas de valor que consumen de las arcas del Estado y piden desde la plataforma de marfil de su sabio intelectualismo que el Estado que les paga desparezca.

El fascista es antimarxista y es además antiliberal. Quiere y desea un estado absolutamente controlado. Lo llamarán orden, y lo entenderán como un gran acuartelamiento civil. La fuerza manda, es la mejor manera de imponer los ideales. Es implacable, no admite disidencias, discrepancias, o dudas ante la autoridad. El líder es imprescindible, carismático, y un guía insustituible de la masa que ha de anclarse en la tradición, en el pasado de gloria que se ha de recuperar a golpe de pistola.

Insistimos: es antiliberal, luego llamar a un representante de VOX fascista a la vez que liberal carece de sentido, al menos histórico e ideológico. Es un hierro de madera político, o de otro modo: un marxismo liberal o un fascismo leninismo, igual da. A pesar de todo por habitual se torna normal y como tal, y dada la victoria moral de la desidia de la mayoría, la rebelde y pujante minoría tiene el campo expedito para hacer y deshacer a su antojo. No faltarán acólitos que les voten al interrumpir el sueño cada cuatro años.

En auxilio de la razón

Fecha: 30 julio, 2020 por: dariomartinez

De forma provisional el régimen de semilibertad de varios de los presos políticos catalanes condenados por sedición (más concretamente por intento de desintegración del pérfido Estado español) es cancelado. El efecto inmediato la vuelta a la cárcel. Obviamente el rechazo de sus principales afectados es palpable, público,  y notorio. No cabe duda que la estancia en un centro penitenciario es desagradable. Es triste porque limita al máximo la libertad de movimiento e impide que uno como persona se pueda enriquecer, es decir pueda potencialmente ser mejor y ampliar en función de su capacidad la libertad para hasta lo máximo de su ser en tanto que persona que vive con otras personas.

Sus argumentos de rechazo son múltiples. Básicamente giran en torno a lo que entienden como una actitud jurídica coactiva y amparada en la venganza. No son las leyes y la certeza a ellas asociadas las que sirven para revocar una decisión de excarcelación previa, son supuestos psicológicos, disfrazados de ley, los que dan con sus huesos un tiempo de permanencia más dilatado en la cárcel. La razón de estado es astuta y también despiadada. Ataca lo más sagrado, arremete contra la fe de quien obra en conciencia.  Esa fe inexpugnable, misteriosa, incognoscible, ajena a una realidad en forma de normas emanadas de una soberanía de todo el pueblo español; soberanía indivisible y que ha de entenderse como totalidad atributiva. De no ser así su fuerza o capacidad de obligar se diluirá en la charlatanería, y será incapaz de cambiar trayectorias de vida que resulten lesivas para el conjunto de la sociedad.

La vuelta a parcelas de poder político en régimen de feudalización no es progreso. Es una vuelta atrás peligrosa. Es el retorno a una libertad de conciencia, muy luterana ella, muy protestante, que justifica, con el rigor de la persuasión y la fuerza, el dominio de los más convencidos y que en un proceso de locura colectiva puede constituirse en mayoría. La vuelta al protagonismo de unos líderes iluminados y con el derecho autoadquirido para poder dirigir a los más, a las masas enfervorizadas y doblegadas al opio de una cultura (una vez secularizada la gracia divina) entendida como realidad absoluta. Idea con gran capacidad operativa y organizativa y habilitada para transformar lo que no es más que una utopía en consigna de acción política: «una nación (léase en el sentido étnico-cultural),  un Estado».

Se permuta la voluntad de Dios por la voluntad individual. La conciencia pura es infinita, no hay realidad, ni norma, ni Estado que la pueda doblegar. La conciencia articula a su modo lo realmente existente. No sólo es una mera premisa que permita intentar entender el presente en marcha, es el principio articulador mismo. Está por encima de cualquier ley positiva, es un nuevo Dios, es un nuevo mesías, su hacer se torna implacable, impecable, ajeno a la crítica. La fe agrupa como nunca. Se convierte en principio coordinador de lo irreal y posible. Su alimento una ideología fácil de digerir: la felicidad entendida como pueblo independiente.

La realidad mermada hasta la nada no importa. La fe es auténtica si brota libremente, espontáneamente, de la tierra que la cobija. La ficción en origen es esencial. La mentira se generaliza, se hace mayoritaria, todos se lo creen, todos tienen sus buenas dosis de fe, todos pueden salvarse. La realidad ha de someterse a su voluntad. Estamos a un paso del desastre. La posmodernidad triunfante convierte todo lo que toca en mero relato, la coartada perfecta para salvar la conciencia, la fe más íntima y preciada.

¡Qué panorama! Leía en estos días a Jesús García Maestro «Contra las musas de la ira. El materialismo filosófico como teoría de la literatura». Decía que Espinosa en la modernidad fue un lobo para Dios. Lo trituró con la razón, le dio un cuerpo en forma de naturaleza infinita, absoluta y no en acto, es decir irreal. Le robó su voluntad y lo despojó por irracional de deseo alguno. Lo vació. Cervantes hizo lo mismo con su literatura. Su Quijote era un Dios, tan divino como el hombre puede llegar a ser. Operó en la ficción hasta el límite, se le dio por loco, pero su razón subyacente sobrevivió y volvió a aflorar al final de la novela y de su paso a la muerte. Dos autores magistrales, defensores de la razón, lobos para Dios, combatientes con la armadura del saber de los fantasmas de lo superfluo, de lo mezquino, tramposo, e irracional, de la fe como motor y aval de todo tipo de hacer por muy soez y terrible que sea.

Ahora necesitamos un lobo para los nacionalismos de allende o de aquende que pretenden hacer implosionar por caducos y opresores a los estados-nación nacidos con la modernidad y cuyo «finis operantis» desde su génesis no era otro que: el interés común, una mejor redistribución de la riqueza, una sociedad política de ciudadanos comprometidos e iguales ante la ley para ser tratados en su diversidad conforme a las ideas de bien y justicia.

Hemos de escoger en la filosofía un sistema que muestre críticamente los límites de todo tipo de nacionalismo hasta desactivar su eficacia, consecuencias, posibilidades, ficciones, y engaños. Hemos de rescatar lo mejor de la filosofía, en un sentido académico e inmerso en el presente, para demoler esos monstruos de la imaginación  y de la fe que nos pueden con eficacia mortal debilitar y someter. La filosofía la tenemos, poseemos un buen saber de segundo grado a modo de «symploké» platónica que puede volver a la caverna y dar cuenta del peligro que nos acecha. Tenemos los textos, hay lectores, conocemos a muchos de los autores que con su obra logran que el materialismo filosófico continúe su curso argumentativo hacia la verdad demoliendo el error. Falta un número más potente de intérpretes, de transductores, que lo eleven al terreno de lo académico e institucionalicen su sistematicidad para así poder articular un discurso más ajustado a la razón.

Con el materialismo filosófico de Gustavo Bueno podemos ser y  estar más firmes. Sortear los envites de la vida estando con el que fue su buen hacer reflexivo. Sistemas filosóficos como el suyo no hay muchos y menos escritos en español.

Brotes negros que no verdes

Fecha: 21 julio, 2020 por: dariomartinez

1.- Un primer diagnóstico

Siguen aumentando los contagios. Las autoridades sanitarias de cada una de nuestras autonomías se han adherido hasta hace bien poco a la responsabilidad individual. Se recomienda, se aconseja, se advierte, se sugiere. La política ejecutada consistió en apelar al principio de existencia de un ciudadano formado, concienciado, voluntarioso, libre, para poder seleccionar lo que en cada momento debe hacer. Es obvio que se trabaja con una baraja trucada.

Las medidas adoptadas estaban impregnadas de lo que cada uno debería ser, en lo mejor de cada uno, ajustado a los valores fundamentales e incuestionables sobre lo que todos creemos entender como Estado social y de derecho; un equilibrio, una armonía, un perfecto orden, entre el individuo, el ciudadano, y el grupo. Pero la realidad es tozuda. La sociedad española entendida como un todo distributivo venido a menos y espoleado hacia un reparto asimétrico de los bienes inicialmente compartidos se dirige hacia la arbitrariedad. Un Estado así no limita las diferencias sino que extiende lo desequilibrios en nombre de indentidades que se suponen y por su abstracción no se sabe qué son. Resultan eficaces para dar cuenta y tergiversar lo concreto y privilegiar a un tiempo a sus respectivos feudos de poder.

2.- Del ser, no del deber ser

Los ciudadanos españoles son de carne y hueso. Su cuerpo y su yo son uno, nada tienen de especial con respecto al resto de los demás mortales. Su yo, su mente, su conciencia, es su cuerpo, su hacer. Son inseparables, aunque sólo sea para vivir.

Kant apelaba a una razón práctica pura, sin coacciones, absolutamente libre, apoyado en un Dios desconocido, casi superfluo, como garante de un imperativo categórico que no podía admitir excepciones, que doblegaba las circunstancias a la voluntad como representación práctica de lo que debe hacerse, que prescribía un buen hacer práctico esclavo de la ley moral que aspiraba a lo más elevado, a la santidad, al hacer trascendental y en favor de la humanidad en su totalidad. Esa libertad sin coacciones no podía errar, era ajena a la mentira…y en realidad era un sujeto sin manos.

No hay duda. El pietista Kant no se había leído a Espinosa. El hombre puede ser razón pero dominan en él los afectos. Se ocupó de reflexionar sobre lo que los hombres son, no sobre lo que le gustaría que fuesen. No los elevó, pero tampoco los condenó. Los menos, los más sabios, podían alcanzar el estatus de divinos por acciones orientadas al mantenimiento de la vida de los demás.

El Dios de las religiones de estirpe literaria, no sagrada, no desea, no tiene voluntad, es naturaleza «natura naturans», es impersonal, es perfecto, es geométrico, pero no es acto, es decir no existe. La condena asegurada. La censura a las puertas de su casa. Su miseria, su prohibición de acceso a la república del saber, a la recepción e interpretación de su reflexionar racional a lo más prestigioso del pensamiento académico imposible en vida. Un clandestino que debía ser especialmente cauteloso. Callar lo que pensaba y plasmar sobre el papel lo que en público no podía decir (en términos de Kant: “no podía ejercer su libertad privada”).

3.- El ser del SARS- CoV-2

A hombros de Espinosa. Los brotes de la Covid-19 aumentan, se teme la llegada de una trasmisión comunitaria. El confinamiento una posibilidad de futuro plausible en ciertos territorios de España.  Marco Aurelio decía: «El universo, mudanza; la vida, firmeza» y  Gustavo Bueno atrapaba dicha máxima para su filosofar. Esta pandemia es puro devenir. Marcada por un ser impersonal sin vida, sin capacidad para reproducirse, que existe, que no es una ficción parida por la imaginación y divulgada al gran público como un relato verosímil y del que sólo podemos dudar como pontifican los persuasivos posmodernos. Es una realidad que permanece en su ser, que lucha por mantenerse, que tiene un «conatus» hasta ahora tan poderoso como para no poder ser dominado tecnológicamente, es decir no poder médicamente triturarlo hasta su no ser o al menos doblegarlo hasta su inacción. Curiosa existencia que es mucho más que un fenómeno psicológico. La enfermedad muta, está activa, no es propositiva, pero sus consecuencias nos afectan.

Esta enfermedad puede poner en riesgo nuestras vidas. Sabiamente hemos de velar por el mantenimiento de nuestro ser, permanecer firmes. Hemos de reflexionar sobre la vida. Es la ciencia médica la que mejor puede controlar esta realidad. Aquí no valen las supersticiones, los pseudosaberes, o lo extravagante. Tampoco las medicinas alternativas o las soluciones milagrosas de carácter gnóstico, imposibles de someterse a método alguno, de diagnosticar con el rigor necesario su cierre categorial coordinado por principios anantrópicos y comprometidos con el rigor de una hacer asociado a la verdad y con forma de ley,  imposibles de enseñar, y lo que es peor: sólo para elegidos. La vida requiere de saber, de firmeza y esta es la verdadera libertad. Es lucha, es capacidad y su resultado no es otro que los límites de nuestra libertad de.

Lo triste, en el sentido de hacer práctico humano no orientado hacia la vida y el enriquecimiento de nuestra persona en el seno de un sociedad de personas, es que los actos dominados por la ideología de la felicidad y por el «hago lo que me da la gana» sino generalizados sí son más frecuentes de lo deseado, y lo deseado en este caso ha de ser el interés común, el bienestar de la mayoría, la vida en común y en buen orden (eutaxia), es decir libres de la temida enfermedad vírica que nos azota.

Falacias y no buenos argumentos

Fecha: 13 julio, 2020 por: dariomartinez

Hoy los discursos públicos no son capaces de despegar de la opinión. La paloma de la razón de Kant ya no necesita alcanzar el vacío para no volar, para no alcanzar la verdad. La mutación nihilista ha hecho que le sea prescindible, de paloma a gallina. Es difícil argumentar, dar brillo a ideas a partir de términos, palabras y conceptos apoyados en saberes seguros que puedan dilucidar las posibles causas de los problemas y vislumbrar las posibles soluciones limitadas y problemáticas que se nos ofrecen en el ámbito de lo estrictamente humano, y más concretamente de lo político entendido como buen orden del Estado.

Sin una filosofía académica reconocida e incorporada para su discusión al ámbito académico los límites de la razón se diluyen, se convierten en frágiles burbujas expuestas a la fácil desaparición. En el mundo del puro relato posmoderno todo es isovalente. El respeto psicológico manda. En cambio el respeto lógico y orientado al rigor de la verdad en forma de construcción de un decir bien organizado en forma de «symploké» está casi condenado. Los falsos argumentos dominan. Las falacias se ejecutan con absoluta impunidad. La democracia se convierte con paso firme en «oclocracia», gobierno de la mayoría no preparada para dar cuenta de los problemas que ponen en peligro la estabilidad misma del Estado. Las parcelas del poder en España se feudalizan. Uno de los síntomas más eficaces de nuestra estructura autonómica del Estado es la manera tan sencilla de eludir responsabilidades. El falso argumento es una herramienta poderosa. Lo sabían los sofistas, por ello lo alentaban y lo estimulaban, lo de menos era el cumplimiento de las leyes u orientar su saber hacia la verdad, una verdad que habría de construirse a través de un lenguaje en forma de silogismo problemático, no demostrativo o científico. Este silogismo dialéctico se apoya en el acuerdo de la opinión de la mayoría, está abierto a discusión, es el argumento más probable, y de él se han de extraer siguiendo los pasos precisos, lógicos, las conclusiones pertinentes. Entre las premisas y las conclusiones no han de darse pasos o transiciones incorrectas. Hemos de eludir las falacias, los raciocinios interesadamente erróneos, las mentiras dirigidas a los privilegios de unos pocos y a la debilidad del Estado.

No podemos obviar que la política es difícil y lo es porque ha de tratar con ciudadanos de carne y hueso, ciudadanos en los que dominan las afecciones, las pasiones, los intereses propios, y no la razón. La política ha de pensarse con la mirada puesta en lo que los ciudadanos son, no en lo que deberían ser dando lugar a una forma de reflexionar errónea porque no puede penetrar en lo inexistente. De ser como debería ser el ejercicio de la político sería más sencillo, menos problemático, más previsible, menos exigente.

En estos días. Un brote de la COVID-19 se detecta en Cataluña, entre otros muchos territorios de España (o el Estado español si no queremos herir sensibilidades). La campaña de recogida de fruta está en su momento más intenso. El trabajo ajeno a procesos tecnológicos requiere de un gran esfuerzo. La cantera del tercer mundo es inagotable. En este caso, según las informaciones de las que disponemos,  hablamos de ciudadanos marroquíes y argelinos en su mayoría. Es un trabajo temporal. La eficacia se exige. El trabajo ha de ser riguroso, profesional, sometido a escasos errores, en el límite ninguno. Se ha de intentar recogerlo todo, y además bien, o sea con prontitud y ajustándose a los ritmos del campo. En la cadena de producción, del campo a la mesa, el coste mínimo de inicio es norma. Los productos del campo en origen son económicos, este hecho es por todos conocido. La inversión en capital fijo es estable, mínima, el trabajo de recolección no requiere de la destreza de un operador que domine una tecnología que medie entre el individuo y la naturaleza. Requiere fuerza, tesón, paciencia, y aceptación de lo rutinario como necesidad ineludible. La inversión en capital variable, sueldos, es la suficiente para mantener la vida aquí y a la vez tener la esperanza de poder prosperar en su tierra natal. Pues bien, con el hacinamiento y unas condiciones de vida limitadas, sin lujos, con las comodidades justas las posibilidades para que aparezca un foco de contagios son elevadas. Saltan las alarmas. Las competencias sanitarias ahora están transferidas a la comunidad autónoma catalana. Aparece un problema de envergadura. Se ha de hacer un buen diagnóstico, entender las causas del contagio, pero también es la oportunidad para el discurso fácil, el pseudoargumento, el silogismo sofístico, no dialéctico, apoyado en la opinión de la mayoría y cuyo tránsito de las premisas a la conclusión siendo ilógico resulta irrefutable, por dogmático no por veraz.  La falacia es muy simple. Se trata de ofrecer al ciudadano catalán una causa como fenómeno directamente relacionado con un hecho, causa que es aparente, engañosa, pero que resulta persuasiva, dominante, e indiscutible. Dicha falsa correlación es una mera coincidencia en el tiempo, pero no es una cuestión con forma de ley impersonal y determinante del problema sanitario planteado. La causa no es ni puede ser el Estado español, y en el mejor de los casos sería por su no hacer, más que por su hacer. Las causas son otras, ya más arriba sugeridas, y la responsabilidad de un buen gobernante es intentar trabajar con buenos argumentos para intentar atajar o resolver los problemas de sus ciudadanos, no de los ciudadanos tal y como deberían ser y ellos los quieren ver.

 

Del sumidero de la censura

Fecha: 7 julio, 2020 por: dariomartinez

No voy a negar que es un tema que levanta pasiones. Resulta directamente vivido por todos, de él todos podemos decir algo, siempre que nuestro juicio no sea en extremo débil o simplemente uno no esté enfermo. Le sucede también a ideas como la de tiempo y la de justicia, todos las conocen, todos tienen su opinión al respecto, pero lo curioso del caso es que la situación se complica al preguntar de forma directa sobre el asunto. La interrogación socrática es cuando menos dolorosa. No gusta, tendemos públicamente a obviarla. Estamos más seguros en el terreno de lo compartido y no rumiado. Con el nihilismo triunfante el campo compartido para la reflexión se estrecha. Cada opinión particular se consolida, al ser exclusiva se estima como única, diferente y lo que es peor original. El tópico pierde las causas que lo materializan y se presenta como apariencia desconocida, más creíble que, por supuesto, sabida. La imaginación sin el apoyo de la razón ya no inventa ficciones atractivas, bellas, misteriosas, apasionantes, poéticas, sino que se construyen sin ningún tipo de sentido procesos falsos de reflexión cargados del mal del irracionalismo. Amparados por la posmodernidad lo mediocre domina por atractivo. Lo extravagante pasa a ser extraordinario y peligrosamente mayoritario. Las nuevas adhesiones requieren de fe, se convierten en doctrinas amparadas en principios evidentes de autoridad, se cancela el debate como combate geometrizado de ideas paridas por conceptos categoriales rigurosos, se consolidan como dogma y se exponen como fundamento inexpugnable, ajeno a la duda, a la crítica en el sentido de clasificación, jerarquización, discriminación, y sistematización, y se llega por fin a la censura a modo de heurística negativa fácil.

¿Qué pasa hoy con la censura? Al preguntarlo para negarla el interlocutor suele salir por la vía individual, se cae en una especie de solipsismo posmoderno, se analiza la vivencia propia y se traslada a todos, no acreditando la verdad de la conclusión, pero sí dando crédito a la verosimilitud del diagnóstico. Se suspende el juicio, se cancela la discusión, no se puede dar un paso más, la verdad se desprecia al sumergirse en lo psicológico, en fenómenos asociados a los sentimientos, las pasiones, las emociones. “Yo lo veo y lo entiendo así, tú lo ves y lo entiendes de otro modo”. Eterno empate. La salida de la caverna de Platón una utopía, cuando no una quimera. La labor posmoderna todo un triunfo. Todo es un relato y el que más persuade no es el propietario del argumento comprometido con la verdad sino aquel que guarda mejor las formas y no permite dañar ninguna sensibilidad. ¿Dónde queda el lema “antes la verdad que la paz”? Pero la pregunta es: ¿se puede libremente, es decir, se puede orientar el discurso hacia lo mejor, la justicia, la verdad y el bien y poder debatir sin coacciones que de algún modo limiten el saber? De otra forma, ¿hay censura? En caso afirmativo, ¿de qué tipo/s de censura/s hablamos? Es un tema de calado, estoy seguro de que no resolveré la mayoría de las dudas, quedarán muchos matices en el tintero, temas sin recoger pero al menos será un apunte. Vaya por delante, hay censuras. La censura es la cancelación de todo discurso que tenga como propósito el enriquecimiento de la persona, la construcción racional y rigurosa de verdades, lo mejor, la libertad y el interés común para el conjunto de los ciudadanos (la estabilidad del Estado), su eliminación tiene como consecuencia el fomento del odio, la ira y lo pasional, hasta un fanatismo capaz de habilitar cualquier acto de violencia gratuita contra la integridad de una persona o grupo de personas.

La censura hoy existe. No es algo exclusivo de nuestro presente en marcha. Nietzsche quiso acabar con un dios que ya estaba muerto por imposibilidad lógica y carencia de voluntad. Al matarlo a él lo que logró fue la muerte de la verdad y la puesta en solfa de toda realidad. El asesinato del dios nietzschano es irracional porque acaba con la ontología general y reduce las regiones de lo real a lo físico, a lo positivo según sus palabras, al único mundo existente. Convierte lo psicológico en fisiológico o biológico y vacía de contenidos las regiones de lo estrictamente anantrópico y universal. El gallo del relativismo posmoderno. Con Schopenhauer lo real se transforma en voluntad, para ser no necesita existir, es mera posibilidad, no hay lógica, no hay principio de contradicción, Husserl intentará un imposible: sistematizar fenomenológicamente lo incognoscible. En el fragor de inicios del siglo XX de la nada lo misterioso, lo absoluto, lo no conceptualizado, lo ajeno a las ciencias institucionalizadas y cargadas de verdades sistemáticas, se impone, y lo hace para dar cuenta de lo concreto, de sus regiones de lo real, de una forma particular, torticera, azarosa, pero atractiva, cautivadora. Sin asideros de verdad todo es posible.

Por tanto la censura existe y se acepta como desconocimiento, ignorancia premeditada de la verdad fraguada en los laboratorios, construida con esfuerzo, sistematizada, derivada de principios anatrópicos que coordinan los teoremas y las teorías, que categorizan las diferentes parcelas de la realidad, que muestran la imposibilidad de una armonización perfecta por irracional y utópica, que fustiga los reduccionismos por metafísicos. Verdades construidas por especialistas, abstractas, no democráticas, institucionalizadas y hoy puestas en el disparadero de la fatuidad desde las trincheras de nuestras universidades. Repito, estos saberes están censurados a una mayor cantidad de población, le son desconocidos por falta de competencia para poder entenderlos.

Pero la censura no se reduce al desconocimiento de saberes complejos. Hay censura ideológica, política, artística, no solo una censura jurídica dirigida a la penalización racional de la exaltación de la muerte, de la violencia gratuita amparada en la raza, en el pueblo puro, en la etnia o en la tribu, sino que comienza a proliferar un tipo de censura de la mayoría que no quiere ni por asomo posibilitar el debate hacia lo mejor, la verdad o el bien. Y todo comienza por las élites académicas y políticas que en su condición de transductores, de intérpretes de lo correcto, de lo que ha de asimilarse, enseñarse, e institucionalizarse en favor de sus privilegios mezquinos y feudales disfrazados de la fuerza de una mayoría entendida como totalidad atributiva independiente, soberana y por supuesto autónoma, de modo performativo nos venden como saber obligado. En el nuevo populismo posmoderno, en la nueva democracia trufada y dañada hasta convertirla en «oclocracia», la disidencia en forma de discrepancia se censura, se rechaza, se le impide acceder al reconocimiento público, a no ser que sea para vilipendiarla, etiquetarla o destriparla con argumentos ad hominen. Hoy no se permite decir, incluso en los círculos de la amistad, aquello que pueda dañar u ofender a los oídos piadosos  «piarum aurum ofensiva»,  a los ya convencidos. Esta censura de la multitud da como resultado la autocensura. El mantenimiento de la amistad y de los lazos familiares pasan desgraciadamente  por el silencio. La ética se atomiza en forma de individualidades diminutas inalterables por el empeño asfixiante de una moral en forma de pathos dominante que logra con mayor frecuencia alcanzar las cotas seguras del derecho al cristalizar como leyes. Espinosa tuvo cautela y logró no ser linchado en la plaza pública holandesa de su época, hoy la prudencia se requiere para no ser vituperado en el círculo de los más allegados. A su vez  la bioética se fortalece interesadamente como ideología dominante gracias al apoyo de una censura articulada en la ignorancia de asuntos contaminados desde su génesis y analizados con una simplicidad capaz de obviar la complejidad de los problemas relacionados con los individuos entendidos como personas derivados de los avances tecnológicos y científicos en campos como la biomedicina (v.g. eutanasia, aborto, clonación, vientres de alquiler).

Prueba: nunca como hasta ahora hubo tal número de personas tachadas de fascistas. Desde la filas de la llamada derecha, como desde las filas de la llamada izquierda, tanto monta monta tanto.

Síntoma de una posmodernidad necrotizada

Fecha: 23 junio, 2020 por: dariomartinez

La figura de Cervantes humillada, ultrajada. Es una estatua, es una realidad inoperante. No se defiende y no puede transmitir ningún miedo. Embadurnarla con pintadas soeces no impulsa al autor de dicha acción para nada poética a la reflexión, a la cautela o la razón. Lo anima al odio, estimula su ira, se crece como protagonista de una mayoría moralmente superior, capaz de decidir ideológicamente lo que es elevado y de degradar hasta la mera cosa y la insignificancia lo que deplora. La realidad es un relato, lo importante es como lo vive cada uno. El pasado carece de razón, de argumentos, de documentos, de hechos, de reliquias, nada importa. No se necesita leer, menos estudiar, la conciencia de cada cual determina lo verdadero. Tampoco es preciso conocer algo de la obra literaria de Cervantes, parece que nadie leyó su obra, lo que sí saben es que era español, y en la propaganda cavernícola y asentada en la imagen de la imagen, en la pura doxa, ajena a la verdad, sólo se es capaz de construir un relato atractivo y verosímil. Anteriormente se necesitaba del auxilio de la razón, la ficción era un prueba de la realidad, una construcción en la que se daba cabida a lo extraordinario, misterioso, inexpugnable, para que poéticamente la imaginación y la razón hicieran una realidad esencialmente estructural nueva y, no operativa, atractiva. El romanticismo acude a los sentimientos pero recupera el músculo de la razón para poetizar. Esas obras sofisticadas, complejas, penetrantes, nos asustaron con su hacer, nos hicieron ser un público con el miedo limitado a la imposibilidad del riesgo, permitieron que su historias a través de la literatura, la pintura y el cine nos transportaran a una nueva realidad ficticia y nos apartaran de la prosa de la vida.

Ahora el mal gusto domina. La sinrazón se impone en forma de mayoría. La verdad se trunca. Lo verosímil se afianza y vía retórica y zafia poética se instala en la realidad de las relaciones humanas. Así Cervantes y Fray Junípero Serra son fascistas y para más ahondamiento de lo patético son los responsables intelectuales del asesinato racista de George Floyd, es decir de odio acreditado por la superioridad de un grupo sobre otro por cuestiones supuestamente emanadas del rigor de la ciencia biológica, y por cuestiones de fe que sólo su Dios permite desvelar a sus fieles (al infiel le resta la espada nos decía Lutero). El acto vandálico contra el busto del ilustre escritor universal y en lengua española es arbitrario cuando no está programada ni la fecha, ni la hora, ni la autoría. Deja su marca, cruces célticas (tufo mítico y de desprecio de lo no propio) y lo peor de todo es que atemoriza a una franja amplia de la sociedad estadounidense, así sus víctimas son las receptoras del mensaje implícito en la acción. Se apoderan del control de su palabra y las somete al silencio o a la mera disculpa embadurnada de relativismo donde por honor al respeto y la tolerancia psicológicos todas las opiniones articuladas de espalda a la verdad son isovalentes. Esta vez el temor es real, no poético, no geometrizado en el terreno del arte, y esta vez el silencio o las palabras vacías son colaboradores.

Un fenómeno más de la astuta leyenda negra sobre España. El prurito contra toda historia salpicada de racismo elude con el peso del olvido la condición de propietarios de esclavos de algunos de los padres de la nación americana como G. Washington  y T. Jefferson, o elude que doce de los primeros dieciséis presidentes de los EE.UU eran propietarios de esclavos. Seguro que no son objeto de actos vandálicos adueñados de deseos  espurios o de voluntades de poder necesitadas de reafirmamiento de valores que entienden como incuestionables, fundamentales e incluso dogmáticos, muchas de las estatuas que están salpicadas por toda su geografía. El fin del Estado es la libertad, es la apuesta por una razón que facilite el entendimiento y la convivencia, que asiente las bases para una vida mejor, y que no fomente la ira, el odio, la voluntad individual y sin límites de poder y los deseos ajenos a la comunidad.

Pruebas en nuestro presente en marcha fraguadas en la historia: el mestizaje, el número de indios (que por cierto no viven en reservas a modo de seres que enriquecen la biodiversidad, ni están esquilmados como en tantos territorios del Norte de América), sus cotas de poder, su protección y presencia de lenguas, su implicación en la historia vía universidades, hospitales, ejércitos, todo ello puesto en marcha a través de las misiones, las encomiendas, lo que serán los futuros fuertes, por religiosos y civiles españoles como Fray Jupínero Serra. Y en el finis operantis no olvidemos el testamento de la reina Isabel la Católica que ya en el siglo XVI nos deja para que trascienda su persona humana operatoria el siguiente deseo en relación con la conquista del Nuevo Mundo que hará nuevo al Viejo Mundo europeo: «Y no consientan ni den lugar que los indios reciban agravio alguno en sus personas y sus bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien». Esto no quiere decir que eludamos de un plumazo los finis operis materializados por la ira, el poder y la avaricia de unos hombres que alejados de su país entendían que la ley no les incumbía.

La escaramuza de la nueva normalidad

Fecha: 10 junio, 2020 por: dariomartinez

El tránsito a la nueva normalidad. Se ha de suponer que el paso a un nuevo orden de una sociedad política homologada y reconocida internacionalmente como España. Hemos de entenderlo en el sentido político estricto como una nueva estabilidad del Estado (eutaxia).

Las ideas políticas que impulsan la dinámica política del país no son nuevas. En líneas generales una armonización futura como logro de un progreso difuso e indeterminado fraguado en el mortero de la diferencia identitaria. Un imposible por irracional del que se pide salir acudiendo a un encuentro dialogado. En la fenomenología de una realidad extinguida por el peso de la experiencia personal los encuentros se ciñen a la puesta en escena de opiniones isovalentes. En el respeto de una tolerancia puramente psicológica no tienen cabida ni los datos, ni los argumentos, ni las razones. El acceso interrumpido a la verdad por quimérica, muy del gusto de la posmodernidad, convierte en fracaso toda política con sentido de Estado.

La nueva normalidad parece ser más de lo mismo. Una mayoría de ciudadanos rendidos a la desafección. Un acontecimiento histórico, el de la pandemia por la COVID-19, atendido desde su imprevisto impacto para ser demolido como categoría académica, desde la misma academia (Universidad) y desde numerosos lobbies financieros (mass media, poderosos grupos económicos), con sus reliquias, escritos oficiales, antecedentes,  causas, consecuencias, todo ello a través del ejercicio sistemático de un baile infinito de experiencias personales (se llamará memoria), aderezado con el fango de unos datos sobreabundantes y arbitrarios. Un pasado (historia) así ocultado, una Historia imposible por ininteligible, una racionalidad encaramada al auxilio de lo irracional para preservarlo, marcarán nuestro futuro y lo irán incorporando en la concavidad de nuestro presente. Inexorablemente servirá para atomizarnos, y para consolidar mitos ideológicos imposibles de doblegar por falta de preparación y buenas ideas.

La nueva realidad se asoma a una democracia trufada, a una rebelión de minorías feudalizadas que hacen y deshacen en nombre de la mayoría silenciada, heterogénea y plural, pero mitificada en forma de pueblo. Las nuevas «oclocracias» disfrazas de democracia real están incapacitadas para resolver los problemas de sus ciudadanos; no podrán atender las demandas por ellos creadas, no ejecutarán planes diseñados para el bienestar de la mayoría, sino que atenderán a las diferencias, a los privilegios étnicos de los que con ser pocos tienen más poder al abrigo de una aureola tenebrosa y poderosa como la de cultura. Con ella se sublima lo propio y se desacredita lo ajeno con la carga segura del desprecio de la indiferencia.

Para convertir en orden lo que no es más que un caos esencial del funcionamiento del Estado, nada mejor que un caos favorecido por una perversa puesta en marcha de políticas de debilitamiento consolidado de su capa basal productiva (privatizaciones masivas) en nombre de un libre mercado sin barreras (global) que muestra sus fragilidades en momentos de máxima tensión y urgencia, especialmente cuando está en juego nada más y nada menos que la vida de sus ciudadanos. En esta situación de crisis y sin un tejido productivo consolidado y capaz de introducir dividendos favorables en las arcas del Estado sólo nos queda como posibilidad el incremento de ingresos a través de impuestos indirectos, es decir al consumo; no es casual, si causal, la automática subida de los productos de alimentación, el caso de la frutas y las verduras es palpable. Su precio desde los primeros días de marzo se ha incrementado en porcentajes que comienzan a ser prohibitivos para muchos de los potenciales consumidores. Además, una situación caótica musculada gracias a una política exterior sin norte que abandona en nombre de la humanidad la dialéctica de Estados. Y, por último, un núcleo del poder político en el que la virtud del ejecutivo no logra esconder actuaciones o discursos dominados por la propaganda y la mediocridad.

En la nueva normalidad se atisba el triunfo del relato como nueva certeza que pone en entredicho el saber humano más racional y crítico: el científico y el filosófico. Un relato que ha de eludir la crítica que muestre el sinsentido de sus propuestas, tapar sus errores, evitar la cara distáxica de sus decisiones políticas. El control judicial y policial es esencial, no ha de tener cabida la disidencia en forma de divergencia armada de razón y verdad.

En la confusión puede ganar el populismo en forma de gobierno inoperante para afrontar las tensiones sociales de acuerdo a criterios de bien y justicia. Intentar solucionar los problemas desde lo completamente indeterminado (metafísico), convierte lo concreto, lo diverso y cambiante en un problema sin solución. Preparémonos para un fundamentalismo dominado por el silencio obligado de los que ya no podrán, no querrán, o simplemente no sabrán disentir.

Un deseo: equivocarme, aprender para saber evitar el error.

Mentira, poder y prudencia política

Fecha: 12 mayo, 2020 por: dariomartinez

 

Un confinamiento más abierto. La libertad de movimiento aún controlada y con el riesgo latente a un indeseado rebrote de la enfermedad. Mal de grupo, de rebaño, que resulta imposible de controlar a nivel individual, por tanto abrir la mano a las decisiones voluntarias e individuales, creyendo que sin la intervención del Estado en su afán por controlar al individuo a través del poder de la coacción, la razón dirigirá el hacer de cada ciudadano y lo guiará inexorablemente hacia el bien, es simplemente un error moral, no solo ético, porque pone en peligro la existencia misma del grupo.

Pronto se cumplirán dos meses desde el inicio del estado de alarma. Muchas son las reflexiones, abundante la información sobre los acontecimientos, en ocasiones en directo, en el instante de los fenómenos, en un presente confuso y articulado por nuestro pasado. Todos queremos saber más para procurar ser más prudentes. Es obvio que formamos parte de una comunidad política llamada España (alguno seguirá preso de ideales aureolares afines a la locura y no lo querrá entender y así lo que es una lucha de clases de estilo feudal o democrático posmoderno –etic– se ofrece torticeramente como una lucha entre Estados –emic–  que necesitan dinamitar a la nación canónica para convertirse con el tiempo en naciones más débiles, limitadas y pobres, pero en sus élites más felices). Cada estado-nación fija sus políticas de lucha contra la pandemia en el ámbito de su territorio, dentro sus fronteras y ciñéndose al espacio delimitado y reconocido por el resto de Estados. Cada país aplica sus decisiones. En este periodo de calma, de inactividad, la capa basal del Estado se resiente y más cuando depende del turismo y los servicios a él asociados. Una paralización del sistema productivo puede generar situaciones no deseadas de tensión. El lobo de la distaxia del Estado puede mostrar sus fauces. Es obligado calmar ánimos, relajar tensiones, diluir la presión con ofertas de ocio, caso del fútbol profesional. Pero además es necesario mentir. Sin mentir, sin querer dejar atrás el infantil y arbitrario deseo kantiano de una ley moral entendida como imperativo categórico de la razón que anulaba por inmoral la mentira, incluso en situaciones de riesgo máximo para la propia vida, los problemas de convivencia se pueden agravar. Un mundo racionalmente perfecto de alcance universal, de la humanidad entendida por encima de la realidad como totalidad atributiva, ficticia, imposible en los finis operantis, puede convertirse en una realidad generadora de innumerables desastres mundiales en los finis operis. Líbreme la razón de quién habla en nombre de la humanidad, esa señora que avala cuando se la reivindica cualquier acción. La mentira es un recurso que ha de poder verse como eutáxico, facilita la pervivencia del Estado, de la sociedad política. Así un buen ejecutivo ha de procurar en la medida de sus posibilidades evitar situaciones de pánico que pongan en marcha acciones incontroladas, de anarquía, de depredación, de fuerza de unos contra otros. Aquí la mentira resulta terapéutica.

¿Por qué esta reflexión? Puede resultar extraña, una filosofía política dirigida hacia la mentira, un Sócrates contra las cuerdas, un Platón como enemigo de la sociedad abierta, un Platón que filosofa en favor de la propaganda del Estado como elemento disuasorio del querer aparente y gobernado por el alma concupiscible de la mayoría de los ciudadanos. Una crítica sin disimulo de todo fundamentalismo democrático, un disimulado guiño a la razón de estado de Maquiavelo.  La razón para dar cuenta de lo dicho es sencilla. El manejo de las cifras de contagiados y muertos por el SARS-CoV-2 en los diferentes países del mundo. El registro, sin entrar en detalles, sin un análisis sistemático que permita dilucidar cada caso concreto, es muy confuso. No está nada claro ni el positivo de cada diagnóstico ni están acreditadas las condiciones que permitan diagnosticar el fallecimiento por el COVID-19 de cada persona, es decir no se sabe aún a ciencia cierta qué criterios escoge cada país. Lo que sí sabemos es que son diferentes, y lo que sí es fácil concluir es que el manejo de dichos datos facilita el control de los que gobiernan sobre los gobernados, más allá de la posibilidad de otras medidas de coacción ajustadas a ley. Los datos exitosos de otros pueden ser la coartada perfecta para presentarse ante los suyos como un ejecutivo que con su hacer racional gestiona una crisis sin precedentes y con grado de éxito que sólo pude ser laudable. Pero no acaba aquí, esa ejercicio prudente de la mentira, en el hacer y en el decir (por eso es bueno no hacer demasiadas declaraciones públicas), arranca el beneplácito de terceros países y, en esta maniobra de ficción, se consagra toda una hegemonía política, sirviéndose de un mito, de una patraña, se justificará la política interna y externa de un Estado. En la plataforma europea es evidente que la sumisión de unos sirve para la eutaxia de otros, esta es la dialéctica de Estados. Es por ello que se auguran unas líneas maestras de la nueva política europea favorables a los que han salido ilesos de la pandemia, su jugada trampa puede salirles bien, sobre todo cuando no se cuestiona, se acepta, y se asume para poder ir, en una evidente situación de debilidad, a pedir mecanismos legislativos y económicos que permiten salir de la puesta en marcha de una verdad proclamada a los cuatro vientos (impacto de la pandemia) y que nos puede postergar a una esclavitud de deuda de larga duración, a una cantera de mano de obra barata, a un sistemático suicidio demográfico, a una desindustrialización feliz de nuestro ya mermado tejido productivo, a un aumento fulminante del paro y a una emigración de nuestros jóvenes sin precedentes.

La baraja de los datos de la pandemia viene marcada. El juego no se materializa entre iguales. Europa vista desde Alemania y otros países favorables es una entidad en lucha permanente, es una biocenosis, una totalidad distributiva en la dialéctica de Estados y de clases sociales enfrentadas en la lucha por sus intereses. Europa vista desde España es una totalidad atributiva, formada por partes diferentes, pero que lucha por el bien de los ciudadanos europeos, de todos ellos, sin importar si son italianos o españoles, o catalanes, vascos, padanos o sicilianos. Una mentira que unos saben y otros infantilmente quieren ignorar.

España y la desunida Europa

Fecha: 3 abril, 2020 por: dariomartinez

Recopilación de artículos aquí publicados, con ligeras modificaciones, sobre el fenómeno que estamos viviendo y su especial excepcionalidad, más en una democracia homologada en la que se confina a la mayoría de su población por causa de un estado de alarma tardío, si bien dada esta situación de falta de recursos humanos, materiales y de previsión del Gobierno de España se tornó imprescindible para intentar atajar los efectos del COVID-19. A la espera de masivos test que permitan diagnosticar con rigor el estado de cada uno de los ciudadanos de este país.

Recuperado de El Catoblepas, revista crítica del presente. http://nodulo.org/ec/2020/n191p28.htm.

La Europa de la sinrazón

Fecha: 28 marzo, 2020 por: dariomartinez

A los hermanos De Witt que sufrieron la sinrazón en su Holanda natal

Se equivocaba Jorge Martínez, el líder del tan afamado grupo de los años 80 Ilegales cuando cantaba “¡Europa ha muerto!”. Para dejar de ser previamente hay que ser, para morir previamente hay que vivir. Pero más allá del ser o no ser, de existir o no existir, podemos valorar qué significa estar en la Unión Europea. Europa es un estar y su esencia no es otra que una disolución ficticia de fronteras, una farsa, que colma de mentiras una realidad voraz, tozuda, inapelable, y que no es otra que la existencia de un club para el que estar es competir, frente a potenciales competidores externos, ajenos al club, o entre los mismos miembros de la Unión. En Europa no domina la amistad, domina la lucha, la pugna sin límites por cada uno de los intereses particulares. La historia de Europa es una historia de discordia, de guerras, de desunión sistemática. Hoy amortiguada por el abrazo de oso estadounidense.

El estar en Europa en este presente en marcha pasa por entender que somos inmiscibles. El modo de afrontar la realidad viene diseñado por nebulosas ideológicas muy dispares. Pese a todo la dominante es amasada a fuego lento por demiurgos que no son visibles pero que son capaces de cambiar la verdad por la propaganda, de difundir hasta la saciedad la mentira en múltiples dosis de cultura popular fácil de digerir, que perforan inexorablemente las estructuras de aquellos estados que sin ser de su corriente aceptan con deportividad, con resignación si se quiere,  e incluso con buenas muestras de felicidad individual, y por qué no infantil, su dominio sobre nosotros. Ellos mandan, ellos dirigen, nosotros obedecemos, amando estar en una especie de nueva esclavitud posmoderna, y lo amamos siendo profundamente felices, egoístamente felices. Un Estado como el nuestro mermado, esclerotizado en su capa basal y cortical, es decir en su estructura productiva desligada de nuestro control, privatizada hasta impedir que nadie pueda exigir nada, desvirtuado en su sistema defensivo al menguarlo hasta dirigirlo hacia una paz universal de ciencia ficción, con un poder diplomático cambiante y que desconoce quiénes son nuestros amigos y nuestros enemigos, y con una política exterior que le da la espalda y acepta sin discrepancias internas nuestro papel de meras comparsas en un mundo que hemos heredado como garantes de lo peor del hacer humano en la historia en forma de levadura negra, de mito oscuro, negro legendario, que no es otra cosa que un poetizar mimetizado de imágenes de imágenes (propaganda), de doble mentira, de opinión de la opinión y que en nuestro sistema educativo no sólo lo intentamos triturar sino que lo aceptamos, lo difundimos y lo pretendemos mostrar como verdadero; un Estado así, insistimos, mancillado en su globalidad, no puede estar a la altura. Por no dirigir su capacidad y su prudencia ante lo que se venía encima, por no contar con nadie, por embarcarse en campañas de universalidad que borraban las fronteras, que desatendía el día a día, que ponía al mando a unas élites preparadas para acometer empresas estériles, o para activar conductas disfrazadas de democracia que no eran otra cosa que procesos de desestabilización interna alentados desde dentro y arreados con entusiasmo desde fuera. Un Estado digo, que acreditaba su mejor ser ante los otros en forma de la ridícula «marca España», una forma bastante hortera de convertir lo que políticamente hemos de ser en mera mercancía. Unas élites protestantilizadas en todo menos en el ascetismo, imbuidas de un gusto ilimitado por la novedad, de un deseo de poder fraguado más allá del esfuerzo asociado con el compromiso y el mérito, de un ansia de cambio por el cambio en el afán de garantizar un progreso ficción que por desconocido se nos muestra como soteriológico, y una cuantificación, en ocasiones disimulada, de todo lo que puede hacer de la política un servicio operativo y no fútil, sustituto de un hacer que debería ser y desgraciadamente no es dinámico, polémico, tenso, pero en el fondo estabilizador de nuestra sociedad en marcha.

Mal equipados en este naufragio vírico no hay manos tendidas que nos ayuden. Todo lo contrario. Nuestros amigos del norte, especialmente los holandeses, siguen fieles a su modo de estar. Nos dice Weber: “como aquel capitán holandés que por ganar dinero estaba dispuesto a navegar por los infiernos, aunque se le quemasen las velas”.  La fe en el trabajo, la fe en un Dios inexpugnable, infinito, con voluntad absolutamente libre, incognoscible y al que se le concede el derecho a decidir sin coartadas, y menos humanas, quién ha de vivir y quién ha de morir. Hoy los infiernos los conocemos y si las velas que se han de quemar son las de otros mejor. Que cada palo aguante su vela.

Esperemos reconstruir nuestra nave. Nos veremos. Podremos superar con el buen hacer las vicisitudes, podremos vencer. Se hizo una vez, en el campo de fútbol, se venció con ese arte bello y armonioso capaz de convertir en espectáculo un juego de equipo dirigido por los pies, y se derrotó a un rival que sólo veía en la victoria o en la derrota la voluntad de Dios, más allá del buen hacer deportivo o del cumplimiento de las reglas de juego. ¡Menudo asidero de la razón! No lo olvidemos: lo justo no resulta de la voluntad arbitraria de Dios, imposible desde la razón, tal y como creen los protestantes, sino que lo que Dios quiere lo quiere porque es racional, tal y como creen los católicos. Luego lo racional y justo se impone a la voluntad libre de Dios. Cuestión de matices sí, pero es lo que hace que en Holanda se considere que el vivir o morir dependa exclusivamente y como causa última de Dios y su voluntad libre, y se considere además que el trabajo es el salvoconducto para la eternidad. Vivir para trabajar, sin trabajo no hay salvación. Luego si los ancianos no trabajan entonces, ¿para qué tanta asistencia, tantos recursos, tantos médicos, tantas UCIs, tanto gasto en definitiva? Qué Dios decida, nos dicen nuestros vecinos. Que cada enfermo asuma consciente e individualmente su destino.

Lo peor es que nos dan lecciones, se tienen por sensatos y nosotros lo asumimos. La nieve frita es posible, siempre y cuando ellos nos lo digan. Y no olvidemos que desde su óptica lo que realmente es no necesita existir. La voluntad humana puede ser sin cuerpo. Espinosa contagiado, enfermo, no por el polvo de su pulir meticuloso, sino por un virus parido por la ciencia, preparado para ser en el laboratorio, y que ahora sin barreras está en condiciones de poder acabar con el soporte de la vida: el cuerpo.

A mis amigos Cristina y Piquero que están en Madrid