Esto no es un juego

Fecha: 21 junio, 2019 por: dariomartinez

Me sobrecogen las frías cifras que nos dicen que durante el año 2017 el número de jugadores en España alcanzaba la cifra de 1,3 millones. Las formas de juego son diversas: apuestas, bingo, concursos, casinos y póquer. El juego online crece como la espuma espoleado, alentado, sugerido, promocionado por empresas rigurosas con una ética que podríamos definir por un código deontológico no muy elevado pero si poderoso por eficaz. Se puede resumir en dos premisas: evitar el error y obtener beneficios. Para su consecución es indispensable un saber hacer complejo y materializado por profesionales, por especialistas en diferentes ramas de la ciencia. Son ellos los que en equipo han de poner en marcha una dinámica de negocio que no sólo persuada sino que garantice la fidelidad del cliente y logre además otorgarle en su hacer la condición de persona libre, entendida ésta como ausencia de ataduras que impida la realización de sus deseos. Muchas ciencias humanas con el apoyo incondicional de ciencias tan especiales como las matemáticas han de lograr obtener un producto que permita dominar, controlar, las conductas de sus potenciales consumidores. Los resultados son magníficos, la ayuda de las nuevas tecnologías y el compromiso de muchos famosos en su promoción está siendo todo un éxito. Un logro particular, de grupos privilegiados y que en el marco legislativo actual velan por sus intereses, más allá de enredos morales sobre el bien y el mal.

Pero en este juego alguien pierde, y el que pierde en la falsa ruleta de la fortuna, pierde de una forma poco decorosa, su derrota es una enfermedad, una patología tan seria por grave como la ludopatía. Su persona se deteriora, su firmeza se debilita y sus acciones ahora dirigidas no le llevan a la alegría, a lo mejor, lo arrastran a la degradación propia y al desencuentro con los más cercanos, así se rompen lazos familiares y se truncan amistades. ¿Es su acción poco ética? Sí, sin lugar a dudas. ¿Es ajena a la ética? No. Detrás se esconde el triunfo de una ética fraguada para ser vendida en el mercado de lo personal, de la voluntad autónoma, a través de un proceso irracional por su carga de fe que permite al potencial jugador salir de lo rutinario y alcanzar la felicidad. Es el triunfo de un nuevo protestantismo sin dios, es el pasaporte a la gracia del que hasta entonces solamente era uno más, un desgraciado más. Lo peor es que un país en el que se tendría que velar por el bien común esto se obvia, ni si quiera se tiene en cuenta o si acaso resulta un mal menor que hemos de asumir. El juego, cualquiera que sea, nos empobrece. El juego en forma de apuestas controladas por oscuros demiurgos no nos hace mejores, no nos convierte en mejores ciudadanos, nos esclaviza atándonos a las apariencias del falso azar. Y en la adicción de nuestros cada vez más jóvenes enfermos y de los más vulnerables tenemos lo que el safardí holandés Espinosa supo entender: “Llamo «servidumbre» a la potencia humana para moderar y reprimir sus afectos, pues el hombre sometido a los afectos no es independiente, sino que está bajo la jurisdicción de la fortuna, cuyo poder sobre él llega hasta tal punto que a menudo se siente obligado, aún viendo lo que es mejor para él, a hacer lo que es peor”. Es decir, más alienación, más miseria, más degradación personal en beneficio del puro negocio.

https://mas.lne.es/cartasdeloslectores/carta/34812/esto-juego.html

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