Kant y su Dios (III)

Fecha: 22 septiembre, 2020 por: dariomartinez

Y Kant logra con creces no satisfacer a los peores. Inaugura un sistema idealista trascendental filosófico, esquemático, que para criticarlo, superarlo, se necesita una filosofía sistemática filosófica y materialista que esté a la altura. Exige una potencia crítica perfectamente geometrizada.

La labor de agrimensor de la Razón continúa en la obra de Kant. Se ha de delimitar y representar la misma Religión. Es obligación del filósofo evitar los errores inherentes del reflexionar más elevado del ser humano derivado de conceptos del entendimiento dirigidos a la experiencia posible, a lo sensible.

En el terreno de las religiones los malentendidos y las coacciones son habituales. La presencia de eruditos que se transforman por mor de su fe histórica, que no de la verdadera fe religiosa sometida a la ley moral, en dogmáticos muestra  la legitimidad que ampara su fanatismo y superstición. En el curso de la historia de la humanidad no es más que el tránsito por el camino del mal. La religión puede ser un arma política que facilita el temor ofreciendo castigos, o salvaciones eternas pensadas empíricamente, sensiblemente. Así el hombre estará ineludiblemente sometido a la arbitrariedad de lo particular y de espaldas al bien supremo; un bien en forma de santidad (Heiligkeit) y de ley moral pura, formal, universal. Este supremo bien teóricamente es desconocido, incomunicable, misterioso, inherente a la razón pura humana y, por supuesto, necesario. Representado como felicidad infinita impulsora de un progreso humano hacia la comunidad o estado civil ético, plasmado en la mejora del nuevo hombre que sólo obedece a las leyes de la virtud.

Kant nos ofrece un Dios al que no podemos amar ni intentar agradar: «No hay en una Religión universal ningún deber particular hacia Dios; pues Dios no puede recibir nada de nosotros; no podemos obrar sobre él ni para él». Una religión pública a la que aspira Kant sin liturgias, sin profesionales de la fe, invisible. Un Dios que hemos de entender como un ser supremo sin atributos antropomórficos. Motor de nuestros impulsos libres sometido (¡él mismo!) a la ley moral. Desconocido, pero desde la Razón pura práctica hemos de creer en él y respetarlo como «legislador santo, gobernante bondadoso y juez recto». Un arquetipo necesario, en ocasiones oscurecido o mal comprendido desde las religiones estatutarias, históricas.

Para el hombre es un ser supremo garante de sentido moral, ser inherente único capaz de evitar el suicidio lógico propio del estado de naturaleza jurídica y ética humanas. El fuste torcido de la humanidad ha de ser enderezado por la luz de la razón arquitectónicamente entendida.

En el recinto delimitado para la religiosidad pura humana solo hay sitio para la nada. Un Dios como idea. Cristo como representante o arquetipo dotado de cuerpo en en el relato sagrado, capaz de milagros, histórico, que como persona e impulsor de la fe moral ha de entenderse como un ser puro y desmaterializado. La fe racional no necesita de ninguna verdad externa, de ningún libro sagrado, de ningún documento histórico, se demuestra a sí misma.

Tampoco necesitamos agradar a Dios, no se requiere de una fe para elegidos, de serlo facilitaría la holganza, la desidia, la gracia a distancia (online, remota, diríamos hoy) de un Dios que le corresponde («religio») por su comportamiento de espera (falsa y realmente inoperante fe material «como medio de gracia» hoy comprendido por todos como «cultura circunscrita») que ha de entenderse como ocio pasivo que hace desde lo alto y de forma milagrosa aquello que «deberíamos buscar en nosotros mismos».

El creernos agraciados por Dios, a nivel particular y no digamos nada a nivel de individualidad colectica con forma de pueblo unido en torno a un compromiso compartido como nación diferenciada y étnicamente homogénea, puede resultar ser el salvoconducto a la ejecución de acciones presididas por la deshonestidad, la arbitrariedad, la falta de sindéresis, el asco y el menosprecio de la virtud moral libre, autónoma e incondicional. Auparse al podio del privilegio de la conciencia moral permite que las ideas no puedan ser juzgadas, no se plieguen a la legitimidad, no soporten el peso crítico del entendimiento, estén fuera del espacio y del tiempo, y por supuesto no delincan. «La conciencia de que una acción que yo quiero emprender es justa es deber incondicionado».

En el haber de la Religión racional pura humana: un núcleo etéreo, vacío, pura idea práctica que no teórica y accesible al entendimiento; un curso de la religión en constante progreso hacia lo mejor, del mal al bien supremo, de lo estrictamente natural y sensible a lo incondicional, libre, inteligible y formal del supremo bien a alcanzar en una mera posibilidad futura; un cuerpo desmaterializado para ir hacia el bien y dejar atrás el despotismo de lo arbitrario, particular y sensible. Sin oración, sin palabras, sin textos, aderezado de silencio, con salas de espera a una vida mejor prescindibles, es decir templos a los que acudir en comunidad que no hacen del feligrés una persona mejor, sino que «más bien la adultera y sirve para encubrir a los ojos de los otros e incluso a los suyos propios por medio de un barniz engañoso el mal contenido moral de su intención», un bautismo como ceremonia de iniciación en la fe eclesial que realmente no es ningún «medio de gracia», de mejora de la condición moral humana, y por último un mecanismo de comunión compartida, de continuidad, de renovación espiritual entre iguales que no es más que un requisito clerical, una mera ilusión para la verdadera fe religiosa.

Sin núcleo, sin curso, sin cuerpo la Religión que nos ofrece Kant y con ella su Dios es puro ateísmo. ¡Dios no existe! ¿Con qué Dios acaba entonces Nietzsche para dar paso al superhombre? Parece que en lo que atañe a este asunto la acusación de impiedad sobre Kant esté más que fundada. La censura y la advertencia de «medidas desagradables por la publicación de su obra La religión dentro de los límites de mera razón» por parte de las autoridades de la Prusia de Federico Guillermo II son consecuentes con el sentir compartido de la sociedad de la época. Por cierto, de diagnóstico acertado. Habían entendido perfectamente el contenido de sus reflexiones sobre la religión.

 

 

 

 

 

Kant y su Dios (II)

Fecha: 4 septiembre, 2020 por: dariomartinez

El uso especulativo de la razón nada nos puede decir de Dios. Es una labor en el fondo ociosa. A nivel teórico ningún resultado es posible. Los límites críticos de la razón, más allá de los dogmáticos y los escépticos, por vía negativa nos informan de la trayectoria que enfanga la reflexión humana en el error. Un esfuerzo inútil, carente de progreso alguno, es la difícil advertencia kantiana sobre el uso seguro, preciso, formal, arquitectónico de la razón. Doblegar la naturaleza errónea de la razón, su soberbia por aspirar a saberlo todo, tarea difícil. Dios y lo que sucederá en forma de vida humana futura una incógnita teórica. No hay experiencia sensible con la que podamos trabajar y resuelva de forma definitiva y concluyente nuestras dudas y expectativas. Sobre asuntos tan trascendentales lo mejor es evitar, poniendo límites a la razón, los errores. Noble tarea.

Ahora bien, ¿nos atrevemos a prescindir de Dios, a suponer que algo suceda? ¿Podemos obrar correctamente prescindiendo de las ideas de Dios y de la inmortalidad del alma? ¿Dichas ideas prescriptivas del hacer práctico puro gobernado por la razón son universales y necesarias en lo relativo al «deber ser»? ¿Fuera del reino de la gracia, hoy cultura, hay posibilidad de salvación? ¿Podemos satisfacer nuestras inclinaciones y llegar a ser felices?

Kant lo tiene claro. Kant cree firmemente tenerlo claro. Está internamente, conscientemente, convencido de su apuesta por la existencia de Dios y la inmortalidad del alma. No lo conoce, no sabe nada de la inmortalidad del alma, pero ambas puras ideas son necesarias no sólo para obrar libremente sino para aspirar a obrar en favor del bien individual y del bien de la humanidad, bien que se materializará: con la superación de la minoría de edad («sapere aude» que toma sin citarlo de Horacio), con el fin de los ejércitos y con el fin de las guerras (por defecto, de los estados; Kant visto como germen de la posmodernidad). Por supuesto todo ello al margen de las condiciones económicas y sociales, lo importante es tener buenas ideas, intenciones y voluntades. Pensando bien todo irá encaminado a la ansiada paz perpetua, a la armonía del conjunto de la humanidad; la dialéctica de Estados realmente existentes, la dialéctica de clases, un pin, un adorno, una verdad en marcha superflua, trivial, sin interés; sobre todo para el burgués que él representa.

¿Qué pasa con quien no cree en Dios? ¿Qué pasa con quien no cree en la inmortalidad del alma? Desde su firmeza de alcance individual, egoísta, el no creyente, «doctrinal» o en Dios, o «moral» o en la inmortalidad del alma, no es libre. No puede actuar siendo esclavo de la ley moral, es un enfermo patológico que se deja sobornar por los impulsos de la sensibilidad, es una bestia, un animal: «una voluntad que no puede ser más que estimulada a través de los estímulos sensibles, es decir, patológicamente, es una voluntad animal (arbitrum brutum)». Es un ser dogmático que cree saber cuando sólo puede ofrecer opiniones carentes de certeza y de convicción. El dogmático es un ignorante sofisticado, persuasivo, en el límite peligroso. ¿Candidato a la eliminación en nombre de una fe inquebrantable en el único Dios verdadero que es adorado a través de una fe inmanente, necesaria, no arbitraria y generadora de vida, de bien? Tal vez, y más si el otro, el dogmático, el que rechaza a Dios es visto como infrahumano. Este rechazo a Dios puede ser la fuente inagotable de sentimientos malos, hoy añadiríamos que inhumanos. El sometimiento a la naturaleza un estado de salvajismo. La humanidad de Kant no es la de todos los hombres de su época, es de una parte de ellos; el hombre salvaje, primitivo, es naturaleza. Luego no se hace con él la guerra, simplemente se le extermina cazándolo.

Kant puede ser el ideólogo perfecto para poner en marcha actos de domino sobre otros y sobre otros territorios, el colonialismo del siglo XIX tal vez esté en deuda con el bueno de Kant.

Ahondando en su espectro de rechazo. El catolicismo como una farsa religiosa que apoyándose en lo sensible: imágenes, ceremonias públicas, procesiones, se convierte en ateísmo de diseño. Balmes no dudará en ponerle freno. No podemos olvidar, y esto es esencial para este tema, que Cristo, para ser realmente creído en el seno de la religión cristiana, y lograr un triunfo sobre las religiones paganas, heréticas, tan rotundo, tuvo que hacerse carne, materializarse, realizarse como hombre; siendo pura idea cada uno puede creer lo que le venga en gana. Los apetitos, los sentimientos, las pasiones, también gobiernan al hombre, pero no sólo eso, también son más poderosos que la razón formal tal y como la entiende Kant. Idea de razón tan limitada e inoperante que no atiende ni tiene en cuenta un tipo de razón mucho más potente como la derivada de operaciones quirúrgicas, precisas, institucionalizadas, con términos ordenados según relaciones precisas y necesarias, sinectivas, en «symploke» y que necesitan ineludiblemente de manos para entender las diferentes parcelas de la realidad, plural, dinámica y heterogénea, de forma geométrica.

En fin, su teología moral solo nos ofrece dos artículos de fe como garantía del obrar puro y libre humano. Quien carece de fe, quien además osa no obedecer al gobernante sabio, en el sentido kantiano y tomando palabras de Lutero en referencia a las revueltas campesinas de su época, ha de sufrir el filo de la espada: «Los campesinos tampoco quisieron escuchar ni se dejaron decir nada, por eso hubo que abrirles las orejas y las cabezas saltaron por los aires; para tal alumno tal palmeta. Quien no quiere escuchar la palabra de Dios por la buenas, escuchará al verdugo con la hoja».

Espinosa, buen ateo, fuerte, firme, racional, generoso con las demás personas, demostró durante toda su vida ser especialmente virtuoso, cauto y prudente. Defendía la vida con la potencia de la sabiduría. Hagamos suyas las palabras de Severino Boecio en su cautiverio previo a su ejecución: «Nuestro principal destino es no contentar a los peores».

 

 

Kant y su Dios (I)

Fecha: 31 agosto, 2020 por: dariomartinez

En su libro intitulado El mundo como voluntad y representación Schopenhauer advierte al potencial lector que la aproximación a su obra requiere al menos de  dos lecturas serenas y comprometidas. De otro modo, entender su pensamiento requiere mucho esfuerzo.

Me aplico el recetario, hago mía su sugerencia y oriento mi interés como lector a la obra maestra de Kant: La crítica de la razón pura. Mi memoria de rocín flaco todo un imperativo. Es su obra más completa y los es por su sistematicidad. Pocos son los filósofos que alcanzan tal condición. Como heredero de la escolástica  y preso de la lógica de Aristóteles, de la geometría de Euclides y de la Física de Newton aborda con detenimiento el asunto para nada baladí de la existencia de Dios. Como idea es trascendental. Carece de representación empírica, está fuera del tiempo y del espacio, no es un fenómeno, no hay ningún objeto externo ajeno a nuestra conciencia que sirva de referencia, está fuera de toda experiencia posible.

Los intentos por demostrar su existencia son múltiples. El poder argumentativo de la más excelsa filosofía lo intentó a lo largo de la historia del pensamiento occidental. Kant dice que la única conclusión es una ficción en forma de ilusión trascendental de la razón, ayudada de una imaginación que sintetiza conceptos y prescinde por imposible de los fenómenos. Ficción de la razón natural, no arbitraria, e inherente al ser humano. Tiene, la razón, como objeto el entendimiento, al igual que el entendimiento tiene como objeto lo sensible.

Queda claro que la idea de Dios para Kant  nada tiene que ver con un proceso histórico y social, es decir con su origen, su cuerpo y su curso (no es así el caso de Hegel). Los argumentos a priori propuestos para su demostración son tres: el fisicoteológico, el cosmológico y el ontológico. Puros fuegos de artificio, uso de juicios en forma de silogismos dialécticos, sofísticos, disfrazados de demostración al más puro estilo apodíptico.

Dios es una idea. Dios es en el fondo una idea humana, una fe santificante y determinante de la acción práctica pura, del deber ser. La ética kantiana es la ética protestante por excelencia, pietista para ser más precisos. El individuo, su conciencia y su fe su púlpito.

La razón, la crítica a su hacer sin manos, conducida hasta el límite de su imposible praxis humana material. La idea de Dios (junto a la inmortalidad del alma y la libertad) vacía, sin atributos, incognoscible…necesaria para la buena acción práctica. El ateísmo y la virtud inmiscibles. Dos conclusiones:

  1. La razón espoleada hasta su más honda capacidad logra como trofeo un Dios desconocido. Pobre premio para tan loable virtud humana.
  2. El fundamento de la ley moral, el principio regulador de la acción práctica pura humana incognoscible por trascendental, o lo que es lo mismo por nouménico. Luego lo que es absolutamente desconocido torna ser nada más y nada menos que el principio que coordina a modo de sistema toda la ética formal kantiana. Un tanto descorazonador. Su mayordomo que lo entendía bien sólo pudo manifestar su silencio con lágrimas. ¿Cómo someterse a un Dios tan imposible y estéril?

El bagaje de todo su sistema es pobre, demasiados límites a la razón, le reprocharán sobre todo los filósofos idealistas alemanes. En parte porque toma como principio inexpugnable de su sistema lo desconocido, lo irreal, aquello que para ser no necesita existir. Ajeno al hombre a nivel gnoseológico y ontológico. Ahora bien, dicho vacío no es inalterable; su lugar puede ser ocupado. A falta de Dios, algún ego diminuto puede elevarse y hablar, dada su fe inquebrantable, en su nombre. Dios puede ser revelándose «humano, demasiado humano».

Kant decía que el pueblo alemán estaba preparado para obedecer. El «uso de la razón privada», del funcionario, del militar, debía regularse por la obediencia. Como funcionario civil, también como ciudadano del Estado «no tiene derecho a razonar». Esta obediencia se materializó en ley, su horror a la novedad en forma de desorden la habilitación perfecta para mantener al Estado en el tiempo y garantizar su existencia práctica. El «uso de la razón pública» destinado a los lectores, pocos los de sus obras, y no digamos los de las obras de Hegel que veía en los funcionarios lo que en Marx más tarde sería la clase trabajadora de una nueva sociedad política humana, inicio de la historia y fin de las desigualdades. En definitiva, una razón pública censurada. La mayoría de la población no estaba capacitada para su lectura y menos comprensiva.

La llegada de un Dios encarnado, plagio de la figura de un Cristo presentado a sus fieles de forma racional, ficticia, mitificada, capaz de cohesionar en su momento un Imperio como el romano, un ideal que podía merecer la pena repetir. En el siglo XX algunos pueblos exacerbados lo intentaron y fracasaron.

Esperemos que no se repita una nueva Europa kantiana.

Consideraciones por analizar

Fecha: 21 abril, 2020 por: dariomartinez

La piel de toro de luto

Aquí no hay nada de nouménico. El fenómeno en el que estamos inmersos ha de ser digerido e incluso rumiado. No es posible hacerlo si lo entendemos o nos hacen entender que es ininteligible. La sobreabundancia de información no es una virtud, no es una ventaja, es un sumidero de la razón, y un semillero para el error. Aceptarlo es claudicar.  Hemos de evitar multiplicar los problemas. Es momento de reivindicar nuestra condición de ciudadanos, eso sí: confinados.

Vamos para cuarenta días de estancia obligada en nuestras casas. Una cuarentena, pandémica, no una cuaresma sujeta a la fe. Tiempo para recapacitar sobre nuestro presente en marcha. Por el momento sólo nos aventuraremos a enumerar algunos asuntos de máximo interés.

Ante un problema de esta envergadura es evidente que la sabiduría, tan vilipendiada al condenar su posibilidad de orientación a la verdad, es virtud. Enfrentarse a problemas políticos como los actuales con el objetivo esencial para cualquier estado político y realmente existente de mantener su estabilidad requiere de un poso de saber ineludible. De no ser así se corre el riesgo de iniciar un proceso peligroso de colapso del sistema. Del lado de la sabiduría está la prudencia (phrónesis). Reconocer errores, identificarlos para prevenir posibles problemas futuros, dominar los recursos con los que se cuenta, apostar por nuestros mejores mecanismos de lucha contra esta pandemia, y huir de los rivales, de los enemigos, que luchan interesadamente por nuestra debacle es una exigencia.

La solución es tecnológica. El hacer médico es una lucha permanente contra la enfermedad, es un hacer racional en favor de la vida, se trata de transformar la enfermedad en salud, en hacer reversible una situación que pone en peligro la vida de las personas. Digo que la solución es tecnológica porque de lo que se trata es de debilitar, controlar, destruir, eliminar un virus virulento e imprevisible. Esta es la esencia médica: su tecnología. No le ha de faltar su buena dosis de psicología. El enfermo es un paciente, no es sólo un cliente.

Se nos dice, se nos vende, compramos. La comunidad científica, hombres y mujeres devanándose los sesos por dar con una solución, todos a una, todos coordinados, todos cooperando, todos como buenos amigos. Una entidad hipostasiada a modo de totalidad atributiva, con sus partes heterogéneas, sí, pero con los mismos objetivos, los mismos intereses…la humanidad en su conjunto. Veremos la realidad. La comunidad científica no existe, existen comunidades científicas, con sus diagnósticos, sus laboratorios, sus programas de investigación en marcha, sus presupuestos, con capacidad para lograr dar con la solución para construir una vacuna eficaz con rango de validez universal, real, verdadera, que trascienda los sistemas políticos y sociales que las cobijan, que se despeguen y alcancen lo anantrópico, es decir que neutralicen las voluntades humanas en forma de verdades coordinadas por principios, pero una vez logrado este antídoto se dirigirá y se repartirá en función de los interés nacionales. Las comunidades científicas son imprescindibles en la «realpolitik». Además las verdades resultado del hacer en forma de teoremas y leyes coordinados por principios de las diferentes ciencias, canon de la racionalidad humana, son esenciales para el buen hacer de la actividad política, pero no olvidemos que la verdad en el arte de lo posible es más problemática, ajena a la demostración, y sujeta a decisiones propositivas que se ejercen sobre sujetos también propositivos, históricos y sociales, es decir que trascienden lo natural, lo etológico. El tránsito de un saber otro no es simple.

Lema veterinario: «del campo a la mesa», trazabilidad. Sabemos su origen,  es un caso derivado de una zoonosis o traspaso de un virus de una especie animal, en este caso un murciélago, al hombre. Es obvio que entre los especialistas que deberían estar del lado del Gobierno estarían aquellos expertos que, por su labor habitual más cercana al control de epidemias animales, simplemente saben más (v.g. «veterinarios». No hacerlo puede resultar una rémora y dar lugar a incertidumbres poco deseadas. No olvidemos que la enfermedad a la que nos enfrentamos ha de tratarse de un modo colectivo, moral, no sólo individual, ético.

El virus identificado como SARS-CoV-2 cuenta con «conatus». No es un ser vivo, no tiene la capacidad de reproducirse, necesita un hospedador. Lucha por ser, de no ser no sería ningún problema.

Un Estado como el nuestro, castigado desde periferias con aureola identitaria de no se sabe qué, con unas arcas anoréxicas y expuesto a una esclavitud de deuda de larga duración, con un sistema esclerotizado y que le impide funcionar con dinamismo y eficacia, donde sus partes por su mezquindad quieren colaborar a su destrucción, donde el núcleo del poder ahogado en irracionalidad y posmodernidad colma de parabienes los deseos irracionales de una mayoría que queda alelada por lo incomprensible, que persigue lo imposible, que diluye las fronteras, que habla en nombre de la humanidad, y que olvida la condición política de los ciudadanos españoles, sólo puede resignarse a que las cosas no vayan bien. Lo peor es no asombrarse y no atisbar la posibilidad de cambio.

Algunos se están cayendo del guindo. No hay democracia sin televisión, tecnología que permite ver a través de cuerpos opacos y en directo. La televisión formal es una forma cotidiana, filosófica, de construir la verdad. El mito de la caverna de Platón  hecho realidad. Otra cosa es la televisión material, enlatada, dirigida a  la mayor gloria del poder de turno.

En esta segunda navegación adueñada por la quietud hemos de poner en orden lo que está en desorden. Es urgente iniciar la liga de fútbol. Elimina tensiones, y las elimina porque por un momento apasionante nos evade de la prosa de la vida. Quienes dicen que el fútbol es basura que se lo hagan mirar. Hoy esta basura no tiene precio.

El «Yo» atomizado, irresponsable, fraguado en el taller de la voluntad infinita, feliz, pura posibilidad ajena a la exigencia de existir, sin fronteras, «guay», está en quiebra. Hoy más que nunca dependemos de los demás, especialmente de aquellos que sin alharacas, sin triunfalismos, y con buenas dosis de modestia, trabajan en un centro productivo que gira en torno a la agricultura y la ganadería. Mismas palabras para los sectores de la distribución, sanitario y de seguridad. El estado no es sólo el poder ejecutivo, el legislativo y el judicial, como nos han inculcado en toda nuestra democracia imbuida de patriotismo constitucional, que orbitó, alrededor de una Escuela de Frankfurt y un Congreso por la Libertad de la Cultura, que orientaban sus pesquisas y sus intereses hacia un estado ficción de cultura (v.g. Kulturkampf promovida por el canciller Bismarck) por encima de la política, entre otras cosas por su afán por eliminar las fronteras diluyendo en la pura farsa el territorio de la nación canónica y con reconocimiento internacional.

Presente dominado por un desorden forzado por una quietud obligada por un virus. Aires favorables para la Psicología, la terapia hablada como antídoto para poner en orden al individuo que muestra síntomas evidentes de verse superado por la situación.

Sólo una presentación.

Platón tampoco está muerto

Fecha: 3 abril, 2019 por: dariomartinez

Parece poco inteligente

Pese a los insensatos intentos por olvidarlo desde las filas de la caverna en forma de barbarie el genial ateniense y fundador de La Academia sigue vivo, sigue entre nosotros. Nuestra civilización se lo debe, no por voluntad propia sino por estar entre nosotros su manera de entender la realidad. Esta era modesta, limitada, pero aspiraba a saber hasta el límite bajo la guía de una razón dirigida a la geometrización de ideas. Así se accedía con esfuerzo, con asunción de fatigas a las ideas y una vez allí, a través de una arte puro y dialéctico arribar al bien o idea suprema, idea ajena a la mera conceptualizacón, a la categorización científica. Las ideas no son los materiales propios de las ciencias, no son elementos de su saber por demostración, son algo más, por de pronto más complejas. También son plurales y dinámicas, pero sobre todo: permiten dar cuenta de las causas de lo aparente, nos autorizan y privilegian para poder explicar con argumentos lo simple, lo falso, lo confuso, lo vago pero fácilmente asumido y aceptado en el fango de la cómoda y atractiva caverna.

Es por este motivo que nuestra civilización, con sus luces y sus sombras, es heredera de este saber excepcional y sistemático sobre los saberes apegados a la realidad y en marcha. Sin este saber tan especial lo que nos queda es un erial, un vacío en forma de nihilismo militante. Siendo el recorrido fácil, al no aspirar a que al menos unos pocos puedan acceder al conocimiento riguroso de las ideas, se trunca la posibilidad de alcanzar una sociedad política mejor. Se gana en placer, se gana en inmediatez, pero se pierde una oportunidad de oro para intentar hacer ciudadanos mejores, no sólo satisfechos. Las ideas sin el intento vía educación de los ciudadanos por conocerlas se debilitan hasta la muerte, convirtiéndose este momento de sombras en la excusa perfecta para el dominio de los pocos sobre los muchos.

Sin filósofos de la talla de Platón o de Bueno la reflexión se alejará de la vida, del verdadero saber, y se dirigirá a la deriva de la complacencia. No nos arruguemos y dejemos de lado un saber tan potente, tan real para poder explicar críticamente el mundo que nos toca vivir. No los orillemos al olvido no intentando con cautela y serenidad ofrecer una alternativa reflexiva que permita mejorar lo que ellos nos dicen. ¡Cuidado con hacerlo!, en la confusión lo fácil puede ser asimilado como imperecedero y esta vez la fuerza de los dogmas que creíamos al menos debilitados podrá asomar.

Un intento por extirpar de la vida pública y académica la filosofía crítica lo perpetró en su momento el que fuera ministro de Educación Sr. Wert, hoy son otros los que desde el anonimato pretende hacer lo mismo. Ya nos advertía Platón del peligro de la vuelta desde el verdadero saber a las sombras de la caverna cuando nos decía: “¿acaso no daría motivos de burla y se diría de él que, al subir, había echado a perder los ojos y que no merecía la pena intentar ir arriba?, y al que se pusiese a soltarlos y subirlos ¿no irían a asesinarle si de alguna manera pudiesen echarle mano y matarlo?» En ambos casos se continúa intentando su asesinato intelectual incluso cuando ya no están entre nosotros. Mal síntoma.


https://mas.lne.es/cartasdeloslectores/carta/34042/platon-tampoco-esta-muerto.html

Rosón y el rodillo posmoderno

Fecha: 16 marzo, 2019 por: dariomartinez

Y Rosón quiere cerrar la Fundación Gustavo Bueno. Desconozco las cuestiones legales de fondo, a este respecto no sé quién tiene razón, decantarme por una u otra postura es una mera cuestión de creencia infundada, podría más mi simpatía que mi razón. No quiero entrar aquí. De lo que sí pretendo modestamente opinar es del significado de tal acto que de llevarse a cabo supondrá la clausura de un espacio de reflexión serio, sistemático y dialéctico, es decir orientado desde la razón a pensar contra alguien, a comprometerse con la trituración implacable de toda nebulosa ideológica, de toda mentira, de todo mito dominador y engañador, de lo nimio por banal y tópico, de lo inútil. Su cometido no es una banalidad sin interés, no es algo que se dé en toda la geografía nacional, no nace de forma esporádica e ingenua, nace de un sistema filosófico único, español, potente, plural, abierto a nuevas posibilidades de comprensión de nuestra realidad cambiante, un sistema filosófico reconocido como extraordinario, como capaz de estar a la altura de sistemas tan prestigiosos como los de Platón, Santo Tomás o Kant, de un sistema además, añadiríamos, mejor geometrizado al poder dar cuenta de propuestas reflexivas anteriores. Esto no significa que se huya del discurso opuesto, del debate como combate de ideas, que no sean invitados profesionales y estudiosos de ideología y posicionamientos muy dispares.

Somos conscientes de lo difícil que es sacar una propuesta filosófica seria en este país, y más cuando es sistemática. No olvidemos que hoy la dominante posmodernidad niega toda corriente filosófica sistemática por entenderla como metafísica, como mero relato embaucador, dándole un sentido auténticamente peyorativo y despreciable. Sería una vuelta a Hume: “Tírese entonces a las llamas, pues no puede contener más que sofistería e ilusión». Es obvio que en la actitud del señor Rosón hay una presencia soterrada de inquina, de odio, hacia el materialismo filosófico de la Escuela de Oviedo, quizá su crítica demoledora al hacer político de su formación no sea fácilmente aceptada. Y es difícil su aceptación porque en general muchos no quieren huir del placer de la caverna. Quizá valdría decir que tenemos la filosofía que nos merecemos. La filosofía española es débil no por sí, lo es por ausencia de reconocimiento, dicha ausencia hace que sea enterrada en el desconocimiento, en un descrédito aupado por un fenómeno muy nuestro que no es otro que la asunción de la maldita leyenda negra. Asumimos espontáneamente que somos un país inculto, un país atrasado, que no habla ni griego ni alemán y por tanto un país incapaz de poder hacer filosofía académica, un país profundamente maniqueo, aferrado a exaltar los errores y olvidar de forma férrea y permanente los aciertos. Bastante esfuerzo nos llevó exportar a Europa la obra de Ortega y Gasset, de ahí sus prólogos para alemanes, franceses e ingleses, de ahí su encomiable apuesta por una Europa-Nación ficción. De esta guisa es obvio que la obra de Bueno haya de ser expulsada de la república del saber ¿Por quién? Por quien ni tan si quiera parece que se ha dignado a leer su obra, por quien parece desconocerla, más allá de alguna conversación de calle o alguna lectura de algún artículo de prensa.

En fin, dicha propuesta de expulsión del antiguo Sanatorio Miñor de la Fundación Gustavo Bueno es un acto de barbarie propio de corrientes fundamentalistas que ven en la filosofía un punto de crítica poco deseado. Le diríamos al Sr. Rosón que la vida en la ciudad de Oviedo continuará pero no será ya la misma, será otra, la posibilidad de reflexión seria, abierta al exterior, se deteriorará. Por último, recordemos que también Sócrates molestaba como filósofo en la democracia ateniense del momento, fue injustamente condenado a muerte, eliminado, la democracia continuó pero ya no era la misma. El emperador Justiniano cerró por molesta La Academia de Platón en Atenas, continuó como ciudad pero jamás volvió a ser lo que fue ¿Por qué molestan tanto estas grades figuras del saber? ¿Por qué no hacer de la obra de estas figuras un baluarte seguro a modo de guía que dé sentido a nuestras vidas y sirva de norte a la hora de poner en marcha programas políticos rigurosos, es decir, ajenos a la extravagancia, a la divagación o a los fundamentalismos?

Por cierto, en La Rioja esperando con los brazos abiertos

El nuevo lugar de la Filosofía

Fecha: 27 octubre, 2018 por: dariomartinez

Es una noticia esperada, también peleada junto a muchos otros compañeros y ciudadanos inquietos por intentar saber. La Filosofía parece que puede recuperar su espacio en el ámbito de la educación no universitaria, quizá también su merecido tiempo. Es positivo porque se pretende establecer un currículum común en toda España, porque se desliga la Ética de la Religión, porque le confiere continuidad y porque deseamos que su carga horaria no sea tan ínfima que la convierta en una «maría». El reciente acuerdo llega por ser una materia abierta que bien tratada necesariamente queda desvinculada de cualquier tipo de ideología, o lo que es lo mismo: de los privilegios de unos pocos en detrimento de los derechos de los más.

Pero, ¿por qué se llegó a este punto con el que fuera ministro de Educación Sr. Wert? Se partía de una visión muy clara de lo que es la filosofía, en forma de axioma indemostrado pero de gran fuerza práctica. Para muchos, la filosofía no era más que una forma de vida, cada vida es única y de forma espontánea, y más en el seno de un sistema político democrático, todos sabemos responder a las preguntas últimas que más directamente nos atañen, sabemos cuáles son los valores o virtudes que nos han de guiar hacia el bien. Por tanto, todos estamos capacitados para dar respuesta definitiva a los grandes interrogantes del pensar occidental: ¿qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me cabe esperar?, ¿qué es el hombre? (Kant). Por supuesto esta habilidad innata y autónoma dada su naturaleza es ajena al error, a las majaderías, a las mentiras, a los instintos más bajos. Todos estos problemas estarían perfectamente dilucidados por cada uno de nosotros, sería la definitiva encarnación del conócete a ti mismo socrático. Así las cosas, pensaban nuestros más brillantes responsables políticos, para qué intentar explicar lo que otros pensadores argumentaron sobre la política, la ética, la verdad, la realidad como totalidad si todos somos, por el mero hecho de ser pensantes, filósofos de altura que hemos dejado atrás el mundo de la caverna, de la imaginación, de la mera opinión (Platón). En definitiva, ¡fuera el adoctrinamiento!, ¡fuera la reflexión de raíz griega!, ¡fuera la Filosofía de la enseñanza! Es curioso, pero procediendo así y con el que fuera ministro de Educación Sr. Wert, hubo más filósofos que nunca, el problema entonces no era que no se pensara sino que todos por el mero hecho de ser ciudadanos de este país automáticamente pensaban bien. Pero el resultado desgraciadamente fue que el mundo de la apariencia reinó, la llamada posverdad triunfó, el barullo en forma de ruido nos dominó. Sin referentes que pongan en marcha procesos reflexivos sistemáticos orientados a la verdad y encargados de deshacer mentiras, el salto a la barbarie está más próximo.

Si para algo valió el intento de fagocitar la Filosofía, de intentar resolver nuestros problemas más perentorios acudiendo al saber rigurosamente científico o al estrictamente innato fue para darnos cuenta de que el camino en la construcción de la verdad que nos queda es largo, que muchos de los problemas ante los que nos enfrentamos no son sencillos, que la razón cuenta en su mismo hacer con sus propios límites, pero que sin ella el mundo puede llegar a ser un erial vacío de normas, de sentido, en el que la ley del más fuerte acaudille nuestro destino, dejando de lado nuestra condición de individuos que queremos ser libres y a la vez iguales en el marco de una sociedad política que aspire a ser justa.

Una apuesta por la Filosofía

Fecha: 22 octubre, 2018 por: dariomartinez

Sincera y modestamente alegre. Nuevas noticias relacionadas con la Filosofía como saber académico orientado a la verdad y cuya tarea es la ingrata necesidad de deshacer mentiras  en un contexto de banalización y fundamentalismo afín al que podemos etiquetar como capitalismo emocional a mayor gloria del ahora atomizado e hipócrita individuo satisfecho.

Se confirma y lo recojo a través del siguiente enlace, disponible: http://redfilosofia.es/blog/2018/10/21/comunicado-de-la-red-espanola-de-filosofia/.

Se recoge el texto, íntegro. esperemos que se materialice pronto.

La Red Española de Filosofía desea mostrar su enorme satisfacción por el consenso logrado por las principales fuerzas políticas, en la Comisión de Educación del Congreso de los Diputados del pasado 17 de octubre, sobre la necesidad de un ciclo formativo de Filosofía de tres cursos que conlleva que la Historia de la Filosofía vuelva a ser obligatoria en 2º de Bachillerato para todas las modalidades. Asimismo, nos congratulamos de la respuesta positiva del Ministerio de Educación y Formación Profesional, en un comunicado posterior, a la propuesta de los representantes de la voluntad popular. El acuerdo logrado debe ser continuado para avanzar hacia un pacto por la Educación en España que construya la estabilidad institucional que necesita tanto el alumnado, junto a sus familias, como el profesorado, con la decisiva finalidad de garantizar un futuro alentador a las nuevas generaciones en nuestro país.

La unanimidad política a favor de la vuelta de la Filosofía se ha visto reflejada en la gran repercusión de ambas noticias, el acuerdo parlamentario y el comunicado de Dña. Isabel Celaá, ministra de Educación y Formación Profesional, en los medios de comunicación del país y en las redes sociales. El aplauso entusiasta de la opinión pública ha sido indudable y una gran ola de alegría cívica ha recorrido el país al conocer las novedades. Agradecemos todos los mensajes de enhorabuena recibidos.

La Red Española de Filosofía, sin embargo, estima necesaria la presencia de una asignatura troncal de Ética en 4º de la ESO, puesto que la enseñanza obligatoria debe incluir, como contenidos filosóficos esenciales de la educación, la reflexión crítica sobre los siguientes temas: -la integridad moral personal, -las directrices de una ética pública, – los principios de libertad, igualdad y solidaridad, -el pluralismo y la inclusión, – el valor de racionalidad de los procedimientos deliberativos y, finalmente, – los marcos normativos de la democracia, esto es, los derechos humanos y  las responsabilidades de la ciudadanía. Estos asuntos son fundamento imprescindible tanto de la educación moral como de la democracia, y necesitan una dotación horaria suficiente en el plan de estudios de secundaria. Minimizarlos, banalizarlos o eliminarlos, trae consigo el peligro indudable de un desfondamiento cívico.

Queremos mostrar la entera disponibilidad de la Red Española de Filosofía (que agrupa a cincuenta y seis asociaciones de Filosofía, al Instituto de Filosofía del CSIC y a los Decanatos y Departamentos de las universidades españolas), a colaborar con el Ministerio, y demás instituciones que así lo requieran, para la implantación de las medidas acordadas, y a cooperar en la construcción de un gran pacto por el futuro de la Educación en España.

Madrid, 20 de octubre de 2018

Sobre la realidad presente

Fecha: 7 febrero, 2018 por: dariomartinez

Nuestro célebre Don Quijote arranca su más gloriosa aventura a lomos de un corcel tan atrevido como su amo se lo permitía; en la indecisión nuestro caballero andante decide abrirse camino por los senderos escogidos por su fiel rocín, él decide inesperadamente el devenir de sus avatares: “y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro que el que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras”. Es ésta una trayectoria tan fantástica que marcará la aparente realidad de una vida que pasará a ser parte de nuestro entramado cultural.

Pues bien, cuando hablamos de la realidad necesitamos urgentemente delimitar el campo de reflexión. Es atractiva la vía abierta en su momento por un modo de pensar tan nuevo como fascinante, un modo que supo entender a su manera la complejidad de su época dando soluciones tan audaces como eficaces; los filósofos griegos, entre otros Parménides, Heráclito, Platón y Aristóteles, planteaban toda una gama de razonamientos acerca del ser y del no ser, del ser y del devenir, de lo real y de lo aparente. Son sus escritos una brújula ontológica que por suerte tenemos a mano, pero este no es el momento de hacer historia. Siendo conscientes del legado por ellos inaugurado y sin intención de dejarlos en el olvido positivista pretendemos dar luz a una realidad tan distante de ellos como cercana a nosotros: la realidad dada en nuestro presente. Dicha elección no pretende ser azarosa, ni menos aun queremos depositarla en voluntades ajenas, todo hay que decirlo, dominadas por la candidez propia de un Rocinante que guíe nuestro itinerario reflexivo.

Hoy nuestra realidad muestra una serie de elementos que la hace diferente. Dicha peculiaridad brota de la especialización científico-técnica parida durante la modernidad. Las ciencias, otrora siervas de una Teología venida a menos y una Filosofía que comenzaba a romper su ligazón más íntima con una idea, la de Dios, que triturada racionalmente pasaba a ser tan irreal como inoperante, inician un proceso de madurez sin parangón; ayudan a ello la imprenta, los nuevos descubrimientos geográficos y el nacimiento de unos estados nación que ven en el florecimiento del saber científico un arma capaz de satisfacer los intereses más obscenos, o más prudentes, demandados por los más fuertes grupos sociales de cada uno de ellos. Las nuevas ciencias racionalmente edificadas en las aulas-taller o laboratorios se ponen al servicio del sistema productivo y defensivo nacional. Los intereses son compartidos y esto produce no una situación de entendimiento sino de conflicto continuado, de enfrentamiento público entre estados que intentan velar por el bienestar de sus conciudadanos y que el marxismo entendió, creemos que erróneamente, como lucha de clases; propuesta teórico práctica que vería en la primera gran guerra su más severa refutación: la clase obrera alemana y la clase obrera francesa combatían a muerte por su país, la supuesta unidad de clase se tornaba estéril a la hora de intentar dirigir sus voluntades. Durante la segunda mitad del pasado siglo XX se logran apaciguar los tambores de guerra, de violencia gratuita irracionalmente colmada tras la derrota por eliminación del rival, gracias a una situación de equilibrio racionalmente calculada que evita el conflicto armado directo en forma de guerra nuclear total, situación que no es otra que la Guerra Fría protagonizada por los bloques americano y soviético. Pues bien, la realidad presente viene configurada por lo que se conoce como la era de la información, de la cibernética, de Telépolis como nos dice Javier Echeverría, donde los ámbitos privados se hacen públicos, fenómeno que tiene lugar en las casas y se articula a través de la TV e internet. Es el nuevo mundo real de Platón, la nueva Ciudad de Dios que San Agustín ofrecía al nuevo ser humano, al nuevo sujeto personal y agraciado que con su fe en el único Dios verdadero podía darle la espalda a la no verdad, a la Ciudad de los hombres desgraciados y dominados por los impulsos más innobles de su naturaleza pecadora y animal, es la realidad que hoy identificamos con la atractiva idea mito de la cultura, de la ciudad del ordenador, de internet, del idioma informático más amplio que no es otro que el inglés, de la eliminación virtual de toda frontera, de la ciudad que aspira a ser total haciendo del campo un espacio de actividad puramente urbano, es, por tanto, el momento de una nueva realidad personal: la del ciudadano de ninguna parte y de todas a la vez, la del ciudadano cosmopolita.

¿Y cómo es este nuevo protagonista cosmopolita que parece hacer realidad el ideal estoico? Del ascetismo estoico nada de nada, más bien todo lo contrario. Es el nuevo individuo consumidor que como cliente exige, tiene sus obligaciones pero también sus derechos, y que su grado de ambición trasciende cualquier tipo de dualismo político tradicional, llámese éste izquierda/derecha, capitalista/socialista, progresista/conservador, nacionalista/no nacionalista, &c., y lo traspasa porque en su intento de hacer consumible todo aquello que se le pone a su alcance intenta demoler las estructuras más tradicionales del Estado, y lo hace por el lado que peor encaja en la nebulosa ideológica de cada una de las mónadas libremente predispuestas para el consumo de aquellos productos que se pueden permitir y que satisfacen su individualidad personal, la de la estructura que tiene por esencia la defensa, por tanto, los ejércitos se diluirán en eufemismos propios de las más nobles y mejor aceptadas oenegés, sus actuaciones estarán encaminadas a la paz, y sus métodos en la medida de lo posible serán disuasorios, nunca violentos, y además ejecutados lejos de las fronteras nacionales; si el resultado es satisfactorio y recurrente la tendencia natural del cuerpo defensivo no será otra que la de su paulatina disolución, en momentos de paz perpetua no tendrá sentido su presencia. El ideal kantiano se pondrá por fin encima de la mesa tal y como viene recogido en los artículos preliminares de una paz perpetua entre estados: “Los ejércitos permanentes -miles perpetuus- deben desaparecer por completo con el tiempo. Los ejércitos permanentes son una incesante amenaza de guerra para los demás Estados, puesto que están siempre dispuestos y preparados para combatir” nos dice el köningsbergense pensando más en la paz prusiana de Federico Guillermo II que en la universal; la nueva práctica política en forma de democracia servirá de mecanismo ejecutor único e inexorable, el fin de la historia se hará realidad y Fuhuyama y otros portavoces de la buena nueva serán los “zaratustras” del siglo que acabamos de comenzar. Una vez iniciada esta fagocitación de la estructura defensiva del estado ya no tendrá sentido perpetuar su existencia mediante la formación de personas que puedan coincidir con los intereses comunes del conjunto. Los nuevos planes personales serán propios de cada uno de los nuevos grupos sociales y estos velarán por la permanencia de sus intereses, la educación pública se cuestionará y su paulatina disolución irá de la mano de la cada vez mayor debilidad del Estado.

¿Y cómo piensa el nuevo protagonista de nuestra realidad presente? ¿Qué es lo que conoce de la realidad? ¿Cómo se debe entender esta nueva ontología? La realidad no es otra cosa que aquello que el sujeto humano conoce, aquello a lo que accede vía lenguaje y que logra explicar y dominar mediante mecanismos racionales operatorios hoy muchos de ellos desarrollados en los laboratorios y puestos a disposición de las masas de individuos consumidores a través de las nuevas tecnologías; de este modo logra construir parcelas cada vez más amplias de realidad, cancela apariencias necesarias mostrando reflexivamente los mecanismos causales que determinan dichas realidades y las estructuras formales que las componen, es decir hace sensible lo que es y actúa. Lo que sucede es que a la vez el conocimiento se torna cada vez más especializado y así para ordenar, clasificar y diferenciar cada una de estas parcelas de realidad es necesaria la presencia de expertos cada vez mejor cualificados, de científicos o ingenieros capaces de “ver” aquello que ya no está al alcance del saber natural y orientado a la supervivencia sino a lo que se accede a través de un saber no natural y orientado a la verdad que exige para su domino un gran esfuerzo, con lo que se encontrará clausurado, dada su extremada complejidad, a la mayoría de los ciudadanos. Esta realidad absolutamente heterogénea, en perpetuo proceso de transformación, es ajena a cualquier intento de fundamentación definitivo o metafísico ya sea éste propuesto desde las filas idealistas (Kant) o materialistas (Lenin). La nueva realidad no es ajena al operar humano, la nueva realidad es física humana, no una sustancia o un ser eterno y universal lo que hace que la pregunta ontológica por excelencia ya no deba ser la tradicional qué es el ser sino qué es la materia, la cual entendemos como infecta, en proceso, histórica y fruto de la producción humana. Luego el ser de la ontología tradicional, o mejor aún, la materia de la nueva ontología se dice de muchas maneras como ya nos sugería en su Metafísica Aristóteles y es imposible entenderla de un modo armonioso ya que no todo está relacionado con todo. Además, la realidad ya no será dada como se propugnaba desde las filas del realismo ingenuo, ni será obra de la reflexión trascendental del ser humano como sugería el idealismo, sino que será producto del ser humano entendido como miembro de una comunidad, de una casta, de un grupo social concreto, de una nación o de un estado, cada uno de ellos dialécticamente enfrentado a otros en el marco de un proceso histórico inacabado. Insistimos, nuestra propuesta ontológica ya no será la del idealismo o la del realismo sino la del hiperrealismo, donde se rompe la dicotomía entre el sujeto y el objeto y se afirma la realidad como lo conocido. De este modo muchas de las nuevas sombras platónicas serán producidas por demiurgos muy diversos y de difícil identificación que proyectan sobre los consumidores imágenes o escritos capaces de adormecerlos en lo más profundo de la caverna; sus complejos mecanismos de construcción de apariencias en forma de lo que se da en llamar “realidad virtual” son epistemológicamente inaccesibles al que dio en llamar Ortega hombre masa. Y no sólo por la naturaleza del contenido que se proyecta, ni por los fines que persiguen los agentes que fabrican dicha mercancía virtual, sino por la sobreabundancia de información que no le permite discernir entre, por un lado, aquello que le pueda resultar al nuevo consumidor o ciudadano de la aldea global más útil, que le permita, acudiendo a Espinosa, al hombre masa de hoy o individuo flotante que se nos presenta como el fundamento mismo de nuestras democracias, ser más firme y perseverar en su ser de modo libre, es decir que pueda ser causa directa de buenas prácticas éticas o morales que le enriquezcan como persona y que le conduzcan a mayores cotas de alegría, de, por otro lado, aquello que simplemente le resulta inútil y le conduce a un empobrecimiento de su persona, haciéndole menos libre y por lo tanto más ignorante de las causas que determinan su ser. Por este motivo el desconcierto es generalizado, las trayectorias particulares de muchos de los ciudadanos que constituyen el conjunto de la humanidad están vacías de verdadero conocimiento, además son muy limitadas y no encuentran su sitio, o su salvación, en trayectorias comunes emanadas del estado que permitan garantizar no sólo su supervivencia sino también su bienestar. Y no lo encuentran porque sus intereses adolecen en muchas ocasiones de racionalidad, de un mínimo contenido que satisfaga los intereses del conjunto de la sociedad, del bien común que permita un orden bueno en el seno de la llamada sociedad civil, un orden en definitiva justo. Y esta situación se agrava si tenemos en cuenta que la llamada clase política se halla plegada a sus intereses de partido, y en este ensimismamiento dan la espalda a la sociedad civil desatendiendo de forma preocupante asuntos tan esenciales para el buen orden del estado, orden que permita su persistencia, como son los que directamente se hallan vinculados con la educación. De esta mediocre formación de las personas que forman parte del conjunto del estado deriva el actual desconcierto, al que España no es ni mucho menos ajena, desconcierto que tiene forma de crisis económica, pero que también muestra su cara más desgarradora en forma de prácticas vacías de cualquier tipo de virtud ética o moral, en forma de individuos flotantes tan amorales que solamente pueden ofrecernos comportamientos irracionales difíciles de asimilar.

Pero lo que resulta insultantemente más chocante es que el hiato entre el modo de entender la realidad construida por los diferentes grupos humanos a lo largo de la historia, y no debemos olvidar que ésta es obra de los vencedores, y la estructura dialéctica de la misma es cada vez más severo. Es así que se habla de globalización y humanidad al mismo tiempo que se obvia la existencia de un desequilibrio permanente entre dos mundos abiertamente enfrentados y cruelmente dependientes, dos mundos del que forman parte los estados pertenecientes al llamado grupo de los países desarrollados y que en la necesidad de mantener intacta su condición de dominadores articulan estructuras supranacionales, mundo dueño y gestor de las tecnologías más punteras, de la especialización y de la clausura al saber natural en donde dominan los científicos, los ingenieros y una mano de obra constituida por operarios cualificados que ejercen su labor evitando esfuerzos físicos propios de la relación directa del hombre con la naturaleza, y los cada vez más numerosos estados del tercer mundo o en vías de desarrollo que nos ofrecen, a todos y cada uno de los consumidores satisfechos del primer mundo, una inagotable cantera de mano de obra que en aras a la necesidad de sobrevivir están dispuestos a realizar todas aquellas labores que requieran, o bien un contacto directo con la naturaleza, o sea una menor tecnificación y por lo tanto un mayor grado de esfuerzo físico, o bien aquellas labores que requieran una mayor cota de desagrado en quienes ostentan la condición de ciudadanos del primer mundo, v.g. atención de nuestros mayores o participación en misiones de alto riesgo como profesionales en los diferentes ejércitos nacionales. Es en esta desigual realidad en marcha en donde la filosofía debe, junto a otros saberes ya dados: científicos, tecnológicos, políticos, religiosos, económicos, etc., introducir su bisturí racional y crítico para sofocar o simplemente deshacer, en la medida de sus posibilidades, una situación de permanente conflicto, y hacerlo de forma prioritaria en el orden ético, moral y jurídico. Es un deber que no sólo debe mostrar las apariencias para clausurarlas racionalmente, sino que también debe contradecir al mismo Hegel y reclamar: ¡no todo lo real es racional! Y es un deber que de ser desatendido filosóficamente será tratado desde otras parcelas del saber, desde otras perspectivas ya sean gnoseológicas o no, bien sea desde las filas positivistas que reconocen como única verdad la que brota de la ciencia, si bien dejan sin explicar muchas de las controversias sociales más urgentes, bien sea desde las filas metafísicas que en su búsqueda de la verdad última olvidan la realidad y no logran explicarla y menos dominarla. Otras alternativas pueden incluso ser más peligrosas. La renuncia voluntaria al conocimiento de la realidad arriba a un posicionamiento nihilista tan irresponsable como irracional, irresponsable porque asume sin más la realidad dada y no pretende ni entenderla ni transformarla si el caso lo requiere, e irracional porque otorga al todo vale categoría de fundamento práctico.

Que nuestro encuentro como filósofos con la realidad presente no sea ya tardío y nos haga claudicar al modo del ilustre Don Quijote de la Mancha: “Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde, que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa, leyendo otros que sean luz del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; querría hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido mi vida tan mala que dejase renombre de loco, que, puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte”.

Bibliografía

Gustavo Bueno Martínez (1990). Materia. Oviedo, Pentalfa, 97 págs.
– Gustavo Bueno Martínez (1992). Teoría del cierre categoría. Tomo I. Oviedo, Pentalfa, 366 págs.

Javier Echeverría (1999). Telépolis. Barcelona, Destino, 188 págs.
– Pelayo García Suárez (2000). Diccionario filosófico. Oviedo. Pentalfa, 742 págs

Pablo Huerga Melcón (2009). El fin de la educación. Oviedo, Eikasia 190 págs.
– Inmanuel Kant (2008). Sobre la paz perpetua. Madrid, Tecnos, 69 págs.

– Platón. República, Libro VII (1993). Edición, traducción y notas. Santiago González Escudero. Oviedo, Pentalfa, 160-239 págs.

 

* Platón: La caverna. Libro VII, 514ª-517c. “ Pues bien, ve ahora a lo largo de ese tabique, unos hombres que transportan toda clase de objetos, que aparecen por encima del muro, y las figuras de hombres y animales, labradas a piedra, en madera y en toda clases de materiales; y entre estos portadores, naturalmente, unos irán hablando y otros en silencio”

* http://www.danieltubau.com/Tang/images/platoncavernahoehle.jpeg

Lo inadecuado de la reflexión sobre la muerte

Fecha: por: dariomartinez

Resumen
Se entreteje un discurso sobre la muerte con la vista puesta en la vida. Se defiende la necesidad de la razón como mecanismo imprescindible para dar sentido a la vida. En contrapartida se recogen algunos de los síntomas de nuestra sociedad actual, síntomas que podemos identificar a través del concepto de muerte, concepto aliado a las filosofías más firmemente entusiasmadas con el irracionalismo. Como sistema de clasificación del concepto de muerte se introduce la idea de espacio antropológico de Gustavo Bueno, permite diseccionarla en sus diferentes usos y campos de realidad, y permite entenderlo más allá de la clásica distinción bimembre de la realidad en naturaleza/cultura, materia/ espíritu. Ejercicio filosófico que queremos desarrollar como necesariamente dialéctico. Finalmente se llevará a cabo un breve tratamiento sobre el problema de la eutanasia.

1.- Del origen de la muerte como tema central

Fue Hegel, a su modo, uno de los más grandes filósofos de la vida. Su discurrir filosófico sistemático no es más que un intento serio por dar carpetazo al sentido último de la vida, pero en un sentido que va más allá de lo intimo, de lo individual, así daba un paso más y se instalaba en la colectividad, en el espíritu del pueblo «Volkgeist» y todas y cada una de sus manifestaciones más excelsas: arte, religión y filosofía. Cada uno de los espíritus que articula son fenómenos de la vida. Es Hegel el que se atreve a hacer de la filosofía una ciencia (más tarde Husserl) capaz de atrapar de modo concluyente lo universal concreto, la Idea. Es un saber plenamente racional, es una forma mimética de la realidad en su conjunto, es el sistema más racional jamás ideado, es el fin de la filosofía por imposibilidad de superación; tras Kant sí era posible hacer mejor filosofía, tras Hegel sólo es posible reconocer su acierto. Es realidad, es razón, es verdad. Todo se articula al modo geométrico, con un Dios de naturaleza humana y aprehensible no dispuesto a ser conceptualizado como absolutamente infinito, es decir, como incognoscible o inaccesible al saber racional humana de modo definitivo, de este modo la idea de Dios no se podría clausurar, su infinitud permitiría el devenir, el cambio en el saber humano, todo sería en Él pero Éste no se agotaría; esta condición de infinitud es obvia en Spinoza, pero Hegel, buen conocer del judío holandés no quiere dejar resquicios al escepticismo y así propone la presencia de un Dios absolutamente cognoscible. Los sentimientos, las pasiones, lo irracional son episodios de dudosa eficacia, estériles a la hora de pretender atrapar lo real, son fases que necesariamente debemos superar «überwindung», no hay espacio para la reflexión seria de aquello que resulta cuando menos perjudicial por ser esquivo a la razón, o con sus propias palabras, por ser parte de un entramado que se nos muestra como «una astucia de la razón». Dichas ataduras de la razón en forma de devenir aspiran a la necesidad en forma de auténtica libertad. Esta nueva realidad articulada filosóficamente debe ser anunciada y promovida y tomará como epicentro de su actividad a la nación alemana, a su lengua en el mejor vehículo posible para su exposición entre otras por ser una lengua viva (recogiendo el guante de Fichte), es decir, no muerta o sometida al pensar ajeno, extraño, extranjero o simplemente de raíz latina y no libre1. Luego el esfuerzo de Hegel gira en torno a la vida, será un buen punto de arranque para las posteriores corrientes vitalistas que tienen como uno de sus más firmes defensores a Ortega. Será, pues, la reflexión sobre la muerte un ocaso de la razón desde el momento en el que la vida se desvirtúa en favor de un fundamento como la muerte entendido como dador de sentido último.

Hegel despierta, que duda cabe, gran atractivo en la filosofía del momento. Es obvia en Marx, su idea de dialéctica será pieza clave en su programa reflexivo. Pero no todo es entusiasmo, Hegel despierta los recelos más sonados en la filosofía del siglo XIX; no es sólo su carácter metafísico, su exposición tortuosa y en ocasiones ininteligible, es sobre todo su asfixiante concepto de razón. Casi siguiendo las leyes de Newton, se muestra como la fuerza de la razón hegeliana provoca una reacción equiparable a su acción original pero lógicamente en sentido inverso; la irracionalidad cobrará pleno protagonismo y ahora la filosofía cambiará el rumbo de su temática. Del suicidio de la razón que tanto atemorizaba al Descartes del Discurso del Método como momento del discurrir reflexivo que es obligado superar, se pasa a lo pasional como cúspide del ser hombre, el ideal romántico toma forma de verdadera filosofía, se da paso a otro tipo de reflexión ajena a la tradición griega, se abre el camino de las no académicas filosofías orientales. Otras formas de hacer filosofía son posibles y otras temáticas necesarias, entre otras: el lenguaje, el silencio, la angustia, la culpa, la contingencia, la nada, la libertad y muy especialmente la muerte que es el cuerpo de nuestra deliberación. El pensamiento orientado a la verdad se torna aparente, simplemente falso y decadente, es necesaria una crítica severa y una superación intelectual novedosa. La filosofía en sentido académico, asociada a unas ciencias que comienzan a ocupar un lugar cada vez más destacado, se diluye en otras manifestaciones humanas, se hace laxa y se hace estética («gnoseología inferior» diría su fundador Baugartem), aflora con gran fuerza el interés por lo poético, la moda, lo individual entendido como conciencia de sí auténtica o religiosa como sucede en el caso de Kierkegaard que abomina de todo lo externo o universal en el sentido hegeliano. Lo auténtico se experimentará, es existencia cambiante, de la quietud medieval y de la que es herencia directa la filosofía moderna y su preocupación por el ser se pasa al cambio, al perpetuo movimiento ausente de fundamento, desaparece cualquier asidero gnoseológico o axiológico como necesidad permanente de libertad individual. Luego este hacerse, este constituirse en verdadero en sí pasa por un proceso de toma de conciencia o para sí inagotable; somos seres limitados dominados por la angustia de la imposibilidad de nuestro en sí; somos pura intención vacía de contenido original. Esta angustia insuperable se alimenta de nuestra limitación, se nutre de nuestra constatación de seres limitados, de seres que hallan su límite de irrealización última en la muerte. Y a la vez nuestra existencia limitada está abierta a infinitud de posibilidades que nos constituyen como libres en el sentido de ausencia total de trabas que inhabiliten nuestro quehacer cotidiano, somos recurriendo al tan manido lema sartreano: «seres condenados a ser libres». Pero este sentido miope y dominador actualmente de libertad obvia la libertad entendida como libertad para, es decir, deja de lado aquella libertad que se constituye como tal por obra del individuo persona que en el seno de una sociedad de personas con su obrar se enriquece como tal, luego se entendería no libertad como aquel conjunto de acciones que marcan una trayectoria empobrecedora de la persona en el seno de una sociedad de personas; como casos límite de empobrecimiento personal estarían: el suicidio, acto de máxima gravedad hacia uno mismo en tanto que dicha acción es irreversible, y el asesinato como caso límite de violencia gratuita hacia otra persona. La muerte en sus dos formas de interrupción violenta que hemos señalado son los casos más evidentes de conducta no ética o cacoética, y si hablamos de dichos actos como ejecutados al margen de normas por todos compartidas y ajustadas, aunque sea débilmente, a la idea de justicia o de bien2 , hablaremos de actos propios de individuos despersonalizados, amorales y por tanto ajenos a cualquier proyecto socialmente compartido, serían sin más dilaciones individuos que podríamos calificar de imbéciles morales. Este dilema de comportamiento ausente de compromiso social es el que en su defensa de la libertad de no logra superar el existencialismo, el todo vale, el pobre intento de salvaguardar nuestra libertad borrando cualquier atadura normativa y socialmente compartida no es la solución, simplemente nos convierte en esclavos de nuestras pasiones o en seres que luchan como iguales por su vida, lucha que vendrá gobernada por la ley del más fuerte y de ahí a un sistema político encarnado en el soberano absoluto sólo media un nexo necesario en forma de ley natural3 .

2.- Sobre los diferentes sentidos del término muerte

Pero el concepto de muerte no sólo va asociado a la vida humana. Su contenido significativo cubre amplias zonas de la realidad, espacios claramente diferenciados sin que esto suponga una yuxtaposición. Como primer analogado vendría vinculado con el ser humano en tanto que somos nosotros los que tomamos conciencia plena del sentido de la muerte, comprensión que nos va constituyendo y que transciende nuestra mera existencia. Negamos, pues, la existencia de otros seres no humanos capaces de razonar sobre tal evento. No daremos coartada a supersticiones sustentadas en componentes psicológicos que sólo pueden ser evaluados, diagnosticados, e incluso curados en tanto son considerados como enfermos, como fenómenos subjetivos vacíos de verdadero contenido ontológico, es decir, de existencia real efectiva. Rechazamos la existencia de otras personas dotadas de razón con figura no humana que estén capacitadas para dar cuenta del sentido de la muerte y que posean la capacidad no mecánica para dar muerte o prolongar nuestra vida más allá de nuestra existencia corporal. Negamos la existencia de Dios como ser existente, como ser con vida (en el caso de la religión cristiana monoteísta dicha vida se entenderá como eterna) y de otros númenes ajenos al Dios de nuestra tradición judeocristiana: demonios4 , extraterrestres, licántropos, vampiros, otros seres mitológicos, &c. Pero el concepto de muerte tiene una aplicación mucho más amplia, se puede perfectamente aplicar a seres de muy diferente condición, seres que se pueden decir de muchas maneras haciendo que el término muerte oscile entre lo análogo y lo equívoco siguiendo la tradicional distinción escolástica de raíz aristotélica. Para clasificar y mostrar sus diferentes sentidos nos valdremos de la teoría antropológica y materialista del profesor Gustavo Bueno5 . Para ella acudiremos al llamado espacio antropológico y en él situaremos nuestro objeto de reflexión que no es otro que el de la muerte. Como es bien sabido el espacio antropológico es trimembre, se articula alrededor de tres ejes y contiene como protagonista relacional, como núcleo de la función, al hombre. Por tanto el sentido de la idea de muerte tendrá diferentes acepciones en función del eje en el que sea tratada. Vayamos por partes y despleguemos nuestra división.

a) Eje radial del espacio antropológico. Hace referencia a las relaciones del hombre con la naturaleza, con la physis griega, con aquel contenido de la realidad sujeto a relaciones necesarias, presidido por nexos causales impersonales. El hombre mantiene una relación que va encaminada al mantenimiento de su existencia, procura conocer lo que le rodea, sus ciclos, sus características últimas en forma de leyes naturales. Conocerlo significa dominarlo, asimilarlo en beneficio propio. Nuestra existencia depende de otros seres que nos pueden proporcionar el aporte energético necesario. Son seres vivos, dotados de movimiento, que nacen, crecen y se reproducen; como tales también mueren. Nuestra existencia depende de que no los aniquilemos, de que su explotación pueda ser repetida, es decir, domesticada. La muerte se sobreentiende como fin de la vida y tiene un sentido análogo al que se emplea con el hombre. Ahora bien, también se aplica el término a otros seres no vivos. Así una estrella como nuestro Sol muere, estos astros pueden morir por su alta actividad energética, por la falta de combustible o la transformación de hidrógeno en átomos de helio y su posterior paso a elementos más pesados como el carbono, el nitrógeno o el oxígeno, la liberación de energía se incrementa, su tamaño se agiganta y pasa a denominarse gigante roja, paulatinamente la concentración de elementos más pesados aumenta la gravedad hasta su límite máximo dando lugar a otra figura estelar que recibe el nombre de enana blanca, posteriormente y finalmente pasará a ser un agujero negro, es decir, la estrella por efecto de la gravedad se contrae si bien su muerte por implosión no es la única causa del fin de las estrellas, estas también pueden transformarse en supernovas fruto de una gran explosión, se producirá en aquellas estrellas cuya masa inicial es muy alta y que por lo tanto el consumo de energía será más lento y la pérdida de materia menor. De este modo se puede hablar en un sentido equívoco de muerte de una estrella. No es un ser vivo pero con dicho lenguaje podemos conocer mejor su proceso evolutivo, su ciclo existencial.

También en un sentido semejante se habla de la vida de los isótopos de uranio, su radiactividad perdura largo tiempo, se estima que unos miles y decenas de miles de años, de ahí que sea imprescindible la construcción de cementerios nucleares donde depositar dichos residuos aún contaminantes. Luego también en las ciencias físicas se usa con sentido el concepto de muerte, pero nuestra obligación como filósofos va más allá de dicha categorización propia del campo científico, entre otras razones porque dicho concepto también es usado en otros ámbitos, ya sean: políticos, religiosos, estéticos, jurídicos, etc. Nuestro análisis filosófico debe rebasar los métodos de análisis de las diferentes parcelas del saber, y este rebasamiento consiste en el análisis crítico de dicha idea con el fin de clasificar, diferenciar y comparar, en otras palabras: para entender el entretejimiento de las diferentes concepciones categoriales que obviamente no son un campo específico de ninguna disciplina científica, a no ser que se pretenda recorrer un camino que sólo conduce a posiciones reduccionistas de corte positivista.

b) Eje angular del espacio antropológico. Representaría a aquellas entidades no humanas que tienen inteligencia y voluntad (¿Dios cristiano?, ¿Dios musulmán?, ¿Dios judío?, ¿demonio? ¿animales? ¿extraterrestres?), que nos vigilan, nos acechan, adoramos, suplicamos, tememos, en definitiva, con las que mantenemos una especial relación. Estas entidades, verdaderamente, sólo pueden ser los animales, pero considerados no como algo «bueno para comer» sino como númenes ante los que los hombres experimentan atracción o temor y que sienten como fuerzas superiores de índole religioso, y cuyas relaciones reales y no metafísicas con los hombres son religiosas. Es el fundamento de la religión, la religación entendida como relación asimétrica: el hombre no es igual al ser que adora u odia, dicha verdadera religación se da entre el hombre y los númenes realmente existentes, los animales salvajes. No pueden incluirse en el eje radial hasta que no están domesticados, es decir, en el periodo que se corresponde con el Neolítico, momento, además, en el que los dioses se comienzan a elevar a los cielos y cobran figura zoomorfa primero (tauro, capricornio, escorpio) y antropomorfa después (sagitario, dioses del antiguo egipcio que introducen seres mitad hombre mitad animal: Horus, Apis, Anubis, etc.). Esto no quiere decir que se hayan de excluir necesariamente brotes de religiosidad en nuestro presente, de este asunto hablaremos un poco más adelante con más detenimiento. Pero el proceso racionalizador humano en sus diferentes etapas de desarrollo cultural conducen inexorablemente al ateísmo religioso. De este modo el politeísmo de los primeros momentos de nuestra civilización occidental se somete al rigor lógico y observacional, se racionaliza para adaptarlo al entorno de la ciudad primero y del imperio después. Es San Agustín quien allá por el siglo IV d.n.e. tritura el politeísmo de las religiones paganas del momento La Ciudad de Dios, lo que desemboca en una corriente doctrinal, tanto religiosa como política, que hará del monoteísmo no sólo una necesidad de fe sino de razón práctica, los restos del Imperio Romano Occidental sólo se pueden ordenar acudiendo a un pathos por todos compartido, dicho asidero moral tendrá como fundamento último a un Dios único, trino y creador. Es la antesala del ateísmo, la teología dogmática y natural del periodo medieval equiparará a los pensadores modernos del instrumento necesario para rematar tal acontecimiento, del Dios religioso se pasa al Dios de los filósofos, al deísmo. Será un Dios agonizante, sometido a las leyes de la razón y de la lógica, un Dios parido por la reflexión humana que está condenado a muerte en las manos de Nietzsche: «Mas cuando Zaratustra estuvo sólo, habló así a su corazón: “¡Será posible!¡Este viejo santo en su bosque no ha oído todavía nada de que Dios ha muerto”»6 . Pero el alemán de gran bigote aniquila también al Dios de la filosofía, la falta de higiene mental romántica abre las compuertas a la más consolidada irracionalidad vista en sus formas más variopintas: nihilismo, existencialismo, relativismo o estructuralismo. Ya antes Lutero había dado muerte al Dios racional de los filósofos escolásticos con su iusnaturalismo cristiano voluntarista, concretamente al Dios de santo Tomás de Aquino, su Dios (teísmo) es personal7, voluntarioso, infinitamente libre, incognoscible y por tanto caprichoso, tiránico. Lutero, y no sólo él, también antes Duns Escoto y Ockham8 mantienen que las leyes de las comunidades políticas sólo son verdaderas leyes si derivan de la ley divina entendida ahora como mandato que emana de la voluntad arbitraria de Dios, carente de toda limitación, carente de cualquier tipo de sometimiento divino a la razón. Lo bueno y justo depende de la voluntad divina, si Dios decide obligar al hombre al asesinato y al robo esto deberá ser considerado como justo en tanto que emana de su libre voluntad. Lutero deduce de aquí que el auténtico cristiano no necesita ni al Estado ni a sus leyes, pues para obrar justamente le basta con obedecer los preceptos divinos. Sólo el infiel debe someterse al imperio de la ley positiva y obra del Estado y esto porque desconoce la voluntad de Dios y está privado del don de la gracia, es a éste al que debe aplicársele la ley de la espada9 . Por tanto, la muerte del Dios filosófico conduce irreversiblemente a la arbitrariedad, o para decirlo con más claridad: termina en el fenómeno Auschwitz como paradigma de la muerte y la sin razón10. El discurso filosófico se ve truncado, asoma el cientificismo más feroz y se alía a ideologías de naturaleza racial donde se produce una transmutación irreparable del deber por la necesidad; el concepto de raza es el elemento fundamentador y empírico de la superioridad de un grupo humano sobre el resto, y a esta barbarie sin límites racionales se le añade un desprecio mayúsculo por una evidencia ética tan importante como la del respeto a la vida humana; desprecio que sólo precisa considerar al otro como no humano para poner en funcionamiento sus planes de exterminio. Sin verdaderas evidencias éticas y científicas sobre las que reflexionar filosóficamente todo está permitido.

Pero la muerte del Dios de las religiones terciarias, caso del Dios monoteísta cristiano a cargo de Nietzsche, no elimina un modo de reflexionar entendido como meramente aparente. El vacío no es simplemente anunciado y superado filosóficamente como creen entender hoy las filosofías postmodernas con Lyotard o Vattimo entre sus más firmes defensores (fin de la modernidad, pensamiento débil con fundamento en una nueva idea de caridad laica respectivamente), dicho espacio sin contenido reflexivo de naturaleza racional es cubierto, sustituido, por una nueva vuelta a la religiosidad que se creía, sino superada, si residual; hablamos de una religiosidad que retorna al politeísmo en forma de religiones orientales y que se pone en marcha en muchas ocasiones vía grupos cerrados con carácter sectario. De la desorientación generalizada y de la falta de sentido de la vida emana un cada vez más numeroso grupo de individuos flotantes que persiguen soluciones fáciles. Pero no es sólo éste un síntoma de nuestra sociedad contemporánea, en relación con la muerte se ha instalado la idea generalizada de la consideración ética de seres que hasta el momento eran entendidos como irracionales, se equiparan sus derechos a los de los hombres por elevación y así se habla de los derechos universales de los animales, del bienestar animal, &c. Y en este orden comprensivo de la realidad animal se nos quiere hacer entender que muerte y fallecimiento son conceptos redundantes, son sinónimos y, por tanto, el mismo sentido tiene la expresión “murió un animal X” que la expresión “falleció un animal X”. Esta equiparación ética entre animales y hombres más que proteger a los primeros lo que hace es degradar nuestra condición, devaluar nuestros derechos y ofrecernos la posibilidad de un comportamiento hacia otros grupos humanos simplemente amoral o, en tanto que individuos, no ético. Y lo dicho no es una fantasía parida desde la imaginación, es un fenómeno tristemente frecuente; Peter Singer, en su libro de 1975 Liberación animal, es el referente filosófico en la lucha por la defensa de los derechos de los animales (en nuestro país es el célebre Jesús Mosterín y su famosa obre intitulada ¡Vivan los animales!), equipara la lucha de los derechos animales con la lucha de los negros a favor de su dignidad como personas. Una lectura no precipitada deja entrever su afinidad por la igualdad entre los derechos de los animales y la de los negros, afinidad que recuerda a las clasificaciones antropológicas más célebres del siglo XIX, clasificaciones que entendidas como rigurosamente científicas certificaban la condición de animalidad de aquellos seres humanos que aunque con figura de hombre no permitían catalogarlos como tales dado que el conjunto de sus manifestaciones culturales eran las propias de salvajes no elevados a la condición de seres humanos civilizados. No es, pues, extraño que fuesen tratados como animales, claro está, que desde posicionamientos claramente racistas. El recorrido ya ha sido multitud de veces andado y sus consecuencias convenientemente condenadas, pero ahora el mismo camino no parte de la degradación humana sino que se inicia en la elevación ética de los animales para situarla en el mismo nivel normativo, es decir, jurídico y axiológico (con las repercusiones que esto acarrea a nivel ontológico, v.g. un feto de menos de tres meses no es un ser humano, luego igual da deshacerse de un feto con figura humana que de un feto animal, y esto democráticamente aprobado en nuestro país desde las filas que se llaman progresistas sin advertir que cometen un error mayúsculo al hacer coincidir ontológicamente al ser humano con el ser persona, sin ver la diferencia entre un ser humano que es individuo de la especie humana como pueda serlo un Homo antecesor y que es identificado desde coordenadas biológicas, y un ser persona cuyo estatus ontológico viene determinado socialmente, es decir, brota de un sociedad de personas que lo reconoce como tal para garantizarle unos derechos que lo protejan en su etapa inicial de indefensión; así, su eliminación, su muerte, no es un simple acto de extirpación con fines terapéuticos y de estabilidad emocional de la madre  e indirectamente del padre y si me apuran de los abuelos  sino un acto de asesinato. El aborto y el infanticidio son parámetros objetivos que permiten valorar el grado de civilización de una sociedad. Son altamente frecuentes en pueblos aislados y bárbaros, también en las sociedades industrializadas del siglo XIX donde las desigualdades propias del capitalismo salvaje obligaban a muchas madres a desembarazarse violentamente de sus hijos para poder sobrevivir tal y como relata detalladamente el antropólogo materialista cultural Marvin Harris en su libro Caníbales y reyes )11 . No es casual que se haya generalizado tal grado de confusión y en especial en los medios de comunicación. Con la disputa del último mundial de fútbol saltó a la fama el pulpo Paul. Se decía que tenía una gran capacidad para pronosticar los resultados de los encuentros finales del campeonato; España era la favorita, no sólo para los espectadores, sino que también para el cefalópodo más famoso de este siglo. Recientemente los telediarios abrieron con la noticia del fallecimiento del pulpo Paul, en Galicia y muchos lugares de España y Europa se siguió tal acontecimiento con tristeza. En la prensa escrita se iba en la misma dirección, el diario El Mundo recoge así la noticia:

«Fallece el pulpo Paul, famoso por predecir las victorias de ‘La Roja’ en el Mundial
El pulpo Paul se apoya sobre una réplica de la Copa. Martes 26/10/2010. Diario El Mundo.

El pulpo Paul, que predijo la victoria de la selección española en el Mundial de Fútbol de Sudáfrica, ha muerto en el acuario Sea Life en Oberhausen en el que vivía, cuando estaba a punto de cumplir tres años. Pese a que decenas de zoológicos de toda España mostraron su interés en acoger al famoso oráculo, el pulpo no cambió finalmente de residencia. Sus cuidadores no estaban dispuestos a dejarle marchar. En la localidad gallega de Carballiño, de la que el pulpo Paul era hijo predilecto, están hoy de luto. Ya nadie más podrá disfrutar de sus predicciones, retransmitidas incluso por televisión. En países de todo el mundo y en los idiomas más insospechados, se escriben improvisados obituarios en los que quedará constancia del, hasta ahora, más ilustre de los cefalópodos, el Pulpo Paul. Después de pronosticar acertadamente los sucesivos resultados de partidos de fútbol del Mundial de Sudáfrica, se convirtió en un auténtico oráculo de la postmodernidad y la empresa propietaria del acuario alemán donde vivía, sociedad Sea Life Deutschland GmbH, se vio obligada a proteger su nombre como marca comercial en los 27 países de la UE, dada la invasión de productos con el logotipo del pulpo, que abarcaban desde productos náuticos y ropa de deporte hasta los objetos más insospechados, como calculadoras, pinceles, sombreros, juguetes, extintores…y en estos últimos meses, hasta decoraciones para árboles de Navidad».

Vemos que el titular es directo: habla del fallecimiento de Paul. Que se sepa sólo pueden fallecer las personas, lo que sucede es que dicho animal carece de figura humana, pero ha demostrado, a ojos de los ciudadanos europeos que se tienen por sabios, como un ser dotado de inteligencia, de razón, lo que le habilitaba para poder deliberar con prudencia sobre acontecimientos futuros, será visto, pues, como un especialista deportivo. Es decir, el pulpo Paul es un ser numinoso y como tal fallece dado que está dotado de personalidad. Aparece un tipo de religiosidad que se tenía por superada pero que nos conduce a una situación de superstición y barbarie propia de hordas, tribus o poblados protagonistas de nuestra era más prístina con la paradoja de que esto sucede en el actual presente, y en él se tiene como la culminación cultural y política más brillante a La Europa de la democracia y de la defensa de los Derechos Humanos, a la comunidad de pueblos o naciones, igual da, donde ha sabido florecer mejor la razón de raíz griega.

c) Eje circular del espacio antropológico. Es el eje donde se sitúan las relaciones del hombre consigo mismo. O sea, del hombre con otros hombres, no hace referencia a una relación puramente reflexiva como cuando un hombre piensa en sí mismo, menos aún se pretende caer en un posicionamiento solipsista en el que sea inútil cualquier acercamiento a un saber cuando menos comunicable, o con Heidegger, un saber auténtico y presidido por el silencio que no es otra cosa que el refugio de la sin razón. Dentro de este heterogéneo conjunto de vínculos estarían las relaciones morales, propias de un grupo político, religioso, social, o las propias de una comunidad o Estado, también podríamos encuadrar dentro de este eje las relaciones lingüísticas, económicas, de parentesco, políticas, artísticas, &c. Es aquí donde el término muerte cobra su sentido pleno. Desde casi el inicio del razonamiento filosófico el tema de la muerte ocupó un lugar privilegiado. La filosofía en un sentido académico nace con Platón, el ateniense de anchas espaldas trata el asunto directamente en uno de sus más célebres Diálogos: Fedón. Por boca de Sócrates Platón demuestra la inmortalidad del alma, lo interesante para nuestro tema es que logra huir de la angustia, de la muerte, propiedades que suponen un estrangulamiento de la razón. Lo logra de una manera magistral: lo inmortal es aquello que permanece, lo invariable, lo verdadero y real, son las Ideas. Su duración eterna en el tiempo viene de su naturaleza universal, y lo que las convierte en universales para los hombres es el recuerdo, la reminiscencia. En pocas palabras, la inmortalidad encuentra su lugar en el recuerdo, y las Ideas, en tanto que universales y accesibles a la razón humana, se hallan presentes en nosotros. Luego nuestro obrar comparte la posibilidad de acceder a lo imperecedero, a lo que perdurará en el recuerdo de las generaciones de hombres posteriores ya que formará parte de su misma existencia. Hay realizaciones que alcanzan la cota de universales, que trascienden la existencia misma de sus protagonistas y que permiten recordar sus resultados porque estos son los que nos permiten entender, criticar y dominar la realidad del momento. La figura de Platón, y como él otros muchos, es inmortal y a sus espaldas están insoldables sus obras filosóficas en forma de diálogos; textos que hoy se han institucionalizado y que forman parte de nuestro currículo académico obligatorio en la etapa de bachillerato (esperemos que los nuevos vientos de barbarie cientificista y relativista no dobleguen a quien supo soportar los vaivenes de la historia durante tanto tiempo). Pero este no es el lugar para hacer una breve historia de la filosofía en sentido doxográfico para resolver el tema de la muerte. Son muchas las corrientes filosóficas que tratan el asunto, en ellas la muerte representa un límite de racionalidad, más allá de él nos instalamos en lo incognoscible, pero lo que verdaderamente interesa es situar nuestra marco de discurso reflexivo dentro de los límites marcados por un evento de carácter irreversible como la muerte. La muerte es un experiencia irrepetible, única, lo que la hace no decible para quien la experimenta. Es un hecho cotidiano, no por ello traumático, pero que sólo puede ser comunicable desde la vida. Lo que queremos subrayar es que el debate de ideas riguroso, al modo geométrico, no es sobre la muerte, es sobre la vida y lo más importante, es ahí donde debemos encontrar los argumentos mejores para hacer que nuestras trayectorias vitales estén orientadas a la perfección. No existen recetas definitivas, no tiene un sentido predeterminado que haga de nuestra existencia una realidad ajena a nuestra persona, no somos simplemente arrojados y conducidos por derroteros ya prefijados por otros o por un ser entendido como apertura o Da-sein al modo ontológico hedegggeriano, somos individuos que, en tanto que personas, orientamos libremente nuestras trayectorias de vida e intentamos en la medida de lo posible desactivar todo tipo de propuestas pseudofilosóficas impregnadas de falsos sentidos de la vida, falsos porque se arrogan un conocimiento, por revelación o por intuición, de su verdadero sentido, lo que hace que estén en condiciones de comunicarnos la naturaleza última de la muerte; son estos los profetas, los fanáticos, los iluminados, los telepredicadores que hablan en nombre de la Humanidad o de un grupo elegido con el fin de trasladar a sus acólitos un mensaje salvífico (a los críticos por el contrario el mensaje será de muerte), quien no participe de dichas fantasías, o bien se le intenta convencer mediante una técnica dialogada, o bien, de no resultar eficaz, se sustituirá por la necesidad de intervenir violentamente, quedará justificada la muerte de otro individuo siempre y cuando la causa de tal procedimiento emane del verdadero sentido de la vida. Luego el verdadero sentido de la vida es dialéctico, es un combate contra los fundamentalismos de la vida, y por ende contra la muerte, dado que no hay sentido de la vida del individuo persona que no pase por la necesidad ética y moral de perseverar en su existencia. Y nos debemos alegrar de esta ausencia dogmática de normas que permitan dar cuenta del significado último de nuestra existencia porque es ahí donde tiene cabida la libertad.

No podemos concluir el tema de la muerte sin acudir a quien desde su condición de inmortal sigue siendo el mejor hoplita del que disponemos en el campo de la filosofía de la vida, de la filosofía crítica: Baruch de Espinosa. Es este judío holandés emigrante portugués y de padres españoles el que nos dice:

«Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida.

Demostración: Un hombre libre, esto es, un hombre que vive sólo según el dictamen de la razón, no se deja llevar por el miedo a la muerte (…), sino que desea el bien directamente (…), esto es (…), desea obrar, vivir o conservar su ser poniendo como fundamento la búsqueda de su propia utilidad, y, por ello, en nada piensa menos que en la muerte, sino que su sabiduría es una meditación de la vida. Q.E.D»12 .

Nos preguntamos después de la cita recogida ¿qué sabiduría hay en un autor como Heidegger cuyo pensar versa especialmente sobre la muerte? Lo cierto es que el existencialismo del alemán y el de Sartre nos condujeron a una cómoda cohabitación con lo irracional. La muerte se adueñó de multitud de discursos provocando una salida urgente a lo inevitable. Hoy los pensamientos en sentido filosófico laxo, como forma de vida, dominan. Nuestras librerías se impregnan de libros de autoayuda y pseudociencias certificándose así la muerte a manos de sus propios protagonistas de la filosofía de corte académica y origen platónico. La filosofía crítica es un saber más y muere por falta de auténtico fundamento«Ab-grund», su condición es la de renunciar a dar sentido al ser (a la vida) y así:

«Buscando el sentido del ser el ser ahí se encuentra llamado en una dirección que lo despoja, lo desfundamenta y lo hace “saltar” a un abismo que es el de su constitutiva mortalidad»13 .

Seguimos muriendo como siempre pero también se está muriendo normativamente, racionalmente, nuestra quehacer en tanto que somos hombres que nos relacionamos con otros hombres; en el eje circular del espacio antropológico domina la muerte entendida como fin de la razón y de la verdad; muere el discurso político (fin de las ideologías, fin de la izquierdas y de las derechas, fin de la historia que nos decía Fukuyama), muere el discurso científico (Feyerabend y su todo vale), muere el arte (ya no encuentra su espacio y su necesidad de popularidad lo convierte en muchos casos en una propuesta ajena al saber hacer, a la tecné griega), muere la religión por falta de soluciones creíbles, sólo perdura viva la idea de cultura metafísicamente entendida, se seculariza la idea de gracia y ahora el individuo ya no pertenece a una u otra religión sino que pertenece a una cultura u otra y es esta condición de pertenencia la que nos garantiza la actual salvación como pueblo, los nacionalismos están de enhorabuena.

3.- Un apunte sobre la muerte como proceso eutanásico

Finalmente la muerte ocupa un lugar privilegiado en las sociedades capaces de gestionar tecnológicamente dicho momento final de la vida. La joven Bioética se interna en este asunto con el objetivo de dar solución a un problema novedoso: la eutanasia operatoria, es decir, la de aquellos que voluntariamente solicitan su muerte para eliminar un sufrimiento insoportable y que necesitan de terceras personas para materializar su deseo. Bajo este prisma se ha colado en nuestra sociedad la idea de una legislación que despenalice la práctica eutanásica cuando ésta se entiende como un procedimiento sujeto a lo que se conoce como muerte digna. No es el lugar para reflexionar sobre tan complejo problema14 , pero es interesante señalar que lo que esconde tal propósito, en principio algo sencillo y bien intencionado, puede ser mucho más complejo. La muerte puede ser sobrevenida y ésta, a su vez, violenta o natural. Una muerte violenta, por atentado terrorista, puede ser eutanásica dado que en ella hay ausencia de sufrimiento; así se suele decir, por boca de aquellas personas que son sus más directos allegados: «al menos no sufrió al morir». La confusión se presenta cuando “bueno” se entiende en un plano psicológico como no sufrimiento, como digno, placentero, no perturbador del alma, y se quiere trasladar ese mismo sentido al ámbito jurídico, es decir, como ajustado a la norma ética, moral o jurídica. Pero este tratamiento tan simple puede acarrear consecuencias contradictorias cuando el asunto va dirigido a casos en los que los procesos eutanásicos son puestos en marcha con individuos cuya muerte se entiende, al margen de cualquier tipo de intervención externa u operatoria, como sobrevenida. Vayamos a un caso concreto de relativa actualidad en nuestro país. Haciendo memoria, rescatando una controversia. La eutanasia clínica operada al tetrapléjico gallego Ramón Sampedro fue particular. No sólo porque el sujeto pedía o exigía la muerte sino porque se encontraba entre personas. En este caso sus más próximos allegados, y sus amigos, se mantenían vinculados a Sampedro no por el deseo generoso (principio ético fundamental) de que viviera Sampedro sino por el deseo expreso, alentado, sugerido, sostenido, planeado de acabar con la vida que consideran indigna de ser vivida, o sea: lo indigno no es la muerte, sino la vida de tetrapléjico que soportaba, padecía, el moribundo. Aquí valdría decir que «hay amores que matan». Cabría sugerir la proximidad de este caso con el de De Juana Chaos; éste decidió voluntariamente prolongar su estado de inanición hasta las últimas consecuencias, hasta la muerte, esto es, al igual que Sampedro, decidió prescindir de la vida; ahora bien, el Estado tenía la obligación moral de preservar su vida, yendo incluso contra su voluntad. ¿Sería, en este caso, generoso el colaborar con la decisión libre De Juana Chaos? Obviamente, los defensores a ultranza de la vida, de la erradicación de la pena de muerte, alertarían de tal inmoral decisión y se posicionarían del lado del Estado, pero curiosamente en el caso de Sampedro se respeta escrupulosamente la decisión libre de la persona, de su voluntad, siendo su trayectoria vital a nivel ético (no firme pero sí generosa, diría Espinosa) y moral intachable, en cambio, en el caso de De Juana Chaos no se respeta esa misma decisión libre, de su voluntad autónoma, siendo su trayectoria vital a nivel ético asesina y a nivel moral reprobable. Como consecuencia, se articulan soluciones diferentes: quitarle la vida, por indigna, a Sampedro y mantenérsela, por digna, a De Juana Chaos. Lo que queremos dejar claro es que no es lo mismo activar un proceso eutanásico sobre individuos cuya muerte se entiende como sobrevenida que en aquellos sobre los que la muerte es operada externamente cuando los pacientes están en una situación evidente de despersonalización, y tampoco es lo mismo articular un proceso eutanásico sobre individuos que a lo largo de su trayectoria vital han logrado constituirse con sus actos en personas que sobre aquellos que ni de lejos han alcanzado tal reconocimiento social.

 

1 «En el círculo de la lengua alemana el hecho de llevar a la incomprensibilidad u oscuridad se produce solamente, o bien por torpeza, o bien por omisión malintencionada; debe evitarse, y como medio auxiliar siempre se puede recurrir a la traducción a un alemán verdadero y correcto. Pero en las lenguas neolatinas esta incomprensibilidad es natural y originaria, y ningún medio puede evitarla, al no disponer de una lengua viva en que poder verificar la muerte y, siendo exactos, al no tener una lengua madre». Véase FICHTE, J.G. Discursos a la nación alemana, pág. 105. Traducción de Luis A. Acosta y María Jesús Varela. Ediciones Orbis. Barcelona 1984.

2{2}Actualmente son frecuentes los actos de inmolación por parte de individuos de confesión musulmana. Su acción acude a preceptos morales compartidos por muchos miembros de su confesión, dichos presupuestos prácticos hunden su raíz en la filosofía aristotélica «Así pues, el denominado intelecto del alma –me refiero al intelecto con que el alma razona y enjuicia- no es en acto ninguno de los entes antes de inteligir. De ahí que sería igualmente ilógico que estuviera mezclado con el cuerpo» Véase ARISTÓTELES, Acerca del alma III, 3, 429a21-25. Ed. Gredos. Introducción traducción y notas de Tomás Calvo Martínez. Madrid 1994; desde este punto de vista el alma es ajena al cuerpo, es mera forma el alma intelectual, es pura potencia o receptor de todo tipo de formas, luego es común a todos los individuos, es universal, o lo que es lo mismo, no muere con el individuo, y por tanto el cuerpo no es dador de individualidad, es, pues, prescindible. El aquinatense se centraría en esta situación y haría encajar a Aristóteles con los presupuestos cristianos, entre otros la idea de que el cuerpo es imprescindible, es dador de individualidad y su eliminación es sin más dilaciones: pecado.

3 Véase HOBBES, Thomas. Leviatán o la materia, forma y poder de un estado eclesiástico y civil, págs. 113-167, capítulos XIII-XVII. Ed. Alianza. Madrid 2009.

4 «La Iglesia se ve de vez en cuando en la necesidad de recordarles [a los ateos y teístas] que el Diablo es un ser personal. Lo ha hecho Pablo VI; también Juan Pablo II, y lo mismo el Catecismo de la Iglesia Católica» FERNÁNDEZ TRESGUERRES, Alfonso. Satán. La otra historia de Dios, pág. 29. Ed. Eikasia. Oviedo 2006.

5 Véase BUENO MARTÍNEZ, Gustavo. El Basilisco, número 5, noviembre-diciembre 1978, páginas 57-69. Oviedo.

6 NIETZSCHE, Friedrich. Así habló Zaratustra, pág. 36. Alianza editorial. Madrid 2002.

7 Para el teísmo la existencia de Dios es una evidencia en sí misma, frente a las posturas ateas. Pero su propuesta va más allá y se orienta frente al deísmo que aspira a entenderlo racionalmente; Dios existe pero nuestro saber limitado no puede más que conformarse con acceder a dicha idea suprema a través de la fe revelada, la teología tendrá su radio de reflexión presidido por los sentimientos y la persuasión y la filosofía se ocupará de los asuntos humanos gobernados por la razón; la separación entre ambos saberes debe ser nítida. Quien tiene verdadera fe conoce a la persona divina, conoce a Dios y su voluntad. Pero el problema surge cuando debemos reconocer críticamente quién conoce realmente a Dios. Nuestra voluntad está subordinada a un ser que se entiende como omnisciente y omnipotente, y será libre cuando nuestro obrar satisfaga los deseos de su autoridad. Así, pues, lo que importa es agradar a Dios, sólo a El se le otorga el derecho de juzgar nuestras obras; se impone la ascesis, el rigor, la inevitable necesidad de dominar nuestros deseos más obscenos con el objetivo de salvaguardar lo más importante: la pureza de la conciencia individual, ya que es en ella donde reside el salvoconducto para la salvación. Sólo se ha de responder ante Dios, Éste juzgará benévolamente las acciones de aquellos que creen en su persona. Para los teístas, y especialmente los protestantes, el enriquecimiento personal es señal de fe; si al verdadero creyente le va bien es porque Dios lo quiere así. Por tanto, cada uno busca lo mejor para sí y sólo obedece a Dios. Quien no cree debe someterse a las leyes humanas, es decir, a las de aquel que no las necesita y que se vale de dicho derecho positivo para mostrar su autoridad. Es obvio que el creyente está por encima del hereje y si es necesario utiliza la espada para convencerlo de su error. Si de la conciencia individual pasamos a la colectiva en forma de pueblo o nación nos instalamos en un régimen político pergeñado por la necesidad de salvaguardar su estatus frente a todos aquellos que por las razones que sean intenten debilitarlo. Son muchos los ejemplos de este tipo, desde los calvinistas a los más recientes Boers holandeses en la Sudáfrica del apartheid pasando por el nacionalsocialismo alemán. Entre los miembros de su grupo de elegidos mostraron su solidaridad pero frente a terceros: herejes, negros o infrahumanos, judíos o alimañas, mostraron su más severa autoridad en forma de exterminio, tolerancia del desprecio, o simplemente mediante la más sutil explotación de sus recursos: el colonialismo holandés e ingles destacó por su depredación. Vemos difícil que en estas condiciones puede presentársenos como posible un gobierno no tiránico. Para más detalles que puedan esclarecer más este asunto puede consultarse. WEBER, Max La ética protestante y el «espíritu del capitalismo». Alianza editorial. Madrid 2001 y BUENO MARTINEZ, Gustavo. España frente a Europa. Alba editorial. Barcelona 1999.
8 Véase DUNS ESCOTO. Tratado del primer principio. Traducción de A.Castaño. Editorial Aguilar. Buenos Aires 1979 y DE OCKHAM, Guillermo. Tratado sobre los principio de Teología. Traducción de Luis Farré. Editorial Aguilar. Madrid 1985.
9 Véase LUTERO, Martín. Escritos políticos. Ed. Tecnos. Estudio preliminar y traducción de Joaquín Abellán. Madrid 2008.

1010 Sobre esta problemática es apropiada la obra de la Escuela de Frankfurt, especialmente la referida a Theodor Adorno y Max Horkheimer.
1111 LAHOZ PASTOR, José María. Cuestiones sobre el aborto. El Catoblepas, nº 95, enero nodulo.org/ec/2010/n095p09.htm.

1212 ESPINOSA, Baruch de. Ética demostrada según el orden geométrico. Proposición LXVII, pág. 309. Ediciones Orbis. Introducción, traducción y notas de Vidal Peña. Madrid 1980.

1313 VATTIMO, Gianni. Más allá del sujeto, pág.101. Ediciones Paidós. Barcelona 1989.

1414 Véase BUENO MARTÍNEZ, Gustavo. ¿Qué es la Bioética? Cuestión quinta. La eutanasia desde una perspectiva bioética, págs. 128-132. Ed. Pentalfa. Oviedo 2001.