Apuntes sobre la técnica

Fecha: 30 julio, 2019 por: dariomartinez

El hacer humano como deshacer. También el hacer filosófico se ha de entender como deshacer ordenado

Tema central del pensar de Heidegger. La técnica como algo específico del hombre. Entendido como acción violenta en su búsqueda de la objetividad: «La propia tierra ya sólo puede mostrarse como objeto del ataque que, en cuanto objetivación incondicionada, se instaura en el querer del hombre. Por haber sido querida a partir de la esencia del ser, la naturaleza aparece en todas partes como objeto de la técnica» Martin Heidegger, Caminos de bosque, Alianza Editorial, Madrid 2018, pág. 190). En lo óntico aparece lo inauténtico por olvido del ser. En entredicho la esencia humana. El saber racional: «El pensar sólo comienza cuando hemos experimentado que la razón, tan glorificada durante siglos, es la más tenaz adversaria del pensar» (Ibídem, pág. 198), filosóficamente fundamentado, nos deshumaniza, se deja de lado el hogar del ser y este progreso sin límite y fe ciega en la ciencia nos lleva a la barbarie; el colapso de la modernidad, la muerte de Dios, la presencia de la nada. El hombre transvalorizado es nuevo, es en su hacer voluntad de poder, voluntad asentada en la tierra y ahora entendida como valor, como últil. La técnica nos aniquila, nos eleva por encima de la cosa y su coseidad pero nos impide abrirnos al poetizar: “el pensar es un trabajo de artesano” (Ibídem, pág. 12), al aparecer del ser en lo óntico, a luz que nos permita acceder con cuidado, sin necesidad de dominio alguno, al ser del ente vía poesía, vía obra de arte que desoculta al elevar a la cosa más allá de lo simplemente útil,  al poder representar al ser incorporado al espíritu de un pueblo en marcha consciente y autoconsciente, capaz de pensarse a sí mismo, como parusía en donde el absoluto en sí y para sí está entre nosotros (no hay fenómenos puros, en la línea de Kant, si bien el mismo Heidegger tras Hegel aspira a que no haya tampoco noúmenos puros, Dios incluido; más allá el silencio que aparece en el pensar como apertura).

Dos mitos oscuros dominan en el pensar de Heidegger. El primero es el tratamiento del hombre como una totalidad atributiva donde cada una de sus partes es formal al pertenecer a una universalidad esencialmente única. En otros términos, el hombre del que habla Heidegger no existe, es una idea abstracta de su reflexionar, estrictamente no racional y sí propio del pensar, que no tiene continuidad en la realidad en marcha. Lo que si existe son grupos humanos enfrentados, políticamente unidos en el marco de diferentes sociedades políticas, con potencias de diferente alcance, con realidades de aspiración universal en unos casos y en otros de perímetro más reducido, digamos regional (caso de los nacionalismos apegados al terruño). Esto hace que en la dialéctica por la materialización de su ideales y de sus necesidades los más poderosos se valgan del saber parido por la ciencias en marcha, del saber no meramente técnico, sino tecnológico y puesto en marcha por especialistas en forma de ingenieros, saber que logra construir verdades entendidas como identidades sintéticas en donde partiendo de los materiales dados, a través de términos, operaciones y relaciones se logran resultados en forma de principios o teoremas anantrópicos, atópicos y acrónicos, siendo como son estrictamente humanos, obra actualmente de científicos en su ámbito del laboratorio. Pues bien, y como segundo mito, no hay técnica, sí hay técnicas: mecánicas, térmicas, gráficas y electromagnéticas y su especificidad no es otra que el de destruir, deshacer, moler, triturar, quemar, romper, raspar, rallar, bombardear. «Ya hemos dicho que la propiedad básica de las técnicas es su carácter destructivo. El operador tiene que destruir las “naturalezas” paratéticas en las que está envuelto, como único modo de entenderlas. Ya hemos indicado el inicio violento y destructivo que implica lo que hemos llamado “vacío” técnico, la ausencia, la destrucción de los entes, pero no de cualquier modo, sino en sus partes materiales y formales, en sus proporciones, dando lugar a unos esquemas materiales de identidad causales, cuyos efectos y causas empiezan a dar valores co-ordinables uno a uno, componiendo una estructura cada vez más precisa y cuya cohesión es más fuerte allí donde se desligan de los contextos de partida». Luis Carlos Martín Jiménez, Filosofía de la técnica y de la tecnología, Pentalfa Ediciones, Oviedo 2018, págs. 190-191) y este hacer no exclusivamente humano (hay animales que usan sus propias técnicas para la subsistencia, hecho corroborado por las ciencias etológicas, obviamente gracias a una razón más rudimentaria, lo que da como resultado una cultura objetiva más pobre. De este modo: «En el Paleolítico, con los útiles y el fuego se incrementa la capacidad de violencia, golpeando, rasgando, quemando, machacando, &c. Se trata del triunfo del hombre sobre los animales, únicamente posible cuando se conocen sus “operaciones”, cuando se les controla» Ibídem, pág. 146) nos hace más humanos, nos distancia de los animales, nos hace diferentes y en muchas ocasiones nos conduce, en un acto hoy tecnológico de primer nivel, a la guerra. Esto no es inhumano, es estrictamente humano, y no es de todos nosotros es de grupos humanos concretos y asociados en torno a Estados enfrentados dialécticamente, que velan por sus intereses y cuyo ser o más bien su estar trasciende las relaciones de hermandad o fraternidad entre clases a las que aspiraban los ideólogos del socialismo doctrinal de Marx o del ecumenismo cristiano respectivamente.

En definitiva, si el ingeniero es el técnico cualificado que materializa en forma de artefactos tecnológicos las verdades de las ciencias: matemáticas, física, química, geología, &c., entonces el filósofo ha de ser el ingeniero, aquel que partiendo de los saberes científicos en marcha y ejecutados en contextos determinantes a través de operaciones de juntar y separar racionales con instrumentos de medición precisos, que en el progressus (vuelta a la caverna, en la senda de Platón) materialice las ideas ya geometrizadas en el regressus , es decir que sepa triturar apariencias, superar conjeturas, y entender las causas de la realidad infecta, dinámica y especialmente problemática.

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