Kant y su Dios (VI)

Fecha: 31 marzo, 2021 por: dariomartinez

Nos fijamos en lo superficial, pero si uno quiere enseñar a nadar ha de centrase en los movimientos mecánicos ejercidos debajo del agua por el aspirante a caminante en lo fluido. En el exterior el movimiento es de descanso, en el interior de desgaste de uno mismo y de impulso.

Lo sensible y superficial está desordenado, es caótico, heterogéneo, inabarcable, infinito. La arquitectura de nuestro saber representa lo sensible a través de conceptos vacíos que sin la experiencia no nos dicen nada, no aportan conocimiento y no añaden información. El juicio determinante ha de huir de la causa última, del «en sí». El conocimiento humano racional y del entendimiento es «en mí»: el espacio y el tiempo son intuiciones puras de lo sensible «en mí», absolutas, y no «en Dios» como concluye Newton en su filosofía de la naturaleza («sensorium Dei»). Las categorías del entendimiento que logran representar el movimiento como modalidad son las de posibilidad, existencia y necesidad. Fichte dará un paso más dirigiéndose hacia un ateísmo ontológico parcial en el que Dios queda anulado, sin presencia, sin voluntad, como demiurgo o agente causal imposible e innecesario; en el reino de la naturaleza y de la necesidad el Dios personal es un sin sentido, su sometimiento a la razón anula su voluntad, sus deseos, ya no puede hacer milagros, sería un Dios mutilado, e inoperante ya que el mundo ha dejado de ser creado. Su ateísmo será condenado, su expulsión de la universidad de Berlín del que fuera pastor de gansos una consecuencia lógica del momento. La confusión de su obra con la de Kant un episodio histórico acreditado. Pero dejemos al padre del nacionalismo romántico.

Dios sobrevivirá, en un estado de mínimos, asistido, parido por la razón práctica y pura humana. Ahora será garante, creador y  gobernador del mundo moral. El juicio reflexivo necesita de él. Sin él, el triunfo del odioso irracionalismo. Es un primer principio regulativo y prescriptivo del deber. Trascendental y cuya existencia ha de entenderse como posibilidad, no como ser sensible, material, y con existencia aprehensible desde la razón teórica. Este Dios es absolutamente necesario por no contradictorio, es posibilidad  para la razón práctica, siguiendo su ley moral el supremo bien, en cuanto actividad humana, ha de poder realizarse como fin final universal o felicidad. Si no hay Dios, ni tampoco posibilidad de una vida futura como modo del ser que no afecta al presente, pero que puede ser moldeado causalmente o virtualmente proyectado por el deber práctico humano dirigido por la ley moral hacia el bien, entonces: «El engaño, la violencia y la envidia andarán siempre a su alrededor, aunque él mismo sea recto, pacífico y benévolo [Kant hace explícita su referencia a Espinosa, el cual niega que haya Dios y vida futura, aunque sea un hombre por todos reconocido como recto, su ateísmo global y ontológico, su rechazo de la existencia de un Dios personal por contradictorio, por no poder ser perfecto y con voluntad o deseo de lo que no es a un mismo tiempo, y su actualismo que racionalmente renuncia al conocimiento de los futuros contingentes o humanos, lo que no quiere decir que renuncie a poder pergeñar necesarios futuros en forma de leyes impersonales capaces de prever lo que está por llegar virtualmente]. Y los otros hombres justos que él encuentra además y fuera de sí mismo estarán, sin embargo, sin que se considere cuán dignos son de ser felices sometidos por la naturaleza, que no se preocupa de eso, a todos los males de la miseria, de las enfermedades, de una muerte prematura, exactamente como los de más animales de la tierra, y lo seguirán estando hasta que la tierra profunda los albergue a todos (rectos o no, que eso, aquí, es igual) y los vuelva a sumir a ellos, que podían creer ser el fin final de la creación, en el abismo del caos informe de la materia de donde fueron sacados» (Crítica del Juicio, 1977: 370-371). Un fenomenología sin sujeto reflexivo, vacía de cualquier tipo de razón operatoria, en brazos de la amorfa realidad material transformaría al hombre en ser natural, físico, sin libertad y sometido al imperio inexpugnable de la necesidad. Condenado al fatalismo de un destino impersonal el mal, sin el bien, no sería racionalmente asimilado.  El hombre sin Dios, sin futuro al que dirigir lo mejor, se hallaría engullido por la arbitrariedad de la naturaleza.

En definitiva el Dios de Kant presupone (y no es poco, y sin olvidar que su existencia es indemostrable teóricamente), en tanto que creador y gobernador de lo que es y debe ser, que el hombre pueda ser soberano y racional, y a la vez posibilita que éste pueda ser universalmente feliz. Por tanto, una vez acotada la presencia imprescindible como idea de la razón práctica de Dios, como idea ficción inexistente (habría que demostrarlo y eso es imposible desde el entendimiento por falta de contenido sensible) más débil que si se diera como fenómeno, puede influir en la realidad, codeterminar el futuro de cara a un fin final hacia lo mejor, el bien para el conjunto de la humanidad y la paz perpetua como fin de la guerras entre los estados; puede dicha ficción única y divina tener efectos causales en el presente en marcha, incluso puede ser decisiva en el ámbito de las relaciones humanas.  Kant nos dirá:

1.- Toda actuación práctica humana exige un deber.

2.- El deber por el deber ha de ser absolutamente responsable, no ha de haber excepciones, ha de ser una ley moral universal (de toda la humanidad, pero surge una duda: ¿qué  es la humanidad, un totalidad atributiva y por tanto vista como naturaleza biológica -en el límite animal- , o una totalidad distributiva y por lo tanto vista como una realidad en conflicto entre estados y clases, políticamente diferente, particular y armada de leyes morales que pretenden ser civilizadoras y por ello para ser prácticas, eficaces, acuden a la potencia de la fuerza?).

3.- Dicha responsabilidad ha de responder a la voluntad libre, autónoma, del individuo (¿sólo una voluntad y compartida por todos los seres humanos? ¿Y si no es el caso, al otro se le ha de convencer para que la asuma o eliminar por salvaje?), formalmente entendida, sin contenido material, como deber «en mí» e incondicional; ahora, por tanto, el individuo siendo esclavo de la ley moral, superando la «minoría de edad», estará en condiciones de postular el bien de sus acciones.

La razón de la nueva teología natural de Kant ya no tendrá bridas que la dirijan a buen puerto. La ética vacía por la presencia no fiel de un Dios imposible y desconocido será rellenada por Nietzsche, nos ofrecerá la muerte de un Dios que ya no existía y una ética que hará corresponder al bien la fuerza y al mal la debilidad, una ética tan universal como científica y biológica; el hombre como totalidad atributiva camino de lo animal o el animal camino de lo humano y y habilitado por nuestra voluntad más poderosa y dominadora para trascender la cosa a través de idea de persona. Se elevan ellos a nosotros, nos degradamos nosotros a ellos, una reciprocidad un tanto perversa parece.

 

 

 

 

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