Grecia también en el agua

Fecha: 13 septiembre, 2019 por: dariomartinez

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Un buen momento para el diálogo

No hace nada nos recordaba nuestro gran helenista Pedro Olalla que Grecia está en el aire. De momento el aire, más allá del espacio aéreo propio de cada país, es de todos. Grecia, su legado, su buen hacer reflexivo, sus aportaciones a la ciencia, a la filosofía, a la literatura, a la arquitectura… son de todos, y sobre todo son nuestra raíz más firme y potente, son Occidente en tanto que somos vistos desde Oriente. Su legado es universal, es la propuesta de universalización cultural más original; en este contexto la conquista macedonia encabezada por Alejandro Magno así se puede entender. Insisto: su patrimonio es de todos, negarlo, rechazarlo, es ponerse por intereses poco claros, cuando no confusos o nematológicos, en desventaja, es arruinar la posibilidad de ser mejores, de ser más reales, de saber estar prudentemente preparados para enfrentar los nuevos avatares.

Pues bien, desde esta roca firma trasladada hasta nuestro presente es desde donde hoy podemos todavía seguir aprendiendo. Eliminarlo por un conocimiento aupado a los altares del rigor indiscutible de la ciencia y la tecnología, en singular, en un alarde de desconocimiento, de hipóstasis para nada inocente, nos puede arrastrar al fango de un pobre nihilismo que de virtuoso tiene tanto valor como yo dedos en ambas orejas. ¿Podemos seguir aprendiendo de ellos, de su crisis sistemática, de su esclavitud de deuda que los asfixia hasta el tuétano? Sí es posible, de nosotros depende. Ante este reto, sin pretensiones de sabio que no proceden, tras un pequeño viaje a la isla de Egina, la isla de los pistachos, del templo de Aphaia que forma parte del triangulo de los dioses, de la afabilidad sin límites de sus paisanos me quedo con Grecia en el agua. Me encanta su proceder a la hora de combatir los rigores del calor. Su baño no es apasionado, es sobre todo sensato. Acuden al agua con calma, protegidos del brillante Apolo que todo lo ilumina, por un sombrero, gafas de sol, y crema debidamente extendida. No es cuestión de nadar sin sentido, de demostrar nada, de combatir la eterna fuerza de las olas para salir del agua con la lengua fuera (como es mi caso), tampoco de bucear hasta la hipoxia, de desafiar la temperatura del agua para creernos hombres de otro planeta. No, eso está lejos de un hacer con sentido, ellos lo saben. Asaltan el placer de la refrescante agua de mar con sabiduría, en grupo, con tiempo para reflexionar, para hablar de lo divino y de lo humano, sin ruidos, sin interrupciones, con la única exigencia de respetar al otro y mantenerse en el agua con ligeros movimientos de pies y manos, lo subarayo: sin alardes, sin necesidad de demostrar nada a nadie. También en esto nos dan una lección a pesar de las vicisitudes que padecen.  Quizá aquí se encuentre un instante de esa verdadera felicidad que es de los menos, del saber instintivo del sabio que conoce lo necesario y sin desentenderse de las miserias de la realidad que vive sabe encontrar aquello que lo enriquece como persona.  En definitiva, que puede con sentido construir su parcela privada y compartida, por común, de bien.

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