Ciencia médica y estrategia política

Fecha: 15 agosto, 2020 por: dariomartinez

Ya no se habla de la comunidad científica en los medios de comunicación. El anuncio de la nueva vacuna contra la COVID-19 por parte del Presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, diluye en puro espectáculo de propaganda infantil y para nada riguroso la idea de ciencia como saber especializado, racional, verdadero y sobre todo «compartido por todos».Recuperando el diagnóstico sociológico sobre la ciencia de Merton y haciendo referencia explícita a su idea como valor de la actividad científica de «comunismo» no se sabe más sobre ciencia. Los ideales mertonianos mejor olvidarlos. La comunidad científica rusa no quiere voluntariamente compartir su hacer en forma de control de esta parcela de la realidad y cuyo objetivo es desactivar la capacidad de ser (conatus) de un virus hasta ahora intratable. En el eje pragmático del campo gnoseológico los científicos rusos no quieren compartir sus saberes, sus dudas con cualquiera.

Los entresijos esenciales de la nueva tecnología médica antivírica no solo no son públicos sino que son guardados con especial recelo por las autoridades políticas rusas. En el elenco de entidades que no saben nada o casi nada la Organización Mundial de la Salud (OMS). En esta dialéctica de Estados el supuesto logro médico de lo que fue parte fundamental de la extinta URSS hemos de interpretarlo como una revancha de unos tiempos pasados no lejanos pero que hicieron de su país un imperio. No es baladí el nombre de la vacuna: Sputnik-V.

Putin juega con los sentimientos de su pueblo. Interesadamente lo fortalece enfrentándolo a terceros. Su política es nacional, y sabe que en el ámbito de la geopolítica la humanidad no existe. Fue el talón de Aquiles del comunismo soviético en sus inicios revolucionarios. En principio universales, después en aras a la supervivencia derivada de la miseria de una guerra civil, en un solo país. La clase trabajadora era una totalidad distributiva enfrentada a muerte en defensa de sus intereses nacionales a clases trabajadoras de otras naciones. La dialéctica de Estados, la lucha de Estados, sin ser exclusiva se presentaba como real y tenazmente eficaz, en este caso por encima de la dialéctica de clases. La realpolitik se imponía

La nueva geopolítica pivota en torno al control del basto y rico territorio de Asia Central. Muchas de las antiguas repúblicas soviéticas son ricas en materias primas vitales para la buena dinámica de las economías nacionales de los países que lideran la gobernanza del mundo, recursos de: uranio, gas natural, petróleo, oro y otros minerales se encuentran en esos países en forma de cantidades ingentes de reservas. El botín que ofrecen los llamados «Balcanes euroasiáticos» es potencialmente enorme. Estar presente de forma amistosa, controlar o participar de las redes de comunicación y distribución de ese territorio central que conecta Asia Oriental con Europa Occidental es prioritario. Tal vez la venta masiva de millones de dosis antivíricas anunciada por Putin vaya dirigida a muchos de esos países: módico precio, contratos económicos, militares, espaciales, tecnológicos y culturales como trasfondo. La lengua rusa, que en su momento fue la lengua oficial del Imperio Soviético, compartida en mayor o menor medida por muchos de ellos podrá facilitar los acuerdos. De resultar la vacuna eficaz, a un paso de que todo esté atado y bien atado. Con la nueva posición de fuerza sus negociaciones con China, ahora entre iguales, y con el objetivo de doblegar a EE.UU. una posibilidad cada vez más real.

La otra cara. Occidente liderado por un país necrotizado, con un sistema en clara inercia hacia el desorden. Un país, un imperio realmente existente con problemas cada vez más urgentes para poder con garantías de éxito y de estabilidad satisfacer las necesidades de consumo y los deseos de sus compatriotas. Unos ciudadanos tan individualizados que no pueden abandonar su ego diminuto e intentar entender que su ética protestante no permite armonizar como ellos esperan su sociedad. Su sistema político liberal y democrático homologado se orienta peligrosamente a la distaxia a raíz de la multitud de inquietudes individuales generadas por una conciencia desbordada de ignorancia. Las nuevas píldoras de felicidad posmoderna y fácil de digerir (sólo requieren de voluntad, emocionarse en el empeño y llevar al paroxismo de la ingenuidad a un yo imposible que como ficción, racional y enferma, no da más de sí) arrastran al ciudadano estadounidense al nihilismo de una nueva barbarie presidida por la no verdad. Ahora el no saber puede ser virtud. En el fango del relativismo todo se esteriliza.

Estados Unidos está perdiendo de forma precipitada su liderazgo mundial. En el terreno económico y tecnológico (móvil 5.0) frente a China. En el ámbito militar sus dispositivos defensivos desbordados por un misil hipersónico de largo alcance con capacidad para transportar ojivas nucleares como el Avangard ruso. Culturalmente ofreciendo reiteradamente ocio narcotizante como ideología dominante.

Aquí. Tomándonoslo a cachondeo y de paso añadiendo levadura negra a nuestra leyenda negra. No nos hacen falta enemigos, nosotros perfectamente nos valemos solos. ¿Buscar alianzas con los restos del naufragio de lo que fue Iberoamérica? ¿Para qué? Mejor cobijarnos en una  Europa en la que figuramos como comparsas. Mientras tanto en el núcleo duro y de poder de la nueva Unión Europea (sin el Reino Unido) trabajando por recuperar el llamado «Triángulo de Weimar»: Alemania, Francia y Polonia. Alianza en curso abierta sin el permiso de Rusia a la asociación con Ucrania, trampolín hacia Asia Central. Curioso detalle.

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