Propuestas para una reforma educativa

Fecha: 16 junio, 2018 por: dariomartinez

Son puntos de vista interesados, parten de mi experiencia como profesor de Secundaria y de algunas de las reflexiones de ella derivada. No pretendo ir contra nadie. Aspiro modestamente a proponer soluciones a alguno de los males de nuestro sistema educativo. Reconozco de antemano que no sé pero que pretendo saber.

Las propuestas como medidas que deberían introducirse en una posible reforma educativa y que me parecen de urgente aplicación, porque su dilación agrava que el sistema educativo no sea como debe ser y se vaya corrompiendo podrían ser:

1.- Tanto las familias como los profesores hemos de participar como equipo frente a la actitud pasiva, desafectiva, de los alumnos. Es importante que desde el gobierno se incida en la importancia del rol que han de desempeñar las familias. A nivel práctico sería deseable que las desavenencias de los padres con los profesores no fuesen abiertamente manifestadas delante de sus hijos. Obligar, coaccionar, con el propósito de reconducir la trayectoria equivocada de nuestros hijos en el ámbito educativo es virtud. No vendría mal una campaña similar a la de la DGT para ponerle freno al descrédito generalizado de los profesores.

2.- Las etapas educativas más conflictivas en el proceso de Enseñanza Secundaria son las de 2.º y 3.º de la ESO. Medidas interesantes podrían ser: dos profesores de la misma especialidad o afines a un tiempo en el aula, reducir la ratio profesor-alumno en las materias troncales; subrayar que un número elevado de alumnos en el aula no aumenta la interculturalidad (Wert dixit), el hacinamiento por el contrario aumenta la disrupción.

3.- Transmitir un mensaje claro, en forma de ley, de que algunos de los valores, virtudes, de todo sistema educativo, dada nuestra tradición griega, sean: la sabiduría, la fortaleza entendida como una apuesta por ser mejores y por hacer mejores a nuestros compañeros, la moderación como mecanismo que permita evitar excesos, la prudencia que permita saber cuáles son nuestras capacidades, nuestras metas, atisbar con qué y con quién contamos y prever quién o cuáles son los obstáculos ante los que nos enfrentamos, fomentar la justicia como un valor que ha de promover en la medida de nuestras posibilidades el interés común. Así, el alumno ha de saber que los contravalores serían: la ignorancia, el vicio, el egoísmo, la no empatía, la intolerancia gratuita, la imprudencia o la injusticia.

4.- Reforzar legalmente la autoridad del profesor en el aula.

5.- Promover la presencia de un saber transversal para: deshacer mentiras, eludir la barbarie dogmática impermeable a la crítica y al reconocimiento del error, y para eludir un nihilismo galopante que nos asoma al abismo del: “yo hago lo que me da la gana”. Nuestra tradición griega nos puede dar ventaja, sin ella: la desolación, un erial, un futuro roto, un presente a satisfacer a golpe de compra compulsiva del que puede, o una angustia en forma de soledad no reconocida.

6.- Atender de forma más personalizada a los alumnos cuyas capacidades sean superiores o inferiores a la media.

7. Un buen proceso selectivo que cree un amplio equipo de profesionales para hacer que nuestros alumnos y a la vez ciudadanos de nuestro Estado soberano en marcha sean mejores, sepan más, se eduquen en un proyecto civilizador con el fin de que nuestra sociedad sobreviva y viva mejor, frente a otros proyectos ajenos y que compiten con nosotros con la intención de mejorar haciéndonos más débiles.

Corolario: una preparación pública vía conocimiento riguroso para hacer mejores ciudadanos. Idea no original, viene de la tradición griega.

De nuestro sistema educativo

Fecha: 31 enero, 2018 por: dariomartinez

El equilibrio necesario para que un sistema educativo resulte eficaz pasa porque la autoridad del profesorado sea reconocida más allá de la mera garantía jurídica o del derecho, pasa por un reconocimiento político y social en donde el papel del profesor sea responsablemente asumido por los protagonistas del proceso educativo, desde las familias a los más altos cargos políticos pasando evidentemente por los alumnos. Dicha autoridad debe navegar entre el ordeno y mando y el mero consejo, debe procurar obligar voluntariamente al alumno en su necesidad de esforzarse para saber, orientarlo para que procure, como ciudadano de pleno derecho que responsablemente puede ejercer su voto, salir de la caverna de la mera opinión espontáneamente fundada y cuyo recorrido no va más allá del mero tópico manido y trillado, es decir: poco original y de escaso recorrido. En definitiva, que todos los miembros de la comunidad educativa sean conscientes de que su persona moral es ajena a la igualdad; el profesor no es igual que el alumno, los padres no son iguales a los hijos. ¿Si todos fuésemos moralmente iguales, si todos tenemos nuestras opiniones, si todos ponemos en forma de discurso el mismo grado de verdad y argumentación entonces para qué educar y procurar que nuestros alumnos aspiren, según la tradición griega y occidental, a un saber comprometido con la verdad?

Por tanto, dicho plan educativo pasa por dejar claro cuál es el rol de cada uno de los protagonistas del proceso educativo, si esto funciona dirigiremos nuestra actuación educativa hacia el bien, hacia lo mejor, en cambio si cada uno va por su cuenta, en esta sociedad de individualidades escasamente comprometidas con cualquier proyecto social de convivencia, entonces vamos apañados.

Diecisiete modelos autonómicos más el de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla bajo la aureola metafísica de una armonía buenista sin justificar e ineficaz parece que no están dando los resultados apetecidos. Competir entre nosotros, ponerle trabas al vecino, no es más que errar la dirección de nuestro sistema educativo, y no ser conscientes de ello es la clave que nos puede permitir entender por qué no se produce de una vez por todas el tan ansiado Pacto por la Educación.