Además de una nación olvidada

Fecha: 7 noviembre, 2019 por: dariomartinez

Nación gitana

Se lo preguntó Casado, anteriormente también lo requirió su compañero de partido Patxi López, la respuesta de Pedro Sánchez a este asunto central es o bien una evasiva cargada de tópicos: un sentimiento de pertenencia, una identidad cultural…, un galimatías que en lugar de aclarar confunde más al introducir términos no más claros sino mucho más borrosos y difíciles de analizar, o bien es una respuesta ajena al asunto, una forma de afrontar el problema poco cortés, y quizá desveladora de la ignorancia enfangada de una profusión de ideas tan dispares que impide un mínimo ejercicio de reflexión con sentido. El silencio, ese prepensar artesano y original, no esconde la verdad, esconde un problema ingobernable.

Los políticos hablan de nación y ni siquiera se molestan en aclararle al potencial votante que nación es un término ambiguo. En el terreno en el que nos situamos, el estrictamente político, la nación es el conjunto de ciudadanos que constituyen un estado reconocido y homologado internacionalmente, como tal se desenvuelve en un territorio con sus fronteras; se articula alrededor de la igualdad de derechos y es de todos, es decir: es indivisible, sus partes son formales, sin una de ellas su nuevo ser será otro. Insistimos, su soberanía y su territorialidad en ambos casos es una.

De la mano de los todopoderosos nacionalismos los desequilibrios entre territorios pueden desencadenar un proceso de inestabilidad no deseado porque puede poner en riesgo la convivencia. Dirigir la nave del estado hacia un acantilado no es labor propia de un buen político, y menos aún de un político que ha de suponerse responsable. El problema de fondo, y que no es dirimido, es que cuando en nuestro Estado de las autonomías las comunidades entendidas como históricas por su idiosincrasia, su hechos diferenciales, su idioma, sus tradiciones propias, constituyen un conglomerado dispar que se intenta homogeneizar a golpe de doctrinario, lo que sucede es que el ciudadano pierde su individualidad en favor de un grupo convergente entendido en torno a una sustancia trascendente y determinante como la de cultura (antes, y no hace tanto, en torno a la categoría inexpugnable de raza). La nación de la que ahora se habla es la étnica. Como tal, y principalmente desde la periferia, se intentan crear estructuras de estado alternativas, independientes, cuyo objetivo no es otro que la separación de España. En este caso una nación de naciones es un imposible, es un hierro de madera no sólo fantástico, sino peligroso.

Como curiosidad, por fenómeno olvidado, destacar que como tal, la nación étnica que mejor se ajusta a lo definido no es otra que la gitana. Ahora bien sus reivindicaciones son otras, y sus intereses, por lo que creo saber desde la distancia del caso catalán, están del lado de la continuidad de España como nación política. Sospechan de mitos nacionales imposibles y excluyentes enmascarados de sonrisas y embriagados de superioridad. Repito, es la gitana la nación étnica por excelencia y es la más olvidada, la más silenciada.

No debemos olvidar que la política ha de ser un arte que persiga prudentemente la estabilidad del estado, que facilite la libertad del individuo, que le otorgue mayor número de posibilidades, que persiga el interés común, para ello ha de velar por el bienestar de los más débiles, ha de activar políticas de igualdad orientadas a la constitución de una masa media de ciudadanos mayoritaria. En la desigualdad la mecha de la inestabilidad, en la exclusión las cadenas del temor, en la superioridad asumida y anclada en un pasado tergiversado y a mayor gloria de quien lo asume el salvoconducto para transformar la violencia frente al otro en resistencia. Vamos camino de que una minoría bien dirigida y organizada imponga a una mayoría gobernada por el desafecto (entendido como mal político) y en algunos casos por el miedo, sus intereses de grupo. Nos encontraríamos así en una situación paradójica: la de una democracia trufada en donde la rebelión, el enfado, la frustración de una minoría instalada en la opulencia, impone sus intereses a una mayoría no tan opulenta.

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