Kant y su Dios (V)

Fecha: 2 noviembre, 2020 por: dariomartinez

Sin Dios, al menos en el sentido religioso, y concretamente en tanto que voluntad infinita incognoscible e infinita. No es racional adorar a quien no muestra ningún tipo de relación con el hombre. Es un hacer sin sentido, ineficaz, supersticioso…hoy simplemente despreciable. Así la religión, sobre todo aquí y en concreto la católica, es vista desde el punto de vista del incrédulo que no quiere ser crédulo, no es analizada en profundidad, no se sabe de su esencia, ni de su curso, ni de su cuerpo. El no saber del que rechaza la religión no evita eludir el mismo plano de valoración sujeto a la creencia, no puede distanciarse críticamente por no acudir al auxilio de la razón. La brocha gorda no permite matices. Se suspende el juicio, manda el agnosticismo. El supersticioso espacio ocupado por Dios es sustituido por el supersticioso espacio del «ego trascendental». Ahora trituramos la idea de Dios con gnomos. Remplazamos una ficción por otras.

El asunto no es otro que el «ego trascendental» capaz de desplazar a Dios. Es un ego autónomo, diminuto, se supone que libre si se le deja actuar sin coacciones, si obedece voluntariamente, conscientemente, a la ley moral dada en todo ser humano en tanto que ser universal y en nombre de la humanidad. Dios ya no es una prioridad. El artista de la razón ha de saber ¿qué es el hombre? Se acopiará en exclusiva de toda disputa sobre el saber más elevado en la inaugurada república del saber.

Aristóteles fue acusado de impío por decir a los suyos, a los que modestamente quisieran escuchar para entender y aspirar a saber que Dios era un imposible, un ser auto consciente, pensamiento puro de sí mismo por ser absolutamente perfecto; un Dios a una distancia infinita del hombre, despreocupado como un joven adolescente, del mundo que le rodea, incluido el hombre con sus vicisitudes y miserias. Ahora será Kant el impío de la modernidad. La razón humana será limitada pero elevada a la categoría de la posibilidad de dar cuenta del sinsentido de un ser como Dios.

El nuevo «ego trascendental» tendrá como facultades a priori el entendimiento y la voluntad. Con ellas ya no necesitará sacrificar su tiempo en rezarle a Dios. Ahora podrá, aún de forma incipiente, embrionaria, débil si se quiere sin comprometernos para nada con la posmodernidad, comprar libremente y de forma recurrente, y votar libremente y de forma periódica. Estas dos operaciones trascendentales son la seña de identidad de la modernidad kantiana. Es cierto que el votar es censitario, no es un votar dispuesto para su materialización libre por parte de las mujeres o de los no adinerados. Habrá que esperar. La primera ola se pondrá en marcha en el siglo XIX.

Dios tuvo sus momentos de gloria. Fue adorado. Ahora son otros los tiempos. El «ego trascendental», diminuto, esférico, autónomo, que se supone libre y responsable no necesita de ataduras, de coacciones. No requiere del sueldo de nadie, no trabaja asalariadamente para un jefe. En la actualidad es el nuevo emprendedor, sin límites a su inquietud innata por ser mejor y ganar. Sin límites el hombre intentará abrazar la divinidad. El líder carismático una nueva encarnación. El emprendedor, el que es capaz de hacerse a sí mismo, siguiendo su razón, su voluntad, su entendimiento, sin imposiciones en forma de imperativos hipotéticos que dirijan su día a día. Un ser sólo, ontológicamente puro, núcleo de la nueva época ilustrada gobernada por leyes invisibles de carácter económico que vinculará en perfecta armonía a unos sujetos con otros.

La divisa kantiana será la moneda de curso corriente. La mostrará como universal, pero en el fondo está moldeado el sello político de quien manado: su rey. Obedécete a ti mismo, la razón esta de tu lado. El individuo se atomiza. Sus valoraciones, sus inquietudes, un hacer reflexivo espontáneo. A un paso del “hago lo que me dé la gana” porque lo deseo, lo quiero y brota de mi ser libre e independiente. Siempre que uno no sea funcionario del Estado, en ese caso toca obedecer, sin preguntas, ciegamente. Una idea, la del individuo absolutamente libre,  fuerza mito, para nada iluminadora, oscura, confusa e intratable por ser aceptada por la mayoría debidamente preparada, ideologizada, y capaz de asumir que la falta de éxito no es otra cosa que una falta de fe en sí mismo, manifestación de la voluntad divina en forma de castigo a quien primero privilegió con el mejor de los mundos y de los momentos posibles (ilustrados).

Así pues, la idiotez no deja de lado a Dios, lo asume como propio y se reencarna. El Dios liquidado se multiplica. Todo dios lo asume. Los gustos de cada uno se adjudican como únicos, ajenos a manipulaciones, a intereses múltiples y desconocidos. Es cierto que los gustos se eligen pero no son originales, son propuestos para ser asumidos creyendo que son digeridos y seleccionados por una voluntad inquebrantable. Menudo barullo.

Prueba. La comunidad del Dios cristiano vacía o con pocos feligreses, en horas bajas. La comunidad kantiana, la nueva iglesia laica abarrotada. La ética sin límites y parida por un «ego diminuto» consagrado a la mayor gloria de los nuevos tiempos no es capaz de responder a una tesitura en la que el interés general depende del hacer de cada uno. Desgraciadamente los afectos mandan. Sin coacciones, sin limitaciones externas que obliguen, el interés general no llega. La eficacia individual e ilimitada fracasa. Kant contra las cuerdas. Liquidó al Dios de la religión cristiana pero en su vacío no dominó la razón. Hoy seguimos insistiendo en el mismo error.

La fe protestante se transformó en razón, pero con todo quien supera las pruebas ante las que la vida nos enfrenta, proclama para que todos lo escuchen que Dios le ha bendecido. Trump nos muestra una ética protestante al uso. Su deber es un deber sin coacciones. Elegido por el pueblo elegido, quiere legítimamente continuar. La razón su fe.

Por tanto, desprendidos de Dios hemos de esforzarnos por remplazarlo por un sistema racional con el cual ser capaces de construir, en tanto que sujetos corpóreos (con cerebro y manos), una nueva realidad crítica que limite nuestras pretensiones y triture nuestros errores.

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