En el terreno de Freud

Fecha: 15 febrero, 2020 por: dariomartinez

O Gregorio Samsa o José K

Reciente. Una noche pasada de este mes de febrero. Podía ser una más, pero queda impresa en mi memoria por su impacto.  El sueño se tuerce, el descanso se agita, y la pesadilla me levanta de la cama. No pasa nada, todo en orden, menos yo. Reflexiono sobre lo vivido.  Lo aíslo de la duda metódica de Descartes, lo incorporo a mi trayectoria de vida e intento darle un sentido. Reconozco mis miedos. No son extraordinarios, pero los acompaño de lo que es mi persona.

Durante el descanso nocturno habitual y necesario que en mayor o menor medida ejecutamos para simplemente vivir nuestro cerebro sigue en marcha, es una especie de estabilidad dinámica. Nuestra trayectoria de vida nos hace personas, nos identifica como únicos, nos otorga una personalidad irrepetible. Nuestro presente nocturno es activo y en él podemos vivir momentos de ficción orientados hacia un futuro incierto. Dichas ficciones pueden tener su fuerza.

Un sueño, una ficción que virtualmente actúa en el futuro. Comienza con una prueba inquietante, un examen de oposición, ya se sabe: “muchos los llamados pocos los escogidos”. El azar dispone el tema que he de resolver, las destrezas en forma de saber que he de plasmar sobre el papel. Me toca en suerte: Kafka. He de intentar resolverlo de modo coherente, pero el tema no lo permite. El castillo al que quiero llegar es lejano, muy lejano, no hay camino, no hay regreso, no hay posibilidad de buen hacer. El examen se complica, el tiempo me aplasta. En el intervalo, y sin percatarme, se me entrega la segunda parte de la prueba. Sigo ante las puertas de la ley, el proceso continúa sin resultado favorable alguno. Mis esfuerzos imposibles persisten, sigo fiel al sefardí holandés, pero Espinosa se derrumba. Como José K., Gregorio Samsa  o simplemente K. lo que en ese momento creo que es ficción se transforma en realidad. El revés de la nota una contingencia cada vez más firme. Con todo insisto, el sueño se deteriora, la pesadilla crece. Entrego la primera prueba, sé que Kafka ha resultado un escollo imposible por absurdo, la quiebra de la razón la victoria de la prueba. Me agarro a una esperanza, la segunda parte del ejercicio mi salvavidas. Le solicito al presidente del Tribunal examinador el segundo ejercicio. Ya se me ha dado, pero yo no lo tengo. Me agito pero no lo muestro. Acudo a mi puesto, en la mesa no hay nada. Quizás se lo llevó el viento, busco por todas partes. El agobio se instala en mí, el tiempo me es desfavorable, me estrangula, me limita las posibilidades. Lo encuentro pero al mismo tiempo pierdo la mesa que me servía de plataforma perfecta para plasmar mis habilidades y conocimientos. Repaso con la mirada otras posibilidades. Sólo una. Está próxima, pero está ocupada por un amigo. Se está comiendo una tortilla de patata. Está poco hecha y la grasa se desparrama por la superficie. Se interesa por mi situación pero no reconduce su conducta, primero su tortilla, después mi examen. Se lo muestro con el gesto, no le quiere decir nada porque me parece evidente. No da resultado. Se la acaba, se percata de mi apremio, me cede el sitio. Antes, muy amablemente limpia la mesa. Sin interés, sin necesidad alguna por hacerlo bien. Para ayudarme me quita el folio de las manos y lo deposita encima de una mesa aún ocultada por la grasa de la tortilla. La hoja de la prueba se estropea, no se puede hacer nada. Claudico. Me voy. Ni tan siquiera me muestro enfadado. Asumo la derrota ante una prueba que creía que podía superar con mis capacidades, para la que me había preparado. Dejo el edificio de mis males, intento olvidar. Otro amigo, este con poco tacto. Sigue a Kant, en un mundo gobernado por el sometimiento de todos al imperativo categórico, no hay resquicio para la mentira. Me interroga, me voy de la lengua, me fulmina con su discurso, me incapacita, ante la verdad me hundo. Pierdo toda esperanza. Ahora me he convertido en un horrible insecto: grande, poco grácil, estúpido.

Despierto. Tal vez podría ser pasto para los análisis del viejo Freud. Prefiero ahorrarle el trabajo.

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