Estos nuevos dioses irresponsables

Fecha: 17 octubre, 2019 por: dariomartinez

Otros insuflan la ira

“Oh dioses, queréis favorecer al pernicioso Aquiles, el cual concibe pensamientos no razonables, tiene en su pecho un ánimo inflexible y medita cosas feroces, como un león que dejándose llevar por su gran fuerza y espíritu soberbio, se encamina a los rebaños de los hombres para aderezarse un festín: de igual modo perdió Aquiles la piedad y ni siquiera conserva el pudor que tanto favorece o daña a los varones” Se puede leer en el canto XXIV de la Iliada de Homero. Nos puede ayudar a entender lo que está sucediendo en Cataluña. No me interesa tanto la ira y el odio de Aquiles. El problema grave se ubica en aquellos que estimulan, alientan, espolean y en definitiva favorecen al pernicioso y hábil guerrero de los aqueos. Ejecuta sus acciones sin coacciones, no obedece ya a nadie, se eleva gracias a su necesidad de venganza por encima de las normas, no se somete a las leyes, no atiende a códigos asumidos por todos, no responde a ningún tipo de premisa que podamos encuadrar entre el bien y el mal. Sus acciones prácticas son amorales, carecen de ética, no entienden ni pueden asumir que el otro es un igual. Son actos de barbarie, bestiales, sin límites, sin autoría responsable mínimamente razonable.

Esos dioses, esos demiurgos que manejan los hilos de forma astuta, son los auténticos responsables, los instigadores de un destino que ellos mismos se encargan de favorecer. No son ellos los que quieren desentenderse de esos actos de barbarie, son con ellos con los que ven colmados sus deseos. A estos dioses se les teme. El silencio cómplice los protege…y los mantiene vivos. Pero la época del bronce tocaba a su fin. El mundo de los héroes y los dioses caprichosos debía ser purgado, triturado racionalmente. Para ello los griegos se equiparon de la razón y explicaron sus propuestas con el uso de mitos luminosos. La Edad del Hierro era una nueva oportunidad. Hacía falta valor, rigor, y la puesta en marcha de una filosofía académica, implantada políticamente, que deshiciera mitos perversos que impidiesen la convivencia.

Los nuevos y falsos dioses de la época griega fueron reducidos al ámbito de lo privado. En la vida pública se intentó fraguar un sistema democrático, con sus sombras: la esclavitud o el ninguneo y sometimiento de la mujer al hombre por su naturaleza débil, pero también con sus aciertos. Se eliminaba la esclavitud de deuda, se prestigiaba al ser humano en su condición de ciudadano, se procuraba formar a los más jóvenes en un sistema educativo orientado a hacer más ciudad, se institucionalizaba la igualdad en la palabra, la igualdad de derechos, y se procuraba que todo ciudadano fuese libre para argumentar en beneficio del interés general. La verdad, la justicia y la belleza las ideas guía. Esperaban que todo ello contribuyese a la estabilidad de la ciudad, esto era hacer buena política. Lo intentaron, con sus limitaciones, con sus errores, y nos legaron una forma de intentar hacer las cosas. Solos, sin dioses, con nuestras herramientas del saber.

Pues bien. En las jornadas de estos últimos días en Cataluña lo que vemos es el retorno de diminutos Aquiles agrupados y llenos de ira, sin pudor, sin razón. La historia se repite. Pero lo que no se repite es la puesta en escena de un ejercicio reflexivo que pueda demoler la insidia inmersa en mitos tan oscuros y pérfidos como los cobijados en el nacionalismo étnico que reivindica, una vez clonada España en su estructura de Estado, su claudicación. Además los responsables intelectuales, ahora con la boca pequeña, se desligan de unas acciones que de forma incuestionable se entienden por todos como violentas. Nos recuerda el sabio Espinosa: el arrepentimiento es doblemente mezquino, por desligar lo que uno hace de lo que es y por no reconocer ni por asomo el error. En esas estamos.

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