De las ciencias demoscópicas

Fecha: 26 abril, 2019 por: dariomartinez

Están protagonizando la actual convocatoria electoral. Desde el CIS o Centro de Investigaciones Sociológicas hasta las empresas privadas al servicio de los medios de comunicación de mayor peso en nuestro país intentan acertar, prever, el resultado de las próximas elecciones generales del ya próximo 28 de abril.

Todos las entienden como ciencias. En esto el consenso es explícito. Otra cosa es el caso que se les haga. Cada uno tiene su propio punto de vista, de ahí el desacuerdo sobre su racionalidad, su fuerza en forma de influencia y su capacidad predictiva. El asunto es que no se intenta dar una respuesta filosófica, rigurosa, de segundo grado sobre el estatuto gnoseológico de dichas ciencias sociales, es decir su compromiso con la verdad y su potencial de ampliación de nuestro conocimiento. Desde este prisma reflexivo es evidente que cuando hablamos de su contenido empírico en sentido riguroso lo que estamos introduciendo no es otra cosa que un futurible, una posibilidad ajena a la racionalidad propia de la necesidad en forma de ley natural de ciencias como la física o la química, en ellas el grado de verdad alcanzado, vía hacer de los equipos de investigación, logra neutralizar sus voluntades, con otras palabras: las verdades de las ciencias naturales se constituyen en universales trascendiendo cualquier ámbito social y cultural particular. En cambio las regularidades de fondo del comportamiento humano asociado a una sociedad heterogénea y plural como la nuestra no responden a un patrón fijo que permita vincular el efecto, es decir el resultado electoral, con la causa o la intención de voto de cada uno de los ciudadanos españoles.

En el caso de las ciencias demoscópicas nos encontramos con una situación cuando menos problemática, principalmente por un motivo que no pueden ser soslayado, y es que tanto el investigador como el encuestado son sujetos operatorios con una voluntad que de ningún modo puede quedar neutralizada en aras a una objetividad exenta de valoraciones de calado ideológico, sentimental, económico o estético, y no puede porque su presencia puede ser rastreada en el contenido mismo de las preguntas como en el contenido aún más difuso de las respuestas, entre otras razones porque es difícil someter a una metodología precisa la posibilidad del entrevistado de mentir. Por tanto las valoraciones que hagamos sobre las ciencias demoscópicas han de ser necesariamente, prudentemente si queremos, más precisas y así hemos de entenderlas como más problemáticas, y esto porque los sujetos intervinientes son sujetos libres, con voluntad, los cuales pueden poner en marcha operaciones impredecibles que den lugar a resultados inciertos, más cuando su número es amplio y el resultado del conjunto pueda ser entendido, a toro pasado e incluso por sus participantes, como inesperado.

En fin, ciencias sí, pero también con una potente carga de incertidumbre. Esto las convierte en menos rigurosas, en más expuestas al error, a pesar de su metodología y de su irrenunciable proceso de matematización. Por cierto, menos mal que este fenómeno se produce en la esencia misma de estas ciencias porque de lo contario deberíamos decir que la sociedad sometida a las encuestas y con resultados predictivos precisos lo que nos están diciendo es que los individuos encuestados no mienten, y no lo hacen porque no pueden. Hablaríamos entonces de una sociedad homogénea y convergente, de una dictadura constituida por individuos sometidos a un régimen que se tiene por impecable.

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