Falacias y no buenos argumentos

Fecha: 13 julio, 2020 por: dariomartinez

Hoy los discursos públicos no son capaces de despegar de la opinión. La paloma de la razón de Kant ya no necesita alcanzar el vacío para no volar, para no alcanzar la verdad. La mutación nihilista ha hecho que le sea prescindible, de paloma a gallina. Es difícil argumentar, dar brillo a ideas a partir de términos, palabras y conceptos apoyados en saberes seguros que puedan dilucidar las posibles causas de los problemas y vislumbrar las posibles soluciones limitadas y problemáticas que se nos ofrecen en el ámbito de lo estrictamente humano, y más concretamente de lo político entendido como buen orden del Estado.

Sin una filosofía académica reconocida e incorporada para su discusión al ámbito académico los límites de la razón se diluyen, se convierten en frágiles burbujas expuestas a la fácil desaparición. En el mundo del puro relato posmoderno todo es isovalente. El respeto psicológico manda. En cambio el respeto lógico y orientado al rigor de la verdad en forma de construcción de un decir bien organizado en forma de «symploké» está casi condenado. Los falsos argumentos dominan. Las falacias se ejecutan con absoluta impunidad. La democracia se convierte con paso firme en «oclocracia», gobierno de la mayoría no preparada para dar cuenta de los problemas que ponen en peligro la estabilidad misma del Estado. Las parcelas del poder en España se feudalizan. Uno de los síntomas más eficaces de nuestra estructura autonómica del Estado es la manera tan sencilla de eludir responsabilidades. El falso argumento es una herramienta poderosa. Lo sabían los sofistas, por ello lo alentaban y lo estimulaban, lo de menos era el cumplimiento de las leyes u orientar su saber hacia la verdad, una verdad que habría de construirse a través de un lenguaje en forma de silogismo problemático, no demostrativo o científico. Este silogismo dialéctico se apoya en el acuerdo de la opinión de la mayoría, está abierto a discusión, es el argumento más probable, y de él se han de extraer siguiendo los pasos precisos, lógicos, las conclusiones pertinentes. Entre las premisas y las conclusiones no han de darse pasos o transiciones incorrectas. Hemos de eludir las falacias, los raciocinios interesadamente erróneos, las mentiras dirigidas a los privilegios de unos pocos y a la debilidad del Estado.

No podemos obviar que la política es difícil y lo es porque ha de tratar con ciudadanos de carne y hueso, ciudadanos en los que dominan las afecciones, las pasiones, los intereses propios, y no la razón. La política ha de pensarse con la mirada puesta en lo que los ciudadanos son, no en lo que deberían ser dando lugar a una forma de reflexionar errónea porque no puede penetrar en lo inexistente. De ser como debería ser el ejercicio de la político sería más sencillo, menos problemático, más previsible, menos exigente.

En estos días. Un brote de la COVID-19 se detecta en Cataluña, entre otros muchos territorios de España (o el Estado español si no queremos herir sensibilidades). La campaña de recogida de fruta está en su momento más intenso. El trabajo ajeno a procesos tecnológicos requiere de un gran esfuerzo. La cantera del tercer mundo es inagotable. En este caso, según las informaciones de las que disponemos,  hablamos de ciudadanos marroquíes y argelinos en su mayoría. Es un trabajo temporal. La eficacia se exige. El trabajo ha de ser riguroso, profesional, sometido a escasos errores, en el límite ninguno. Se ha de intentar recogerlo todo, y además bien, o sea con prontitud y ajustándose a los ritmos del campo. En la cadena de producción, del campo a la mesa, el coste mínimo de inicio es norma. Los productos del campo en origen son económicos, este hecho es por todos conocido. La inversión en capital fijo es estable, mínima, el trabajo de recolección no requiere de la destreza de un operador que domine una tecnología que medie entre el individuo y la naturaleza. Requiere fuerza, tesón, paciencia, y aceptación de lo rutinario como necesidad ineludible. La inversión en capital variable, sueldos, es la suficiente para mantener la vida aquí y a la vez tener la esperanza de poder prosperar en su tierra natal. Pues bien, con el hacinamiento y unas condiciones de vida limitadas, sin lujos, con las comodidades justas las posibilidades para que aparezca un foco de contagios son elevadas. Saltan las alarmas. Las competencias sanitarias ahora están transferidas a la comunidad autónoma catalana. Aparece un problema de envergadura. Se ha de hacer un buen diagnóstico, entender las causas del contagio, pero también es la oportunidad para el discurso fácil, el pseudoargumento, el silogismo sofístico, no dialéctico, apoyado en la opinión de la mayoría y cuyo tránsito de las premisas a la conclusión siendo ilógico resulta irrefutable, por dogmático no por veraz.  La falacia es muy simple. Se trata de ofrecer al ciudadano catalán una causa como fenómeno directamente relacionado con un hecho, causa que es aparente, engañosa, pero que resulta persuasiva, dominante, e indiscutible. Dicha falsa correlación es una mera coincidencia en el tiempo, pero no es una cuestión con forma de ley impersonal y determinante del problema sanitario planteado. La causa no es ni puede ser el Estado español, y en el mejor de los casos sería por su no hacer, más que por su hacer. Las causas son otras, ya más arriba sugeridas, y la responsabilidad de un buen gobernante es intentar trabajar con buenos argumentos para intentar atajar o resolver los problemas de sus ciudadanos, no de los ciudadanos tal y como deberían ser y ellos los quieren ver.

 

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