La vida en piedra: María Jesús Rodríguez

Fecha: 13 julio, 2022 por: dariomartinez

Una visión antropológica y ontológica de la obra escultórica de María Jesús Rodríguez. Un hacer técnico, exploratorio, con materiales cotidianos y familiares. De uso práctico y doméstico, artefacto ni siquiera decorativo la más de las veces. Material de gran valor económico, protagonista de una economía que para perdurar ha de mantener su circularidad recurrente. El cartón no es otra cosa que un compuesto de estratos de papel prensado, son pliegues geometrizados de finas láminas de papel blanqueado, derivado de la celulosa de la madera, de nuestros bosques. El papel es la industria de la costa occidental asturiana, es su sustento derivado de su hacer tecnológico, es la ciencia más elevada en ejecución. El hombre aquí y en su relaciones con otros hombres y la naturaleza no humana, impersonal o raciomorfa, es decir animal e inteligente, cubre el amplio abanico de su ser como existencia. Para María Jesús Rodríguez la dimensión trascendental, numinosa, mítica o teológica, es barrida, es vaciada, está demolida por la razón humana, pero en esta demolición el hombre sucumbe en su misma soledad. Sólo hay una realidad y está es la reflejada en la roca que sirvió de fundamento de su camino por la vida, es el tiempo detenido en la pizarra negra que domina nuestra costa, de lo telúrico, y de paso su existencia pasada, añorada, que la embriaga de melancolía, idealizando lo que fue, despejando o no aludiendo a lo que resultó simplemente desagradable. La piedra en la obra de María Jesús Rodríguez es lo precientífico, lo no categorizado, la pura materialidad informal, no dicha, prepensada y es además lo eterno, la substancia invariable que hace de nuestra existencia y tiempo algo efímero, por no decir insignificante. Es el fenómeno esencial de su crítica como artista.

 

Su obra se enfrenta de modo decidido al horizonte de lo hostil, mirada de izquierda a derecha, el frente más elevado, vertical, abismal, sublime por inaprensible, el barranco que separa el no ser del ser, es un hiato insalvable, quizá inexplicable. De él brota el ser humano, su dimensión histórica, racional, con altibajos, con futuro, con limitaciones, pero también con fin, nuevamente lo inexplicado, la vuelta a lo natural, auténtico, puro, original, casi intemporal y que domina en la totalidad de lo que verdaderamente hay: lo natural (M1: materia ontológica especial primogenérica o espacio-temporal) y lo humano (M2: materia ontológica especial segundogenérica o temporal), sin deidades que nos atormenten (M3: materia ontológico especial terciogenérica ucrónica y atópica o simplemente lo universal de las ciencias en sus resultados verdaderos o demostrados en forma de axiomas, teoremas o leyes anantrópicas), sin demiurgos imposibles que nada construyen, y menos para los propósitos más elevados del ser humano. El retorno al punto de partida de la que no es otra que la madre naturaleza. No hay vacío, su obra es compacta, no es un hacer arquitectónico que con lo sólido perdurable habilite un espacio diáfano donde ubicar un dios, adorar al que es inteligente, superior y no humano, no hay sitio para ninguna escultura divina. Decepcionada de lo humano, sin Dios al que acudir por ser inconcebible, el espacio antropológico queda reducido en su misma actividad a una naturaleza idealizada y refugio del único sentido existencial contra el nihilismo. Fuera de ella: silencio. Ahora lo trascendental es el resultado de su hacer técnico, es la obra sin tiempo, la escultura entendida como fetiche.

Se expone, se ve, se describe, es un aparecer que esconde lo que está por llegar a sus espaldas, en perfiles más modestos, menos agresivos. El no ser es cualquier cosa (M: materia ontológica general, absoluta, sin forma, y no en acto, es decir infinita y plural), pero aquí no es un no ser sin materia, Da-sein de Heidegger, «ser ahí: éste ente que somos en cada caso nosotros mismos y que tiene entre otros rasgos la «posibilidad» de ser del preguntar» (2021, 38), fondo blanco, sin grafos (sin graptolites fosilizados en la pizarra abatida por la fuerza infatigable de un mar en puro cambio y mezclada de areniscas sedimentadas en su lecho imperecedero), sin nada que decirnos, inoperante, posmoderno, de algún modo irracional, que de dominar, insistimos no parece ser el caso en la obra de la autora, nos arrastraría al puro nihilismo, a la más absoluta inoperancia, a la pura farsa.

No es un azul el contorno de su obra, Dios no está azul, ni se le espera, ni existirá como pensaba Hegel cuando nos hablaba del Espíritu Absoluto. María Jesús Rodríguez es moderna, pero se ve arrastrada por su obra, por el resultado de su hacer técnico (finis operantis), de análisis y exploración que va y viene, que «abre y cierra los ojos» en un instante, en un evento entendido como «pura posibilidad», a partir de su relación directa con lo que es su pasear tranquilo y sosegado, por la anamnesis que la configura y con la prolepsis, creemos que pesimista que deja entrever, dirigida hacia un futuro nada esperanzador (el progreso humano es una escalera irregular de peldaños que se bajan, no que se suben, de pasos ceremoniales que la autora resalta con tres líneas verticales que fracturan la horizontalidad temporal de un conjunto presentado en diferentes perspectivas). En lo humano no hay trascendetalidad, no hay santidad, fuera queda la virtud como resultado de nuestro hacer feliz. Es su propuesta racional, busca demoler mentiras, expulsar lo superfluo, quedarse con lo «lapidario» y dado en el esqueleto del mundo (finis operis), pero en su afán de verdad se ve arrastrada por la misma obra a plegarse a la naturaleza, a su materialidad impersonal, cósmica, perpetua; un monismo racionalizado por mutilador de la pluralidad que nos embarga, de la infinitud que nos ofrece una materialidad sin forma (M), no categorizada, ni aprehendida, ignorada, pero que con su limitación cubre nuestras pretensiones de racionalidad, impidiendo ser engullidos por los demonios de la metafísica. En lo real no hay armonía, hay conflicto, inconmesurabilidad, tensión, fractura, lucha, desencuentro, y paz…como resultado de la victoria en la guerra (Aristóteles).

María Jesús Rodríguez quiere quedar fosilizada, no olvidada, en lo pétreo, en el suelo que hizo de soporte para su caminar en la vida y para su hacer, cual mesa para las manos de un buen ebanista.

Con su escultura sin tiempo, sin narración, nos lanza un reto. Nos pide de modo amistoso que reflexionemos, que repensemos su obra, que le demos el grado de independencia necesario para que no sólo sea un arte decorativo, contemplativo, nada exigente, irracional en el fondo, por ser un arte sin fin (Kant). Su obra tiene fin, quiere perdurar, y para ello es nuestro deber introducir un relato, una narración que dinamice la obra, un tiempo, de otro modo: sin espectador, sin razón, el arte como consecuencia de interpretaciones triviales, felices y canallas, de ser sofisticado y reconstructivista (ficción racional) pasaría a ser simplemente un sinsentido banal y estéril, un discurso dialógico, de la autora con la realidad impersonal, de un yo y un tú asimétricos, no iguales. Por el contrario, de ser reconocido tras nuestro esfuerzo inteligente, la obra nos hablará de modo independiente, será sustantivada, no será un mito esclavo, será un hacer que cobrará sentido más allá de su autora, que la trascenderá. Obra indomable, ajena a los intereses políticos, civilizatorios, de lo humano, no quiere ser un artefacto al servicio de nadie, busca la independencia que el espectador reflexivo pueda darle.

Su color negro. Una ética práctica con aroma estoico. Se amolda a lo real, al destino, se enfrenta con el sosiego del saber y la prudencia. Busca la tranquilidad del alma, no ser perturbada, la ataraxia. Exige fuerza, demanda ser como una piedra, la vida es dura, es una lucha por intentar permanecer en nuestra existencia. Requiere firmeza  para inmiscuirse en la realidad en marcha y configurar un laminado de experiencias que nos constituyan como personas, que amolden nuestro ser trascendental, único, diferenciado, con el radio de la fama justo, sin interés por ser famoso, por ir fuera de nuestro círculo comunitario. También exige generosidad ya que cada una de las franjas de nuestra experiencia vital pasa por la presencia, la firmeza y la generosidad de los otros. Ahora bien, en el reino mineral, pétreo, no hay horizontes de libertad, no hay prácticas teleológicas y menos propositivas, sí hay lógica, sistematicidad, racionalidad, orden, pero no hay lugar para el azar, es una realidad sin inteligencia y despojada de lo estrictamente humano.

En fin, el cálculo (operaciones en piedra, sólidas, y propias de las matemáticas griegas) artístico de la obra encuentra la esencia de la verdadera piedra de la mano de la falsa piedra representada y alterada diligente y pacientemente en cartón.

Bibliofrafía

Bueno Martínez, Gustavo. El Catoblepas, 58, diciembre 2006, pág.2. Filosofía de las piedras. Puede consultarse en https://nodulo.org/ec/2006/n058p02.htm. 

G. Maestro, Jesús (2018). La filosfía de los poetas. Verbum. Madrid. Es especilamente interesante el capítulo VIII: Luís Cernuda en la genealogía de la literatura: de la Desolación de la Quimera, págs. 177-201.

Heidegger, Martin (2021). El ser y el tiempo. Fondo de Cultura Económica. Ciudad de Mexico.

Con el cincel de la crítica filosófica: Otoño, Ali Smith o de cómo matar el tiempo

Fecha: 8 noviembre, 2021 por: dariomartinez

Es un análisis de aficionado, tal vez espontáneo y por ende laxo, abierto a cualquier tipo de majadería, por cierto tan esperable y habitual entre muchos de los profesionales de mi gremio. Pretenderá construir un enfoque que asocie su obra con la filosofía. No es el momento para explicar cuál de ellas, hay muchas, y todas ellas dialécticamente enfrentadas, el acuerdo aquí resulta menos real que la nieve frita o los cíclopes bizcos.

Vayamos a la obra, desde lo más genérico a lo más particular, dándole la vuelta al proceso argumentativo de Sócrates. Hablamos de una obra de arte, por el momento adjetiva, es ineludible que vaya asociada a un presente en marcha, que responda a unos intereses (caso de la editorial), a unos presupuestos ideológicos y doctrinales ineludibles. Es un ejemplo de arte porque supone un «saber hacer», pero ese hacer no se queda en la cosa (Das ding), tampoco en la producción de un artefacto dirigido a la utilidad como meta de su verdad, es decir no es pura tecnología; el arte como nos desvela Heidegger trasciende ambos resultados si bien el filósofo de la «temporalidad» se decanta por el ser en detrimento de la cosa, el ser es un ente posible y lo interno y esencial son los sentimientos, las emociones, la voluntad del autor, la obra de arte en sí, su materialidad, no le interesa. Heidegger consolida en el terreno de la estética el expresivismo.

Como obra de arte literaria ha de contar con: la escritora, el libro, el lector y un transductor, es decir alguien que la interprete para los demás. Cuenta con el lenguaje escrito y ésta es la herramienta humana más perfecta para dar cuenta de la realidad, es el mecanismo por excelencia para explicar nuestro mundo entorno, en la obra escrita no es posible la abstracción fruto de la experiencia sobre lo dado, sobre lo representado y absolutamente libre (sin entrar aquí a discutir lo que esto quiera decir), no hay una obra publicada que sea un sinsentido, una unión sin reglas sintácticas ni gramaticales de letras, pura prosodia; sí hay artes abstractas donde no hay lenguaje articulado: pintura, escultura, cine, música, etc., pero donde hay lenguaje no es posible. En la obra literaria puede haber analogías, análisis, metáforas, imaginación, fantasía, distorsiones de lo real, despieces más o menos abstractos, con todo en la literatura el compromiso con la verdad no es para nada exigido, no hay un vínculo exacto con lo ontológico como sí ha de haber en la ciencia, la tecnología o en la filosofía (se supone).

Ali Smith analiza la realidad, parcelas inconexas, y las explora para darles un quiebro. Creo que es aquí donde está el hilo fragmentado de su propuesta, su collage literario: «Estás usando una palabra incorrecta, señor Gluck. Un collage es cuando recortas imágenes o formas de colores y las pegas en un papel. Pues yo te digo que el collage es una institución docente donde todas las reglas pueden cuestionarse, donde el tamaño, el espacio y el tiempo, el primer plano y el fondo se vuelven relativos y que gracias a eso, todo lo que crees saber se convierte en algo nuevo y desconocido». Lucha por liberarse de ataduras tradicionales y se instala en la posmodernidad. Lo esencial ahora es el relato, el discurso ejecutado para deconstruir lo existente, ya no es momento para los grandes relatos comprometidos con la verdad, atrás por inmorales e inoperantes han de quedar los grandes y salvíficos doctrinarios políticos, científicos y religiosos. La filosofía crítica y de corte académico ha de ser anulada por la filosofía de la sospecha de arraigo nietzschano. En la posmodernidad hoy dominante ya no hay  grandes tramas narrativas se nos dice, todo lo real ya no es racional (Hegel), sino que se constriñe al tercer mundo semántico. Todo es lenguaje. Ya no hay fronteras, el mundo en marcha se globaliza, el relato que ya no es una fábula perversa se vuelve con el músculo de la razón y la confusión más potente, se amplia e incluso se universaliza: fragua mitos que permiten subvencionar vía impustos proyectos espaciales costosísimos en busca de vida (de otra manera inviables), e incluso se activan los primeros pasos para que los animales más próximos (primates), pueden en algunos casos ser con pleno derecho considerados «personas no humanas». Los grandes relatos dejan paso al gran relato, lo irracional se torna más irracional. La posmodernidad domina. Del Estado de bienestar al Estado de malestar.

Ahora la ética moldeada en el individuo será subordinante de la política (y de la moral). Es el momento de la rebelión de la minorías por inacción de las mayorías, la desafección dominante dejará paso al protagonismo político y ético de los menos y mejor organizados que hablarán en nombre del pueblo: «En todo el país había júbilo y tristeza […] En todo el país, el país estaba dividido: una valla aquí, un muro allá, una línea trazada aquí, una línea cruzada allá»

¿Dónde se encuentra la esencia misma de la propuesta de Ali Smith? En la conceptualización pictórica de lo que no es otra cosa que devenir,  movimiento, cambio, vida infecta que no perfecta. Quiere paralizar lo vivido, aspira a la «quididad» como esencia que permanece en el tiempo: «Hoy parece un senador romano, con su noble cabeza dormida, sus ojos cerrados, imperturbable como una estatua, las cejas un simple instante de escarcha». Transforma lo narrado, lo procedimental, en un contenido práctico sin tiempo, sin orden, sin nexos y menos necesarios: «Luego se pregunta si existiría un plan para disecar niños reales y colocarlos en las estaciones de tren». Vuelca en la obra lo que en acto no es otra cosa que movimiento, pura potencia en tanto que potencia (Aristóteles): «Era emocionante que los fotógrafos que la fotografiaban a ella no pudieran excluir sus obras de arte de las fotos si ella posaba como parte de su arte». Conceptualizar la realidad supone una tendencia natural a un reposo clausurado e imposible ya que componer términos requiere someterlos al movimiento, luego ¿cómo puede haber sitio para la razón donde sólo hay quietud en la obra de arte consumada y que expulsa el tiempo? ¿Cómo atrapar una parcela de la realidad que es puro devenir? ¿Quizá sutituyendo lo esencial por lo accidental e incluso lo lógico y con sentido por lo irracional? Ahora lo divino no es el Dios del estagirita conocido teóricamente y perfectamente por vía negativa, identificado desde la filosofía primera (teología) como ser inmóvil, acto puro, ahora lo divino será la obra de arte, una entidad si se me permite fetichizada y como valor artístico sacralizada, en parte contenido material de los nuevos museos, lugar de espera en el que el fiel mediante la contemplación desinteresada, sin fin final (Kant), emitirá si es su voluntad libre un juicio estético sobre lo vivido como un sentimiento del gusto. Por tanto, la obra de arte aspirará a permanecer en el tiempo, a segregar de su final al sujeto operatorio, a su creador, y mostrar en el resultado sus formas de entender la realidad, su novedad. Tratará de segregar a su autor para incorporar al receptor de la obra y alcanzar lo universal. Hacer de su obra un arte vacío de ideologías, de intereses espurios, vehicularizador de ideas que como las cadenas áureas imantadas en el Ion de Platón unan la obra literaria con el lector. En su finis operis, que no operantis, el arte se constituye en sustantivo. Es como obra un elemento ineludible de estabilidad de una entidad política que con sus contradicciones lucha por hacer dominantes las ideas en ella paridas (v.g. Reino Unido): individualismo, cosmopolitismo, liberalismo, libertad de, tolerancia, solidaridad, autonomía, respeto, entre otras.

Como en John Keats, Oda a una urna griega, busca detener el tiempo representando el devenir de lo vivido: «Poeta del otoño, en la Italia invernal donde moriría jugaba con las palabras como si no hubiese un mañana. Pobre tipo. Realmente no había mañana». Aquí está, creo yo, el verdadero carácter psicagógico de Otoño. Su propuesta es un contrato de fidelidad con el lector, su fin que sea leída, que el otro, el individuo indiferenciado que acude a su literatura, culmine la obra, la finalice, la lea y se interrogue sobre los temas narrados a través de hitos yuxtapuestos, y sea suspendido al interior de su relato dejando de lado por un instante la prosa de la vida, sus vicisitudes, inquietudes, temores… , e inicie con su preguntar una nueva senda tan diferente como cada una de las hojas de los árboles: «Siempre, siempre habrá más historias. Porque eso son las historias. (Silencio). La infinita caída de las hojas». En mi caso particular lo logró una vez distanciado de la obra, cuenta, debo decirlo, con cierta retranca lo que permite pasar de la indiferencia inicial al compromiso hermeneútico final. Es obvio que soy un lector de argumentos tardíos y de sentimientos sin extraer, lo más íntimo en mí ha quedado intacto.

Rescata un pasado deshilvanado. Su persona es una concavidad de experiencias atrapadas por el hilo de la memoria que le permiten diseñar el futuro, un futuro que puede ser ficticio pero que empujado por el tiempo se transformará, desde la mente de una niña, en un pasado contingente capaz de fraguar el día a día de su persona: «Algo más que tenemos en común, ella y yo. En realidad, según la historia que he vivido, diría que su nombre de pila, Elisabeth, significa que es muy probable que algún día de forma totalmente inesperada, acabe siendo reina y su cara acabe saliendo en las monedas». Aquí la épica de una memoria histórica (con minúscula) injertada en su presente, quieta, no olvidada por el rigor del paso del tiempo. El problema es que la Historia (académica y con mayúscula), que ha de ser entendida para ser racionalizada y no memorizada, va por otros derroteros y en ella se priorizan los acontecimientos no por la naturaleza de su origen sino por los resultados de las decisiones tomadas y ejecutadas en su momento. Ya nos lo decía Herodoto: «La Historia empieza donde acaba la memoria». Por eso quiere desde la memoria rescatar a una artista para hacerla protagonista de un pasado olvidado y menos entendido, ni histórico, ni Histórico: «Pertenecía a una exposición de hacía unos años. Pauline Boty, pintora pop de la década de los sesenta. ¿Pauline qué? ¿Una mujer, pintora pop británica? ¿En serio? Aquello interesó a Elisabeth. Estudiaba Historia del Arte en la universidad y había discutido con su autor, que afirmaba categóricamente que no había ninguna mujer artista en el pop británico, al menos ninguna digna de mención, y que esa era la razón de que no apareciesen, salvo de forma anecdótica, en la historia del arte pop británico». Una Paloma Romero «Palmolive» que como en su arte punk fundacional, inglés y femenino también pasó a engrosar las listas del olvido. ¿Un grupo The Slits de mujeres punk inglés y con una española?

El fulcro político del arte

Fecha: 20 febrero, 2021 por: dariomartinez

Bello y psicagógico

Es un título benévolo para el asunto que voy a tratar. Me ahorro al menos inicialmente valoraciones de corte ético o moral. A ellas llegaré deductivamente activando premisas que en su misma dinámica orienten el argumento hacia lo que hemos de entender como lo más útil, lo mejor y más bueno.

El arte es un hacer técnico o tecnológico. Es plural, dinámico, cambiante y no se agota en lo bello. La belleza fue su brazo armado, su cota de privilegio indiscutido. Podía ser religiosa, política, social, histórica o la manifestación material del Espíritu Absoluto en palabras de Hegel. El arte se plegaba a los dominios más elevados de otros saberes confiados en su despliegue al control de fieles, súbditos o siervos. El arte con la ilustración europea se deshace del yugo que permitía, incluso con brillantez, alcanzar el universal reconocimiento del espectador desinteresado que juzgando subjetiva y libremente, contemplando la obra de arte, sometiéndose a los sentimientos despojados de conceptos, se decantaba por la belleza (Kant). El arte se abrirá al dominio de lo feo, del miedo, de lo irracional e incluso de lo sublime. El músculo racional del romanticismo hará decir a Schlegel: «el arte contra la estética». Desde entonces la racionalidad humana, técnica de unir y separar contenidos dados en el mundo en marcha, de forma libre, nueva para construir ficciones atractivas, se adueña también de lo irracional.

Con la obra de arte la realidad, al menos alguna de sus parcelas, se analiza de forma diferente, y se exploran posibilidades desconocidas hasta entonces. El proceso del artista se inicia con un recurso prendado de anamnesis que doblegan su particular visión. Transforma lo dado de forma diferente (la intuición del genio capaz de construir hiperrealidad), mezcla categorías bajo criterios nuevos y lucha, y este es su fin como prolepsis, por atrapar al espectador con el propósito firme de que su obra, más allá del finis operantis (del propósito de su autor, de su proceso meditado de ejecución), permanezca en el tiempo, forme parte de la sociedad, se implante políticamente y ocupe su lugar en la historia con la dignidad del hacer bien hecho. La obra de arte no es autotélica, no es un fin en sí misma, ha de ser un fin para los demás. En el finis operis la obra ha de ser psicagógica, apelar al espectador para que independientemente éste se haga preguntas que hasta el momento ni siquiera se había planteado, para extraer de él ese alma, ese interior, oculto en el día a día, vía sentimientos, emociones, alegrías, tristezas, miedos, etc. Empero, para arrancarlo de la prosa de la vida. Ese conducir  almas del arte es esencial, es su vehículo hacia la eternidad.

El arte mostrado bajo coordenadas temporales, narrado en tanto que se despliega, puede con más frecuencia alcanzar el climax emocional del espectador. Hacer arte es conocer lo más íntimo de las personas. El buen arte ha de ser psicagógico y útil. No importa el proceso reflexivo del autor, no importan sus vivencias muchas veces entorpecedoras o impulsoras de diagnósticos bañados de prejuicios que distorsión toda valoración (Goethe). Importa la obra en sí, sus resultados por ser independientes, libres, sin compromiso con la verdad (gnoseológico), sin compromiso eficaz con la realidad (ontológico), no ha de ser el bello arte mimético (Aristóteles); el modelo artístico no es científico, ni filosófico, ni tecnológico. El arte ha de aspirar a ser autónomo, independiente, intemporal, sustantivo.  Para ser libre, y aquí me decanto por Espinosa, ha de promover lo mejor, lo más eficaz para que extraiga de nosotros la fortaleza suficiente para luchar y reflexionar sabiamente sobre la vida, la nuestra y la de los demás, para ser más personas, más reales, más potentes, con mayor grado de operatividad y capacidad para sortear los problemas, mostrarnos más prudentes y ver en la felicidad un compromiso con aquellos que viven de espaldas al bien por circunstancias en sus trayectorias de vida que les doblegan. El arte ha de impulsar nuestros mejores sentimientos a la consecución racional de la libertad. No ha de servir a los intereses y deseos de los peores.

La libertad en el arte es capacidad. Del hacer pasional, no racional ni emocional, materializado en la obra de arte: escultura, pintura, fotografía (desembarazadas del tiempo, prisioneras de la quietud, poiéticas), teatro, literatura, música y cine (desplegadas en el tiempo, prácticas, ejecutadas en una narrativa) nos dice Kant: «La pasión no puede nunca y en ninguna relación ser llamada sublime, porque en la emoción la libertad del espíritu queda, desde luego, suspendida, pero en la pasión es anulada». El arte pasional ciega al artista, lo arrastra a los afectos más ruines, y su capacidad se trufa convirtiendo el arte en mal arte, en artefacto que a duras penas logra desplegarse más allá de la cosa. Así para mantener la obra el artista se ha de volcar con ella, ha de estar permanentemente a su lado, la obra sin su finis operantis, sola, desparece, es desechada y olvidada, no pasa de ser un artefacto sin interés, ineficaz, nada novedoso. Por tanto, la obra de arte que no sale de su minoría de edad, que necesita ir de la mano de la nematología de su autor para darle cuerpo y curso no es libre. La obra de arte mal entendida puede ser el punto de apoyo, el fulcro teñido con el mito de la cultura, que eleva a sacralidad lo que no pasa por ser más que simplicidad, materialización de una ira desmedida, cuyo carácter psicagógico deja de ser catártico para transformarse en vehículo para la no reflexión, el fomento de la muerte, del desencuentro, la falta de generosidad ética, la ausencia de firmeza, el estímulo de los afectos más primarios y en definitiva de un nuevo hacer sometido al odio colectivo que no purifica sino que ahora degradará.

Hemos de procurarnos, y esto es labor propia de la política, un equipo de sabios que a nivel académico, y como transductores que interpretan para otros (especialistas del arte, de la ciencia, de la política, de la tecnología), formen a ciudadanos en la libertad con el fin de garantizar la pervivencia de la sociedad, su estabilidad, en la lucha por la existencia y el bien común en el tablero del ajedrez político que ha de ejecutarse frente a otros Estados en su dialéctica por un espacio y un estar en permanente disputa.

Hoy en nuestro país parece que las Universidades, las llamadas por García Maestro, «manicomios de diseño» sirven de embajadas para debilitar desde el interior el espacio delimitado de nuestras fronteras ya por otros reconocidas, sabotear la recurrencia productiva y desprestigiar hasta la desobediencia sistemática el núcleo del poder del Estado. El proyecto universalizador de las altas instancias del saber se transforma en el de patrocinadores posmodernos y oficiales de un nuevo «neufeudalismo» (Armesilla) que persigue el privilegio de unos pocos en detrimento de los más. Privilegios como el poder decidir de unos pocos sobre un territorio que es de todos al entender desde su óptica nacionalista que España es una totalidad distributiva, falsamente unida y simplemente como Estado, y no como nación-política o con soberanía en el conjunto de los ciudadanos españoles que a título ideológico son puro mito ficción, fantasmas inexistentes.

Parece absurdo ahondar en las diferencias para no vertebrar España pero en eso estamos, por cierto, proyecto al que las izquierdas indefinidas se comprometen dejando huérfanos a muchos ciudadanos que por lo pronto quieren dejar atrás las estructuras de poder propias del Antiguo Régimen desde la razón y frente a las derechas. Desgraciadamente parece que en esta vorágine de locura y de zumbados de «todo a cien» estamos a un paso de ponernos a pintar las fronteras, ya que lo estrambótico agrada y persuade, ¿por qué no sugerir la visualización de los límites territoriales? Despejaría dudas.

La inmortalidad de un genio: Ennio Morricone

Fecha: 6 julio, 2020 por: dariomartinez

No es obligatorio. Para nada es necesario. Sin coacciones. Decisión libre que aspiro a proyectar hacia lo mejor. Me reconforta poder recordar a Ennio Morricone. Acompañó muchos de mis largos viajes por Castilla y León. Eludió con su música el tedio de un trayecto repetido por obligación y en soledad. Compositor magistral, genial, a la altura de los menos, elevado a lo divino. Fue más allá del saber, alcanzó la intuición  de la melodia perfecta para cada mometo. Desmaterializó el arte y nos atrapó con el sonido. Empujó con la fuerza justa de lo que sólo podemos sentir por el oído las imágenes de películas inolvidables: El bueno, el feo y el malo, La misión, Érase una vez en América, Por un Puñado de dolares, Hasta que llegó su hora… Su música tomó las riendas de un poetizar dramatizado en un presente de ficción con un equilibrio tan apolíneo como fascinante. Su hacer fue laudable e inmortal, geométrico, racional y estéticamente puro. Quien no sienta la belleza de su música es como una simple roca que en el lecho de su cauce sólo pude dejar deslizar el fluir de la corriente de un agua que no la altera. Se ganó el respeto de todos, de los entendidos y de los que como yo somos meros espectadores que sentimos una música tan llena y de embriagadora belleza que somatizamos lo inexpugnable a través de un vello cada vez más escaso que se nos eriza, momentos en los que no permitimos ningún tipo de interrupción; música apta para escuchar y avalada para ordenar un silencio que no se puede quebrar. Música que apela al espectador para que de forma libre le rindamos cuentas. Analiza la realidad ya de por sí mitificada para darle una vuelta más y mejorarla, no degradarla a lo estéril y fátuo. Es una música que brota de un artista con mayúsculas, un psicagogo que logra conducir las almas, elevarlas, despegarlas de la prosa de la vida, y transportarlas a un mundo de fantasía que por un momento lo vivimos como real. Logra con su hacer el propósito pergeñado: permenecer en la memoria. Construye una nueva realidad para deleitarnos, para extraer lo imposible: nuestras emociones y sentimientos más íntimos, de otro modo inexpugnables, imposibles de conocer y reconocer por uno mismo.

Algunos de mis mejores amigos disfrutaron de uno de sus últimos conciertos en directo, en su Italia, con su público más cercano, con sus paisanos. Les envidio y me alegro de su suerte. Creo que si hubiese ido con ellos me vería en la tesitura de controlar las lágrimas por vergüenza, sería algo mágico, a la altura de quien eleva la persona a lo más alto. Esa magia única por fortuna trasciende su persona, no muere. Su arte no es algo meramente físico, no se reduce a un conjunto de ondas que viajan por el aire, no es tampoco lo que cada uno experimenta, ni lo que pensó su autor al albur de sus circunstancias; no se puede reducir a un mero fenómeno psicológico, es también una hacer objetivado, público y universal; es un saber hacer sometido a la interpretación más severa, transducido para que otros lo entiendan e institucionalizado a nivel académico por méritos propios. Todo ello ha de entenderse como contenidos materiales necesarios, que se pueden disociar, pero jamás separar.

Un encuentro a recordar. La guapísima Claudia Cardinale se presenta con puntualidad en su destino programado. Llega su hora y en esta ocasión es sólo el inicio de una nueva vida, no es su muerte; atrás deja su vida de mujer sometida a la tiranía tolerada del lupanar. Ya no quiere que su libertad sea arrinconada entre cuatro pardes diseñadas para satisfacer los placeres más primitivos de quienes ni si quiera conoce.

Desciende del tren. Todo aparentemente normal. La ciudad es bulliciosa, dinámica, hombres libres y no tan libres circulan con rapidez. Son átomos de yoes con sus trayectorias de vida independientes. En el caos de lo diverso hay una esencia en forma de mano negra que lo armoniza. Es la obra maestra desde el origen del pueblo americano: su libertad inidividiual como esencia de su nación política. Como todos cree estar segura en ese orden. La familia, casi desconocida, su visado para un mundo lleno de oportunidades y de obstáculos. Su cuerpo ya no será jamás una mercancia al servico de los demás. Todo está en orden, parece que nada falta. Su equipaje, la estación elegida, su determinación y convicción. Sabe que es bella y que en el espacio público ha de agradar pero no se conforma, también puede irritarse y se muestra antes los demás firme. En el ir y venir de una estación del Oeste americano el tiempo asociado a un lugar como ese es efímero, es un  presente reducido a sus máximas cotas de devenir, tan perentorio que casi queda en el instante. Todo cambia, en un breve espacio de tiempo nadie queda. Sola, con la sola música de Morricone que la dirigirá. Nadie la recibe. La belleza permanece en la imagen de una mujer decidida a continuar pero que el espectador ve como inexorablemente se postra a la música. Se doblega, se deja llevar. Se silencian los diálogos, se prescinde de lo rutinario porque se sumerge en una melodía invisible que la empuja al drama que le espera. Permanecer allí no tiene sentido. Darse la vuelta no es una posibilidad (Nueva Orleans). Ha de seguir con su sueño (Sweet water), cueste lo que cueste. El pasado se cancela, el futuro se le abre de par en par, no se dice pero se escucha, ningún espectador lo puede dudar. Es un mundo tan nuevo como salvaje, pero habrá de sobrevivir…haciéndose fuerte, manteniéndose firme, siendo cautelosa y generosa con quienes de verdad y por primera vez la quieran.

Pocos compositores fueron capaces de poner de rodillas en una escena de cine la imagen en favor de una melodía escogida para el gran público. Morricone lo logró y no sólo eso, lo hizo habitual, lo convirtió en virtud. Su término medio en el terreno del arte fue lo sublime. ¡Qué grande!

Rindiéndonos a su talento le damos las gracias. Su inmortalidad, ahora sí, está garantizada. Fácil tarea cuando está sobradamente acreditada.

 

 

Un actor magistral: Jack Lemmon

Fecha: 8 abril, 2019 por: dariomartinez

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Sigo sin cansarme. Para él parece que siempre uno tiene tiempo. !Ya la has visto! Al final ves las mismas películas. Pon otra cosa. Son frases a las que ya me he acostumbrado, las he de sobrellevar. No me preocupa, asumo el compromiso que con sus películas tengo. Es bien cierto que intento visionarlas sólo, en silencio, con la predisposición a una sonrisa, a una risa espontánea, sin falsedades, sin nadie al que tenga que agradar, o a la espera también de un momento angustioso, triste por demoledor de una realidad que conduce a quien en ella se sumerge al máximo grado de degradación o de miseria.

No pretendo mostrarme como un cinéfilo, un erudito que enumere doxográficamente su filmografía, el año de su realización, anécdotas infinitas… No. No es mi caso, tampoco mi capacidad. Sólo soy un espectador esporádico, amante del cine sin llegar a la sabiduría del experto. Un  amante que presenta muchas deficiencias, que le queda mucho por ver y conocer. Pero con todo como simple espectador aspiro modestamente a saber reconocer el trabajo como actor de alguien que no sólo supo hacer comedia de forma magistral, sino que supo hacer papeles trágicos de equivalente altura. Un actor que supo entregarse a sus personajes, ejecutando a su persona original en beneficio de sus interpretaciones. Personajes tan cercanos, tan auténticos que su nuevo ser original nos penetraba hasta el tuétano precisamente por ser perfectamente fingido. Sabía hacer con un buen guión y una buena dirección papeles inolvidables.

A estos actores polivalentes un mínimo reconocimiento. Un  agradecimiento más allá de cualquier efeméride, al margen de los dictados de otros, de poderosos que fijen nuestra forma de intentar entender la realidad, de los que se dicen creadores de opinión.

A un grande, a un genio de la interpretación más exigente, a Jack Lemmon. Un actor ni alto ni bajo, ni guapo ni feo, ni elegante, ni atractivo, ni carismático, pero un fuera de serie, un maestro con todas las letras; en él toda una escuela de cómo ser  interpretando un buen personaje.