El fulcro político del arte

Fecha: 20 febrero, 2021 por: dariomartinez

Bello y psicagógico

Es un título benévolo para el asunto que voy a tratar. Me ahorro al menos inicialmente valoraciones de corte ético o moral. A ellas llegaré deductivamente activando premisas que en su misma dinámica orienten el argumento hacia lo que hemos de entender como lo más útil, lo mejor y más bueno.

El arte es un hacer técnico o tecnológico. Es plural, dinámico, cambiante y no se agota en lo bello. La belleza fue su brazo armado, su cota de privilegio indiscutido. Podía ser religiosa, política, social, histórica o la manifestación material del Espíritu Absoluto en palabras de Hegel. El arte se plegaba a los dominios más elevados de otros saberes confiados en su despliegue al control de fieles, súbditos o siervos. El arte con la ilustración europea se deshace del yugo que permitía, incluso con brillantez, alcanzar el universal reconocimiento del espectador desinteresado que juzgando subjetiva y libremente, contemplando la obra de arte, sometiéndose a los sentimientos despojados de conceptos, se decantaba por la belleza (Kant). El arte se abrirá al dominio de lo feo, del miedo, de lo irracional e incluso de lo sublime. El músculo racional del romanticismo hará decir a Schlegel: «el arte contra la estética». Desde entonces la racionalidad humana, técnica de unir y separar contenidos dados en el mundo en marcha, de forma libre, nueva para construir ficciones atractivas, se adueña también de lo irracional.

Con la obra de arte la realidad, al menos alguna de sus parcelas, se analiza de forma diferente, y se exploran posibilidades desconocidas hasta entonces. El proceso del artista se inicia con un recurso prendado de anamnesis que doblegan su particular visión. Transforma lo dado de forma diferente (la intuición del genio capaz de construir hiperrealidad), mezcla categorías bajo criterios nuevos y lucha, y este es su fin como prolepsis, por atrapar al espectador con el propósito firme de que su obra, más allá del finis operantis (del propósito de su autor, de su proceso meditado de ejecución), permanezca en el tiempo, forme parte de la sociedad, se implante políticamente y ocupe su lugar en la historia con la dignidad del hacer bien hecho. La obra de arte no es autotélica, no es un fin en sí misma, ha de ser un fin para los demás. En el finis operis la obra ha de ser psicagógica, apelar al espectador para que independientemente éste se haga preguntas que hasta el momento ni siquiera se había planteado, para extraer de él ese alma, ese interior, oculto en el día a día, vía sentimientos, emociones, alegrías, tristezas, miedos, etc. Empero, para arrancarlo de la prosa de la vida. Ese conducir  almas del arte es esencial, es su vehículo hacia la eternidad.

El arte mostrado bajo coordenadas temporales, narrado en tanto que se despliega, puede con más frecuencia alcanzar el climax emocional del espectador. Hacer arte es conocer lo más íntimo de las personas. El buen arte ha de ser psicagógico y útil. No importa el proceso reflexivo del autor, no importan sus vivencias muchas veces entorpecedoras o impulsoras de diagnósticos bañados de prejuicios que distorsión toda valoración (Goethe). Importa la obra en sí, sus resultados por ser independientes, libres, sin compromiso con la verdad (gnoseológico), sin compromiso eficaz con la realidad (ontológico), no ha de ser el bello arte mimético (Aristóteles); el modelo artístico no es científico, ni filosófico, ni tecnológico. El arte ha de aspirar a ser autónomo, independiente, intemporal, sustantivo.  Para ser libre, y aquí me decanto por Espinosa, ha de promover lo mejor, lo más eficaz para que extraiga de nosotros la fortaleza suficiente para luchar y reflexionar sabiamente sobre la vida, la nuestra y la de los demás, para ser más personas, más reales, más potentes, con mayor grado de operatividad y capacidad para sortear los problemas, mostrarnos más prudentes y ver en la felicidad un compromiso con aquellos que viven de espaldas al bien por circunstancias en sus trayectorias de vida que les doblegan. El arte ha de impulsar nuestros mejores sentimientos a la consecución racional de la libertad. No ha de servir a los intereses y deseos de los peores.

La libertad en el arte es capacidad. Del hacer pasional, no racional ni emocional, materializado en la obra de arte: escultura, pintura, fotografía (desembarazadas del tiempo, prisioneras de la quietud, poiéticas), teatro, literatura, música y cine (desplegadas en el tiempo, prácticas, ejecutadas en una narrativa) nos dice Kant: «La pasión no puede nunca y en ninguna relación ser llamada sublime, porque en la emoción la libertad del espíritu queda, desde luego, suspendida, pero en la pasión es anulada». El arte pasional ciega al artista, lo arrastra a los afectos más ruines, y su capacidad se trufa convirtiendo el arte en mal arte, en artefacto que a duras penas logra desplegarse más allá de la cosa. Así para mantener la obra el artista se ha de volcar con ella, ha de estar permanentemente a su lado, la obra sin su finis operantis, sola, desparece, es desechada y olvidada, no pasa de ser un artefacto sin interés, ineficaz, nada novedoso. Por tanto, la obra de arte que no sale de su minoría de edad, que necesita ir de la mano de la nematología de su autor para darle cuerpo y curso no es libre. La obra de arte mal entendida puede ser el punto de apoyo, el fulcro teñido con el mito de la cultura, que eleva a sacralidad lo que no pasa por ser más que simplicidad, materialización de una ira desmedida, cuyo carácter psicagógico deja de ser catártico para transformarse en vehículo para la no reflexión, el fomento de la muerte, del desencuentro, la falta de generosidad ética, la ausencia de firmeza, el estímulo de los afectos más primarios y en definitiva de un nuevo hacer sometido al odio colectivo que no purifica sino que ahora degradará.

Hemos de procurarnos, y esto es labor propia de la política, un equipo de sabios que a nivel académico, y como transductores que interpretan para otros (especialistas del arte, de la ciencia, de la política, de la tecnología), formen a ciudadanos en la libertad con el fin de garantizar la pervivencia de la sociedad, su estabilidad, en la lucha por la existencia y el bien común en el tablero del ajedrez político que ha de ejecutarse frente a otros Estados en su dialéctica por un espacio y un estar en permanente disputa.

Hoy en nuestro país parece que las Universidades, las llamadas por García Maestro, «manicomios de diseño» sirven de embajadas para debilitar desde el interior el espacio delimitado de nuestras fronteras ya por otros reconocidas, sabotear la recurrencia productiva y desprestigiar hasta la desobediencia sistemática el núcleo del poder del Estado. El proyecto universalizador de las altas instancias del saber se transforma en el de patrocinadores posmodernos y oficiales de un nuevo «neufeudalismo» (Armesilla) que persigue el privilegio de unos pocos en detrimento de los más. Privilegios como el poder decidir de unos pocos sobre un territorio que es de todos al entender desde su óptica nacionalista que España es una totalidad distributiva, falsamente unida y simplemente como Estado, y no como nación-política o con soberanía en el conjunto de los ciudadanos españoles que a título ideológico son puro mito ficción, fantasmas inexistentes.

Parece absurdo ahondar en las diferencias para no vertebrar España pero en eso estamos, por cierto, proyecto al que las izquierdas indefinidas se comprometen dejando huérfanos a muchos ciudadanos que por lo pronto quieren dejar atrás las estructuras de poder propias del Antiguo Régimen desde la razón y frente a las derechas. Desgraciadamente parece que en esta vorágine de locura y de zumbados de «todo a cien» estamos a un paso de ponernos a pintar las fronteras, ya que lo estrambótico agrada y persuade, ¿por qué no sugerir la visualización de los límites territoriales? Despejaría dudas.

La inmortalidad de un genio: Ennio Morricone

Fecha: 6 julio, 2020 por: dariomartinez

No es obligatorio. Para nada es necesario. Sin coacciones. Decisión libre que aspiro a proyectar hacia lo mejor. Me reconforta poder recordar a Ennio Morricone. Acompañó muchos de mis largos viajes por Castilla y León. Eludió con su música el tedio de un viaje repetido por obligación y en soledad. Compositor magistral, genial, a la altura de los menos, elevado a lo divino. Desmaterializó el arte con la melodía perfecta. Empujó con la fuerza justa del sonido las imágenes de películas inolvidables. Su música tomó las riendas de un poetizar dramatizado en un presente de ficción con un equilibrio tan apolíneo como fascinante. Su hacer fue laudable e inmortal, geométrico, racional y estéticamente puro. Quien no sienta la belleza de su música es como una simple roca que en el lecho de su cauce sólo pude dejar deslizar el fluir de la corriente de un agua que no la altera. Se ganó el respeto de todos, de los entendidos y de los que como yo somos meros espectadores que sentimos una música tan llena y de embriagadora belleza que somatizamos lo inexpugnable a través de un vello cada vez más escaso que se nos eriza, momentos en los que no permitimos ningún tipo de interrupción; música apta para escuchar y avalada para ordenar un silencio que no se puede quebrar.

Algunos de mis mejores amigos disfrutaron de uno de sus últimos conciertos en directo, en su Italia, con su público más cercano, con sus paisanos. Les envidio y me alegro de su suerte. Creo que si hubiese ido con ellos me vería en la tesitura de controlar las lágrimas por vergüenza, sería algo mágico, a la altura de quien eleva la persona a lo más alto. Esa magia única por fortuna trasciende su persona, no muere. Su arte no es algo meramente físico, no se reduce a un conjunto de ondas que viajan por el aire, no es tampoco lo que cada uno experimenta, ni lo que pensó su autor  al albur de sus circunstancias, no se puede reducir a un mero fenómeno psicológico, es también una hacer objetivado, público y universal; es un saber hacer sometido a la interpretación más severa, transducido e institucionalizado a nivel académico por méritos propios. Todo ello ha de entenderse como contenidos materiales necesarios, que se pueden disociar, pero jamás separar.

Un encuentro a recordar. La guapísima Claudia Cardinale se presenta con puntualidad en su destino programado. Llega su hora y en esta ocasión es sólo el inicio de una nueva vida, no es su muerte. Todo aparentemente normal. La ciudad es bulliciosa, dinámica, hombres libres y no tan libres circulan con rapidez. Son átomos de yoes con sus trayectorias de vida independientes. En el caos de lo diverso hay una esencia en forma de mano negra que lo armoniza. Es la obra maestra desde el origen del pueblo americano. Como todos cree estar segura en ese orden. La familia, casi desconocida, su visado para un mundo lleno de oportunidades y de obstáculos. Todo está en orden, parece que nada falta. Su equipaje, la estación elegida, su determinación y convicción. En el ir y venir de una estación del Oeste el tiempo asociado a un lugar como ese es efímero, es un  presente reducido a sus máximas cotas de devenir, tan perentorio que casi queda en el instante. Todo cambia, nadie queda. Sola, con la sola música de Morricone que la dirigirá. La belleza permanece en la imagen de una mujer decidida a continuar pero que el espectador ve como inexorablemente se postra a la música. Se silencian los diálogos, se prescinde de lo rutinario porque se doblega a una melodía invisible que la empuja al drama que le espera. Permanecer allí no tiene sentido. Darse la vuelta no es una posibilidad (Nueva Orleans). Ha de seguir con su sueño (Sweet water), cueste lo que cueste. El pasado se cancela, el futuro se le abre de par en par, no se dice pero se escucha, ningún espectador lo puede dudar. Pocos compositores fueron capaces de poner de rodillas en una escena de cine la imagen en favor de una melodía escogida para el gran público. Morricone lo logró y no sólo eso, lo hizo habitual, lo convirtió en virtud. Su término medio en el terreno del arte fue lo sublime. ¡Qué grande!

Rindiéndonos a su talento le damos las gracias. Su inmortalidad, ahora sí, está garantizada. Fácil tarea cuando está sobradamente acreditada.

 

 

Un actor magistral: Jack Lemmon

Fecha: 8 abril, 2019 por: dariomartinez

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Sigo sin cansarme. Para él parece que siempre uno tiene tiempo. !Ya la has visto! Al final ves las mismas películas. Pon otra cosa. Son frases a las que ya me he acostumbrado, las he de sobrellevar. No me preocupa, asumo el compromiso que con sus películas tengo. Es bien cierto que intento visionarlas sólo, en silencio, con la predisposición a una sonrisa, a una risa espontánea, sin falsedades, sin nadie al que tenga que agradar, o a la espera también de un momento angustioso, triste por demoledor de una realidad que conduce a quien en ella se sumerge al máximo grado de degradación o de miseria.

No pretendo mostrarme como un cinéfilo, un erudito que enumere doxográficamente su filmografía, el año de su realización, anécdotas infinitas… No. No es mi caso, tampoco mi capacidad. Sólo soy un espectador esporádico, amante del cine sin llegar a la sabiduría del experto. Un  amante que presenta muchas deficiencias, que le queda mucho por ver y conocer. Pero con todo como simple espectador aspiro modestamente a saber reconocer el trabajo como actor de alguien que no sólo supo hacer comedia de forma magistral, sino que supo hacer papeles trágicos de equivalente altura. Un actor que supo entregarse a sus personajes, ejecutando a su persona original en beneficio de sus interpretaciones. Personajes tan cercanos, tan auténticos que su nuevo ser original nos penetraba hasta el tuétano precisamente por ser perfectamente fingido. Sabía hacer con un buen guión y una buena dirección papeles inolvidables.

A estos actores polivalentes un mínimo reconocimiento. Un  agradecimiento más allá de cualquier efeméride, al margen de los dictados de otros, de poderosos que fijen nuestra forma de intentar entender la realidad, de los que se dicen creadores de opinión.

A un grande, a un genio de la interpretación más exigente, a Jack Lemmon. Un actor ni alto ni bajo, ni guapo ni feo, ni elegante, ni atractivo, ni carismático, pero un fuera de serie, un maestro con todas las letras; en él toda una escuela de cómo ser  interpretando un buen personaje.