La escaramuza de la nueva normalidad

Fecha: 10 junio, 2020 por: dariomartinez

El tránsito a la nueva normalidad. Se ha de suponer que el paso a un nuevo orden. Hemos de entenderlo en el sentido político estricto como una nueva estabilidad del Estado (eutaxia). Las ideas políticas que impulsan la dinámica política del país no son nuevas. En líneas generales una armonización futura como logro de un progreso difuso e indeterminado fraguado en el mortero de la diferencia identitaria. Un imposible por irracional del que se pide salir acudiendo a un encuentro dialogado. En la fenomenología de una realidad extinguida por el peso de la experiencia personal los encuentros se ciñen a la puesta en escena de opiniones isovalentes. En el respeto de una tolerancia puramente psicológica no tienen cabida ni los datos, ni los argumentos, ni las razones. El acceso interrumpido a la verdad por quimérica, muy del gusto de la posmodernidad, convierte en fracaso toda política con sentido de Estado.

La nueva normalidad parece ser más de lo mismo. Una mayoría de ciudadanos rendidos a la desafección. Un acontecimiento histórico, el de la pandemia por la COVID-19, atendido desde su imprevisto impacto para ser demolido como categoría académica, desde la misma academia (Universidad) y desde numerosos lobbies financieros (mass media, poderosos grupos económicos), con sus datos, sus reliquias, sus escritos oficiales, sus antecedentes, sus causas, sus consecuencias, todo ello a través del ejercicio sistemático de un baile infinito de experiencias personales (se llamará memoria), y todo ello aderezado con el fango de unos datos sobreabundantes y arbitrarios. Un pasado (historia) así ocultado, una Historia imposible por ininteligible, una racionalidad encaramada al auxilio de lo irracional para preservarlo, marcarán nuestro futuro y lo irán incorporando en la concavidad de nuestro presente. Inexorablemente servirá para atomizarnos, y para consolidar mitos ideológicos imposibles de doblegar por falta de preparación y buenas ideas.

La nueva realidad se asoma a una democracia trufada, a una rebelión de minorías feudalizadas que hacen y deshacen en nombre de la mayoría silenciada, heterogénea y plural, pero mitificada en forma de pueblo. Las nuevas «oclocracias» disfrazas de democracia real están incapacitadas para resolver los problemas de sus ciudadanos, no podrán atender las demandas por ellos creadas, no ejecutarán planes diseñados para el bienestar de la mayoría, sino que atenderán a las diferencias, a los privilegios étnicos de los que con ser pocos tienen más poder al abrigo de una aureola tenebrosa y poderosa como la de cultura en donde se sublima lo propio y se desacredita lo ajeno con la carga segura del desprecio de la indiferencia.

Para convertir en orden lo que no es más que un caos esencial del funcionamiento del Estado, nada mejor que un caos favorecido por una perversa puesta en marcha de políticas de debilitamiento consolidado de su capa basal (privatizaciones masivas) en nombre de un libre mercado sin barreras que muestra sus fragilidades en momentos de máxima tensión y urgencia, especialmente cuando está en un juego nada más y nada menos que la vida de sus ciudadanos. En esta situación de crisis y sin un tejido productivo consolidado y capaz de introducir dividendos favorables en las arcas del Estado sólo nos queda como posibilidad el incremento de ingresos a través de impuestos indirectos, es decir del consumo; no es casual la automática subida de los productos de alimentación, el caso de la frutas y las verduras es palpable, su precio desde los primeros días de marzo se ha incrementado en porcentajes que comienzan a ser prohibitivos para muchos de los potenciales consumidores. Además de una situación caótica musculada gracias a una capa cortical sin norte que abandona en nombre de la humanidad la dialéctica de Estados. Y, por último, un núcleo del poder político en el que la virtud del ejecutivo no logra esconder actuaciones o discursos dominados por la propaganda y la mediocridad.

Un triunfo del relato como nueva certeza que pone en entredicho el saber humano más racional y crítico, el científico y el filosófico. Un relato que ha de eludir la crítica que muestre el sinsentido de sus propuestas, tapar sus errores, evitar la cara distáxica de sus decisiones políticas. El control judicial y policial es esencial, no ha de tener cabida la disidencia en forma de divergencia armada de razón y verdad.

En la confusión puede ganar el populismo en forma de gobierno inoperante para afrontar las tensiones sociales de acuerdo a criterios de bien y justicia. Intentar solucionar los problemas desde lo completamente indeterminado (metafísico), convierte lo concreto, lo diverso y cambiante en un problema sin solución. Preparémonos para un fundamentalismo dominado por el silencio obligado de los que ya no podrán, no querrán, o simplemente no sabrán disentir.

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