Brotes negros que no verdes

Fecha: 21 julio, 2020 por: dariomartinez

1.- Un primer diagnóstico

Siguen aumentando los contagios. Las autoridades sanitarias de cada una de nuestras autonomías se han adherido hasta hace bien poco a la responsabilidad individual. Se recomienda, se aconseja, se advierte, se sugiere. La política ejecutada consistió en apelar al principio de existencia de un ciudadano formado, concienciado, voluntarioso, libre, para poder seleccionar lo que en cada momento debe hacer. Es obvio que se trabaja con una baraja trucada.

Las medidas adoptadas estaban impregnadas de lo que cada uno debería ser, en lo mejor de cada uno, ajustado a los valores fundamentales e incuestionables sobre lo que todos creemos entender como Estado social y de derecho; un equilibrio, una armonía, un perfecto orden, entre el individuo, el ciudadano, y el grupo. Pero la realidad es tozuda. La sociedad española entendida como un todo distributivo venido a menos y espoleado hacia un reparto asimétrico de los bienes inicialmente compartidos se dirige hacia la arbitrariedad. Un Estado así no limita las diferencias sino que extiende lo desequilibrios en nombre de indentidades que se suponen y por su abstracción no se sabe qué son. Resultan eficaces para dar cuenta y tergiversar lo concreto y privilegiar a un tiempo a sus respectivos feudos de poder.

2.- Del ser, no del deber ser

Los ciudadanos españoles son de carne y hueso. Su cuerpo y su yo son uno, nada tienen de especial con respecto al resto de los demás mortales. Su yo, su mente, su conciencia, es su cuerpo, su hacer. Son inseparables, aunque sólo sea para vivir.

Kant apelaba a una razón práctica pura, sin coacciones, absolutamente libre, apoyado en un Dios desconocido, casi superfluo, como garante de un imperativo categórico que no podía admitir excepciones, que doblegaba las circunstancias a la voluntad como representación práctica de lo que debe hacerse, que prescribía un buen hacer práctico esclavo de la ley moral que aspiraba a lo más elevado, a la santidad, al hacer trascendental y en favor de la humanidad en su totalidad. Esa libertad sin coacciones no podía errar, era ajena a la mentira…y en realidad era un sujeto sin manos.

No hay duda. El pietista Kant no se había leído a Espinosa. El hombre puede ser razón pero dominan en él los afectos. Se ocupó de reflexionar sobre lo que los hombres son, no sobre lo que le gustaría que fuesen. No los elevó, pero tampoco los condenó. Los menos, los más sabios, podían alcanzar el estatus de divinos por acciones orientadas al mantenimiento de la vida de los demás.

El Dios de las religiones de estirpe literaria, no sagrada, no desea, no tiene voluntad, es naturaleza «natura naturans», es impersonal, es perfecto, es geométrico, pero no es acto, es decir no existe. La condena asegurada. La censura a las puertas de su casa. Su miseria, su prohibición de acceso a la república del saber, a la recepción e interpretación de su reflexionar racional a lo más prestigioso del pensamiento académico imposible en vida. Un clandestino que debía ser especialmente cauteloso. Callar lo que pensaba y plasmar sobre el papel lo que en público no podía decir (en términos de Kant: “no podía ejercer su libertad privada”).

3.- El ser del SARS- CoV-2

A hombros de Espinosa. Los brotes de la Covid-19 aumentan, se teme la llegada de una trasmisión comunitaria. El confinamiento una posibilidad de futuro plausible en ciertos territorios de España.  Marco Aurelio decía: «El universo, mudanza; la vida, firmeza» y  Gustavo Bueno atrapaba dicha máxima para su filosofar. Esta pandemia es puro devenir. Marcada por un ser impersonal sin vida, sin capacidad para reproducirse, que existe, que no es una ficción parida por la imaginación y divulgada al gran público como un relato verosímil y del que sólo podemos dudar como pontifican los persuasivos posmodernos. Es una realidad que permanece en su ser, que lucha por mantenerse, que tiene un «conatus» hasta ahora tan poderoso como para no poder ser dominado tecnológicamente, es decir no poder médicamente triturarlo hasta su no ser o al menos doblegarlo hasta su inacción. Curiosa existencia que es mucho más que un fenómeno psicológico. La enfermedad muta, está activa, no es propositiva, pero sus consecuencias nos afectan.

Esta enfermedad puede poner en riesgo nuestras vidas. Sabiamente hemos de velar por el mantenimiento de nuestro ser, permanecer firmes. Hemos de reflexionar sobre la vida. Es la ciencia médica la que mejor puede controlar esta realidad. Aquí no valen las supersticiones, los pseudosaberes, o lo extravagante. Tampoco las medicinas alternativas o las soluciones milagrosas de carácter gnóstico, imposibles de someterse a método alguno, de diagnosticar con el rigor necesario su cierre categorial coordinado por principios anantrópicos y comprometidos con el rigor de una hacer asociado a la verdad y con forma de ley,  imposibles de enseñar, y lo que es peor: sólo para elegidos. La vida requiere de saber, de firmeza y esta es la verdadera libertad. Es lucha, es capacidad y su resultado no es otro que los límites de nuestra libertad de.

Lo triste, en el sentido de hacer práctico humano no orientado hacia la vida y el enriquecimiento de nuestra persona en el seno de un sociedad de personas, es que los actos dominados por la ideología de la felicidad y por el «hago lo que me da la gana» sino generalizados sí son más frecuentes de lo deseado, y lo deseado en este caso ha de ser el interés común, el bienestar de la mayoría, la vida en común y en buen orden (eutaxia), es decir libres de la temida enfermedad vírica que nos azota.

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