Sobre la realidad presente

Fecha: 7 febrero, 2018 por: dariomartinez

Nuestro célebre Don Quijote arranca su más gloriosa aventura a lomos de un corcel tan atrevido como su amo se lo permitía; en la indecisión nuestro caballero andante decide abrirse camino por los senderos escogidos por su fiel rocín, él decide inesperadamente el devenir de sus avatares: “y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro que el que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras”. Es ésta una trayectoria tan fantástica que marcará la aparente realidad de una vida que pasará a ser parte de nuestro entramado cultural.

Pues bien, cuando hablamos de la realidad necesitamos urgentemente delimitar el campo de reflexión. Es atractiva la vía abierta en su momento por un modo de pensar tan nuevo como fascinante, un modo que supo entender a su manera la complejidad de su época dando soluciones tan audaces como eficaces; los filósofos griegos, entre otros Parménides, Heráclito, Platón y Aristóteles, planteaban toda una gama de razonamientos acerca del ser y del no ser, del ser y del devenir, de lo real y de lo aparente. Son sus escritos una brújula ontológica que por suerte tenemos a mano, pero este no es el momento de hacer historia. Siendo conscientes del legado por ellos inaugurado y sin intención de dejarlos en el olvido positivista pretendemos dar luz a una realidad tan distante de ellos como cercana a nosotros: la realidad dada en nuestro presente. Dicha elección no pretende ser azarosa, ni menos aun queremos depositarla en voluntades ajenas, todo hay que decirlo, dominadas por la candidez propia de un Rocinante que guíe nuestro itinerario reflexivo.

Hoy nuestra realidad muestra una serie de elementos que la hace diferente. Dicha peculiaridad brota de la especialización científico-técnica parida durante la modernidad. Las ciencias, otrora siervas de una Teología venida a menos y una Filosofía que comenzaba a romper su ligazón más íntima con una idea, la de Dios, que triturada racionalmente pasaba a ser tan irreal como inoperante, inician un proceso de madurez sin parangón; ayudan a ello la imprenta, los nuevos descubrimientos geográficos y el nacimiento de unos estados nación que ven en el florecimiento del saber científico un arma capaz de satisfacer los intereses más obscenos, o más prudentes, demandados por los más fuertes grupos sociales de cada uno de ellos. Las nuevas ciencias racionalmente edificadas en las aulas-taller o laboratorios se ponen al servicio del sistema productivo y defensivo nacional. Los intereses son compartidos y esto produce no una situación de entendimiento sino de conflicto continuado, de enfrentamiento público entre estados que intentan velar por el bienestar de sus conciudadanos y que el marxismo entendió, creemos que erróneamente, como lucha de clases; propuesta teórico práctica que vería en la primera gran guerra su más severa refutación: la clase obrera alemana y la clase obrera francesa combatían a muerte por su país, la supuesta unidad de clase se tornaba estéril a la hora de intentar dirigir sus voluntades. Durante la segunda mitad del pasado siglo XX se logran apaciguar los tambores de guerra, de violencia gratuita irracionalmente colmada tras la derrota por eliminación del rival, gracias a una situación de equilibrio racionalmente calculada que evita el conflicto armado directo en forma de guerra nuclear total, situación que no es otra que la Guerra Fría protagonizada por los bloques americano y soviético. Pues bien, la realidad presente viene configurada por lo que se conoce como la era de la información, de la cibernética, de Telépolis como nos dice Javier Echeverría, donde los ámbitos privados se hacen públicos, fenómeno que tiene lugar en las casas y se articula a través de la TV e internet. Es el nuevo mundo real de Platón, la nueva Ciudad de Dios que San Agustín ofrecía al nuevo ser humano, al nuevo sujeto personal y agraciado que con su fe en el único Dios verdadero podía darle la espalda a la no verdad, a la Ciudad de los hombres desgraciados y dominados por los impulsos más innobles de su naturaleza pecadora y animal, es la realidad que hoy identificamos con la atractiva idea mito de la cultura, de la ciudad del ordenador, de internet, del idioma informático más amplio que no es otro que el inglés, de la eliminación virtual de toda frontera, de la ciudad que aspira a ser total haciendo del campo un espacio de actividad puramente urbano, es, por tanto, el momento de una nueva realidad personal: la del ciudadano de ninguna parte y de todas a la vez, la del ciudadano cosmopolita.

¿Y cómo es este nuevo protagonista cosmopolita que parece hacer realidad el ideal estoico? Del ascetismo estoico nada de nada, más bien todo lo contrario. Es el nuevo individuo consumidor que como cliente exige, tiene sus obligaciones pero también sus derechos, y que su grado de ambición trasciende cualquier tipo de dualismo político tradicional, llámese éste izquierda/derecha, capitalista/socialista, progresista/conservador, nacionalista/no nacionalista, &c., y lo traspasa porque en su intento de hacer consumible todo aquello que se le pone a su alcance intenta demoler las estructuras más tradicionales del Estado, y lo hace por el lado que peor encaja en la nebulosa ideológica de cada una de las mónadas libremente predispuestas para el consumo de aquellos productos que se pueden permitir y que satisfacen su individualidad personal, la de la estructura que tiene por esencia la defensa, por tanto, los ejércitos se diluirán en eufemismos propios de las más nobles y mejor aceptadas oenegés, sus actuaciones estarán encaminadas a la paz, y sus métodos en la medida de lo posible serán disuasorios, nunca violentos, y además ejecutados lejos de las fronteras nacionales; si el resultado es satisfactorio y recurrente la tendencia natural del cuerpo defensivo no será otra que la de su paulatina disolución, en momentos de paz perpetua no tendrá sentido su presencia. El ideal kantiano se pondrá por fin encima de la mesa tal y como viene recogido en los artículos preliminares de una paz perpetua entre estados: “Los ejércitos permanentes -miles perpetuus- deben desaparecer por completo con el tiempo. Los ejércitos permanentes son una incesante amenaza de guerra para los demás Estados, puesto que están siempre dispuestos y preparados para combatir” nos dice el köningsbergense pensando más en la paz prusiana de Federico Guillermo II que en la universal; la nueva práctica política en forma de democracia servirá de mecanismo ejecutor único e inexorable, el fin de la historia se hará realidad y Fuhuyama y otros portavoces de la buena nueva serán los “zaratustras” del siglo que acabamos de comenzar. Una vez iniciada esta fagocitación de la estructura defensiva del estado ya no tendrá sentido perpetuar su existencia mediante la formación de personas que puedan coincidir con los intereses comunes del conjunto. Los nuevos planes personales serán propios de cada uno de los nuevos grupos sociales y estos velarán por la permanencia de sus intereses, la educación pública se cuestionará y su paulatina disolución irá de la mano de la cada vez mayor debilidad del Estado.

¿Y cómo piensa el nuevo protagonista de nuestra realidad presente? ¿Qué es lo que conoce de la realidad? ¿Cómo se debe entender esta nueva ontología? La realidad no es otra cosa que aquello que el sujeto humano conoce, aquello a lo que accede vía lenguaje y que logra explicar y dominar mediante mecanismos racionales operatorios hoy muchos de ellos desarrollados en los laboratorios y puestos a disposición de las masas de individuos consumidores a través de las nuevas tecnologías; de este modo logra construir parcelas cada vez más amplias de realidad, cancela apariencias necesarias mostrando reflexivamente los mecanismos causales que determinan dichas realidades y las estructuras formales que las componen, es decir hace sensible lo que es y actúa. Lo que sucede es que a la vez el conocimiento se torna cada vez más especializado y así para ordenar, clasificar y diferenciar cada una de estas parcelas de realidad es necesaria la presencia de expertos cada vez mejor cualificados, de científicos o ingenieros capaces de “ver” aquello que ya no está al alcance del saber natural y orientado a la supervivencia sino a lo que se accede a través de un saber no natural y orientado a la verdad que exige para su domino un gran esfuerzo, con lo que se encontrará clausurado, dada su extremada complejidad, a la mayoría de los ciudadanos. Esta realidad absolutamente heterogénea, en perpetuo proceso de transformación, es ajena a cualquier intento de fundamentación definitivo o metafísico ya sea éste propuesto desde las filas idealistas (Kant) o materialistas (Lenin). La nueva realidad no es ajena al operar humano, la nueva realidad es física humana, no una sustancia o un ser eterno y universal lo que hace que la pregunta ontológica por excelencia ya no deba ser la tradicional qué es el ser sino qué es la materia, la cual entendemos como infecta, en proceso, histórica y fruto de la producción humana. Luego el ser de la ontología tradicional, o mejor aún, la materia de la nueva ontología se dice de muchas maneras como ya nos sugería en su Metafísica Aristóteles y es imposible entenderla de un modo armonioso ya que no todo está relacionado con todo. Además, la realidad ya no será dada como se propugnaba desde las filas del realismo ingenuo, ni será obra de la reflexión trascendental del ser humano como sugería el idealismo, sino que será producto del ser humano entendido como miembro de una comunidad, de una casta, de un grupo social concreto, de una nación o de un estado, cada uno de ellos dialécticamente enfrentado a otros en el marco de un proceso histórico inacabado. Insistimos, nuestra propuesta ontológica ya no será la del idealismo o la del realismo sino la del hiperrealismo, donde se rompe la dicotomía entre el sujeto y el objeto y se afirma la realidad como lo conocido. De este modo muchas de las nuevas sombras platónicas serán producidas por demiurgos muy diversos y de difícil identificación que proyectan sobre los consumidores imágenes o escritos capaces de adormecerlos en lo más profundo de la caverna; sus complejos mecanismos de construcción de apariencias en forma de lo que se da en llamar “realidad virtual” son epistemológicamente inaccesibles al que dio en llamar Ortega hombre masa. Y no sólo por la naturaleza del contenido que se proyecta, ni por los fines que persiguen los agentes que fabrican dicha mercancía virtual, sino por la sobreabundancia de información que no le permite discernir entre, por un lado, aquello que le pueda resultar al nuevo consumidor o ciudadano de la aldea global más útil, que le permita, acudiendo a Espinosa, al hombre masa de hoy o individuo flotante que se nos presenta como el fundamento mismo de nuestras democracias, ser más firme y perseverar en su ser de modo libre, es decir que pueda ser causa directa de buenas prácticas éticas o morales que le enriquezcan como persona y que le conduzcan a mayores cotas de alegría, de, por otro lado, aquello que simplemente le resulta inútil y le conduce a un empobrecimiento de su persona, haciéndole menos libre y por lo tanto más ignorante de las causas que determinan su ser. Por este motivo el desconcierto es generalizado, las trayectorias particulares de muchos de los ciudadanos que constituyen el conjunto de la humanidad están vacías de verdadero conocimiento, además son muy limitadas y no encuentran su sitio, o su salvación, en trayectorias comunes emanadas del estado que permitan garantizar no sólo su supervivencia sino también su bienestar. Y no lo encuentran porque sus intereses adolecen en muchas ocasiones de racionalidad, de un mínimo contenido que satisfaga los intereses del conjunto de la sociedad, del bien común que permita un orden bueno en el seno de la llamada sociedad civil, un orden en definitiva justo. Y esta situación se agrava si tenemos en cuenta que la llamada clase política se halla plegada a sus intereses de partido, y en este ensimismamiento dan la espalda a la sociedad civil desatendiendo de forma preocupante asuntos tan esenciales para el buen orden del estado, orden que permita su persistencia, como son los que directamente se hallan vinculados con la educación. De esta mediocre formación de las personas que forman parte del conjunto del estado deriva el actual desconcierto, al que España no es ni mucho menos ajena, desconcierto que tiene forma de crisis económica, pero que también muestra su cara más desgarradora en forma de prácticas vacías de cualquier tipo de virtud ética o moral, en forma de individuos flotantes tan amorales que solamente pueden ofrecernos comportamientos irracionales difíciles de asimilar.

Pero lo que resulta insultantemente más chocante es que el hiato entre el modo de entender la realidad construida por los diferentes grupos humanos a lo largo de la historia, y no debemos olvidar que ésta es obra de los vencedores, y la estructura dialéctica de la misma es cada vez más severo. Es así que se habla de globalización y humanidad al mismo tiempo que se obvia la existencia de un desequilibrio permanente entre dos mundos abiertamente enfrentados y cruelmente dependientes, dos mundos del que forman parte los estados pertenecientes al llamado grupo de los países desarrollados y que en la necesidad de mantener intacta su condición de dominadores articulan estructuras supranacionales, mundo dueño y gestor de las tecnologías más punteras, de la especialización y de la clausura al saber natural en donde dominan los científicos, los ingenieros y una mano de obra constituida por operarios cualificados que ejercen su labor evitando esfuerzos físicos propios de la relación directa del hombre con la naturaleza, y los cada vez más numerosos estados del tercer mundo o en vías de desarrollo que nos ofrecen, a todos y cada uno de los consumidores satisfechos del primer mundo, una inagotable cantera de mano de obra que en aras a la necesidad de sobrevivir están dispuestos a realizar todas aquellas labores que requieran, o bien un contacto directo con la naturaleza, o sea una menor tecnificación y por lo tanto un mayor grado de esfuerzo físico, o bien aquellas labores que requieran una mayor cota de desagrado en quienes ostentan la condición de ciudadanos del primer mundo, v.g. atención de nuestros mayores o participación en misiones de alto riesgo como profesionales en los diferentes ejércitos nacionales. Es en esta desigual realidad en marcha en donde la filosofía debe, junto a otros saberes ya dados: científicos, tecnológicos, políticos, religiosos, económicos, etc., introducir su bisturí racional y crítico para sofocar o simplemente deshacer, en la medida de sus posibilidades, una situación de permanente conflicto, y hacerlo de forma prioritaria en el orden ético, moral y jurídico. Es un deber que no sólo debe mostrar las apariencias para clausurarlas racionalmente, sino que también debe contradecir al mismo Hegel y reclamar: ¡no todo lo real es racional! Y es un deber que de ser desatendido filosóficamente será tratado desde otras parcelas del saber, desde otras perspectivas ya sean gnoseológicas o no, bien sea desde las filas positivistas que reconocen como única verdad la que brota de la ciencia, si bien dejan sin explicar muchas de las controversias sociales más urgentes, bien sea desde las filas metafísicas que en su búsqueda de la verdad última olvidan la realidad y no logran explicarla y menos dominarla. Otras alternativas pueden incluso ser más peligrosas. La renuncia voluntaria al conocimiento de la realidad arriba a un posicionamiento nihilista tan irresponsable como irracional, irresponsable porque asume sin más la realidad dada y no pretende ni entenderla ni transformarla si el caso lo requiere, e irracional porque otorga al todo vale categoría de fundamento práctico.

Que nuestro encuentro como filósofos con la realidad presente no sea ya tardío y nos haga claudicar al modo del ilustre Don Quijote de la Mancha: “Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde, que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa, leyendo otros que sean luz del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; querría hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido mi vida tan mala que dejase renombre de loco, que, puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte”.

Bibliografía

Gustavo Bueno Martínez (1990). Materia. Oviedo, Pentalfa, 97 págs.
– Gustavo Bueno Martínez (1992). Teoría del cierre categoría. Tomo I. Oviedo, Pentalfa, 366 págs.

Javier Echeverría (1999). Telépolis. Barcelona, Destino, 188 págs.
– Pelayo García Suárez (2000). Diccionario filosófico. Oviedo. Pentalfa, 742 págs

Pablo Huerga Melcón (2009). El fin de la educación. Oviedo, Eikasia 190 págs.
– Inmanuel Kant (2008). Sobre la paz perpetua. Madrid, Tecnos, 69 págs.

– Platón. República, Libro VII (1993). Edición, traducción y notas. Santiago González Escudero. Oviedo, Pentalfa, 160-239 págs.

 

* Platón: La caverna. Libro VII, 514ª-517c. “ Pues bien, ve ahora a lo largo de ese tabique, unos hombres que transportan toda clase de objetos, que aparecen por encima del muro, y las figuras de hombres y animales, labradas a piedra, en madera y en toda clases de materiales; y entre estos portadores, naturalmente, unos irán hablando y otros en silencio”

* http://www.danieltubau.com/Tang/images/platoncavernahoehle.jpeg

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