Arte y libertad

Fecha: 19 febrero, 2020 por: dariomartinez

Buen arte. Hace libre al espectador y por supuesto al autor.

Hablemos de la libertad en nuestro marco político. El fin del Estado es la libertad. Este individuo colectivo que ha de velar por el interés común no puede pretender legislarlo todo. El espacio individual de libertad, la particularidad asociada a cada uno de nosotros en tanto que ciudadanos, es algo que entre todos hemos de proteger.

El marco legal compartido ha de permitir que los ciudadanos sean libres. En España la libertad de expresión está consagrada, prácticamente se puede decir de todo. Se puede pedir abiertamente que España desaparezca, es decir que el orden constitucional actual deje de ser o al menos sea ineficaz, siendo sustituido por un orden un tanto arbitrario amparado por los pueblos que lo representan: muchos, variados, variopintos, ingobernables como unión, pero desde sus premisas absolutamente libres. Los límites a la libertad legalmente fijados son aquellos que inciden en la exaltación de la violencia irracional, en la apuesta en suma por la discriminación gratuita o incluso la eliminación física de quien se considera inferior desde la atalaya de la superioridad. La apología del terrorismo es condenable, esto es obvio, y aceptado por cualquiera en su sano juicio.

Vayamos un poco más allá. Intentemos iluminar el asunto dándole brillo con buenos argumentos. Encuadremos nuestro análisis en el ámbito del arte. Aquí la libertad se entiende como ilimitada. Es una simple cuestión de gusto. Cada uno como espectador la recibe como quiera, la experimenta a su modo. La obra de arte es un fin en sí mismo. Su función cobra sentido si logra atrapar al espectador. Una buena obra ha de ser entendida y quien la sienta puede emocionarse. Este momento da como resultado una evasión temporal de la prosa de la vida. Siendo cuestión de gusto, el mal gusto, tanto del espectador como del artista, también tienen su sitio. La libertad de, muy moderna ella, reclamada, estimada, fácil de asimilar es inexpugnable, intocable. Pero a su lado hemos de reivindicar la libertad para, la libertad entendida como capacidad, habilidad, destreza personal para poder ser mejores personas, más reales, más potentes, en el seno de una sociedad de personas. Más capacidad dirigida a uno mismo y a los demás posibilitará que la sociedad sea mejor. De este modo la libertad ha de responder a las preguntas clave: ¿mis actos me hacen mejor persona? Y a un tiempo, ¿mis actos hacen que los otros sean mejores personas? Este tipo de libertad es más exigente, requiere de lucha, saber, rigor, de altas dosis de prudencia, de superación asumida del error, y por supuesto de reconocimiento social. El público es imprescindible. Ante el mal gusto nuestra respuesta como receptores de la obra de arte no ha de ser otra que la falta de emoción, el desprecio del no aprecio. Fijemos nuestra mirada crítica en lo bueno, en lo bello, en el arte cargado de esfuerzo, saber hacer, genialidad; démosle la espalda a lo fútil, hortera, grotesco, irrelevante, ineficaz en el sentido práctico por falta de sentido que pueda ser proyectado hacia cada una de nuestras trayectorias de vida particulares. Lo irrelevante no puede tener un protagonismo que no merece. Intentemos luchar por ser un público exigente. Abracemos una libertad que aliente la razón luchando porque cada uno de nosotros sea mejor.

No hagamos famoso, no le demos el momento de gloria, a quien por su mal hacer no es más que un cualquiera, o que simplemente no es capaz de desbancar a la cosa de su naturaleza y elevarla a arte dejando atrás el artefacto.

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