La impostura de la felicidad de hoy

Fecha: 8 noviembre, 2018 por: dariomartinez

 

 

“Yo para ser feliz quiero un camión” Loquillo y los Trogloditas.                          En su momento San Agustín nos señalaba el camino de la salvación y el abrazo de la felicidad. El recorrido sincero no era otro que la introspección, la toma de conciencia vía fe de que es en nosotros donde está la verdadera felicidad. Este camino de fe conduce a Dios y pasa por un proceso de ensimismamiento en el que el mundo en marcha ha de ser puesto entre paréntesis. El ascetismo es virtud, lo mundano y bárbaro, permanentemente cambiante y ajeno a la voluntad de Dios, es fuente inexorable de todo vicio.

Hoy hemos desposeído de su halo de fe el antídoto de la consecución de la felicidad individual. Ahora bien, el individualismo permanece incólume, firme y activo frente a los avatares de la vida. Hoy se nos dice que es en nosotros donde se halla la felicidad. Ya no es una idea vaga, confusa, propia del terreno exclusivo de la religión, es un concepto, un contenido no sólo real sino que es además accesible al rigor de las ciencias humanas, especialmente de la psicología positiva. Una vez aprehendido científicamente es obligado mostrarlo, difundirlo, darlo a conocer y esta vez su verdad se tornará indudable, se transformará en dogma, y el ejercicio de su transmisión será una tarea escolástica. Inundará cual nebulosa ideológica los espacios centrales de la política, de la economía y de la educación. Como resultado, un yo con una autoestima elevada, un yo incuestionable a la hora de confirmar que su reflexión por ser suya es fuente inagotable de verdad, un yo desposeído de la mínima intención por poner en solfa algunas de las estructuras de poder que como se está viendo en este país no funcionan, un yo ajeno a la movilización en masa, un yo que privilegia la diferencia y no quiere saber nada de lo común, de lo socialmente compartido, un yo que abriga en su interior como idea original que todos los males de nuestra sociedad son de responsabilidad individual, un yo que esgrime como mejor herramienta para solucionar asuntos de grave calado político en nuestro país la nada original arenga que nos dice: “más democracia”, un yo solo, un yo hipócritamente feliz…

En consecuencia una persona que con frecuencia acaba en la desesperación a causa de los retos autoimpuestos, ajena a los otros y abandonada a su suerte se angustia por no poder resolver lo que el sistema le ofrece como posible: la perpetua satisfacción de sus placeres. Una persona en definitiva que no se moviliza por el bien común, consumida por una idea fuerza como la felicidad que hoy tristemente no da sentido a nuestras vidas pero que aun así nos la creemos. Y cuanto más nos la creemos peor, por la sencilla razón de que es más difícil que filosóficamente pueda ser desactivada. Su pregonada impostura se acrecienta a la par que se debilita nuestra disconformidad.

En definitiva, nos decía Espinosa que la felicidad es de los menos, y estos son los sabios. Los que más saben no deben, siendo como son virtuosos, desentenderse de las miserias del mundo que a priori han recibido.

comentarios al post

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *