Acotaciones filosóficas mínimas

Fecha: 16 junio, 2022 por: dariomartinez

Anotaciones a un texto pedagógico: Cartas a quien pretende enseñar. Paulo Freire. Sobre la Cuarta carta o De las cualidades indispensables para el mejor desempeño de las maestras y los maestros progresistas.

Lectura propuesta desde la asociación pedagógica CREA (acrónimo derivado del inglés que significa conoce, reconoce,  experimenta, asimila y actúa, una gestión educativa y emocional). Idealismo no les falta, se apropian de una de las cualidades atribuidas en exclusiva a Dios: la creación desde la nada (creatio ex nihilo), la pronta escolástica esta vez secularizada no les abandona, rastro de un laicismo con buena prensa. También parece que goza de especial reconocimiento sobre todo cuando el sustantivo activo que acompaña al adjetivo divino no es otro que el del educación o cultura, ideas de raigambre teológico y dirigidas a la misma existencia de Dios, a lo más elevado, a los más altos valores ya sean estos entendidos como principios o fines.

En esta cuarta carta que iremos acotando con una reflexión sencilla y breve ya podemos observar que el término maestro en su uso genérico ya no incluye a las maestras; en la nueva versión editada se mejora a Paulo Freire en el conjunto de la obra y se recogen sin acudir al genérico el sustantivo masculino «maestro» y su correspondiente femenino «maestra».

Adentrémonos en ella. Citaremos y analizaremos, dejaremos de lado en principio una síntesis a modo de diagnóstico coherente o global. Iremos a las partes.

Leemos al inicio: «…las cualidades de las que voy hablar y que me parecen indispensables para las educadoras y los educadores progresistas son predicados que se van generando en la práctica […] no son algo con lo que nacemos o que encarnamos por decreto o recibimos de regalo» (Freire, 2010: 75). No vendría mal definir la idea parida con las ciencias del siglo XIX y la ideología ilustrada del XVIII francés, por cierto de gran influencia en el Imperio portugués de la época y representada por la figura controvertida del Marqués de Pombal. Progreso es subir de modo gradual, ascender peldaños, servirá parta entenderlo el modelo tomado de la imagen de una simple escalera. Han de estar fijados los parámetros, ser evaluados los resultados, los métodos de acción dirigidos por la prudencia, para ello han de contar con una anamnesis y una prolepsis que coordine racionalmente la actuación que está por venir. Por eso en el terreno de lo religioso no hay progreso, hay dominio de unas creencias sobre otras, el ecumenismo sería por irrealizable una utopía. Tampoco hay progreso en lo impersonal, en lo no humano y regido por leyes naturales, necesarias y universales, su ontología no está desencadenada por saltos voluntarios hacia un fin; en esta línea el hombre como ser genéticamente configurado, natural, no progresa, sí evoluciona. En lo que va incluso más allá de lo humano y biológico, en lo personal, en lo político, el hombre sí progresa y valiéndonos de Spencer, que lo entiende como totalidad, el ser humano progresa, al igual que el conjunto de la totalidad de lo que haya, más allá de sus diferentes ontologías especiales, y su proceso imparable de transformación va de lo confuso a lo claro, de lo colectivo, Estado y/o familia, al individuo como ciudadano independiente. Obviamente hablamos de instituciones sociales dadas a priori, en marcha, históricas y sociales; somos arrojados al mundo de la vida, al escenario de nuestras trayectorias por hacer, deshacer o rehacer, según el caso.

Continuando, «Comenzaré en la humildad». Nosotros sugerimos mejor la modestia de raíz griega, concretamente socrática y empleada en su ejercicio filosófico por ilustres filósofos como Platón y Aristóteles, para ellos filosofar significa dirigir el discurso hacia el bien, la verdad, la belleza, el buen orden político pero también quiere decir que debemos partir del reconocimiento de nuestras limitaciones, esto es de nuestro público y objetivo, ante los demás, no saber.

«Escuchar con atención a quien nos busca, sin importar su nivel intelectual, es un deber humano y un gusto democrático nada elitista». Supone el autor que la educación para no ser adoctrinamiento ha de ir dirigida al conjunto de los seres humanos, pero lo cierto es que nuestros alumnos, al igual que los oyentes en el Banquete de Platón, son ciudadanos que quieren recibir las enseñanzas sabias de un Protágoras o un Sócrtaes en la cúspide de la popularidad, de un sabio que no filósofo y de un amante de querer saber. La humanidad es un mito, no existe como entidad política, como referente educativo, lo que realmente hay son grupos humanos enfrentados dialécticamente, plurales, dinámicos, cambiantes, con proyectos en el límite imperialistas, civilizadores, que como totalidades distributivas pueden llegar a luchar a muerte frente a terceros, ya sea para dominarlos, asimilarlos o en el límite exterminarlos. No es cierta la idea trampa de la paz perpetua de Kant. Además, las clases dirigentes: científicos, tecnólogos, técnicos, ideólogos, políticos, por méritos adquiridos y por su mejor preparación en las academias, escuelas o universidades, serán los encargados de formar a los ciudadanos frente a otros ciudadanos de otros estados. De no ser así, y es la vía que estamos representado y homologando como ley orgánica, podemos caer en una democracia sin exigencias, una democracia devaluada: donde los más dejan hacer y los menos hacen a su antojo. Se transformará la democracia en oclocracia y en ella los responsables políticos más destacados, legitimados por el voto mayoritario en las urnas, no dispondrán de la capacidad necesaria para resolver los problemas de su territorio: garantizando una mínima eutaxia, la recurrencia económica del sistema productivo en su capa basal, el bienestar de los ciudadanos, la satisfacción de necesidades, la atención debida a las demandas de los diferentes grupos de interés, la seguridad del territorio, etc.

Los medios de producción se orientarán ahora a la construcción tecnológica de banalidades, en su éxito la degradación colectiva, el delirio de la mayoría. El consumidor del mundo satisfecho en el fondo de la caverna platónica será el demiurgo, el actor responsable, del fracaso del sistema. Del estado de bienestar al estado de malestar generalizado, buena hora para un buen ejército de psicólogos que habrán de intentar poner en orden lo que de manera atomizada, individual, está en desorden. Siendo así, los ciudadanos paulatinamente menos felices en su propuesta abierta y a la vez delirante de una libertad con un horizonte falso de infinitud envuelto en el eslogan: «cumple con tus sueños, que nadie te diga que no». La voluntad como deseo que ha de ser satisfecho, de no ser así, la frustración. De tratar de impedirlo a nivel lógico el diagnóstico será la identificación de un hacer práctico autoritario, o sea la tiranía de la violencia gratuita. Esta humanidad cristalina, cristalizada, posee como «auxiliar de la voluntad el sentido común que nos advierte que con ciertas actitudes estamos cerca de superar el límite a partir del cual nos perdemos». ¿Todos? ¿O grupos distribuidos en estados más débiles sometidos a grupos de ciudadanos organizados en estados-nación más potentes para ejercer el poder sobre otros? Aflora una idea muy ilustrada, francesa, le bon sens; recuperando la modernidad iniciada por Descartes, la del buen burgués.

Más adelante: «Las injusticias, la indiferencia del poder público, expresadas en la desvergüenza de los salarios, en el arbitrio con que son castigadas las maestras y no tías que se rebelan y participan en manifestaciones de protesta a través de sus sindicatos –pero a pesar de esto continúan entregándose a su trabajo con los alumnos». Maestras supongo que de Brasil, alumnos supongo que de Brasil. Labor de lucha, capitaneada en su mayoría por mujeres seleccionadas por sus méritos, de hacer pedagógico loable, de generosidad hacia los que han de saber y reconocer modestamente que no saben. Debemos reconocer su fuerza para intentar que cada uno de ellos y según sus posibilidades y capacidades sea mejor persona en el seno de la sociedad de personas en la que viven, de la sociedad política brasileña de su época. Siendo ellas firmes son a la vez en su labor más generosas.

«Es que al poner en práctica un tipo de educación que provoca de manera crítica la conciencia del educando, necesariamente trabajamos contra algunos mitos que nos deforman». Podemos decir que cabe la posibilidad de sustituir unos que suponemos como poderosos, alienadores en términos marxistas, por otros. Los mitos pueden ser racionales, tienen su logos, se dirigen a su vez al corazón, a los sentimientos, a lo más íntimo y no por ello ficticio, permitiendo así agilizar y darle mayor eficacia a todo proceso político, educativo, e ideológico. No se pueden demostrar pero siguen unos principios coordinadores en el desenvolvimiento de sus partes y subpartes de naturaleza lógica. Es buen arma el cine y lo era también la literatura, ésta cada vez menos por falta de lectores y por presencia de transductores anclados en la posmodernidad que alienta y selecciona para que perdure en el tiempo, como fuerza meritoria de los nuevos tiempos, la obra de arte que como resultado sospeche de la verdad, reduzca la realidad a puro texto, a significante sin significado, desmaterializando la realidad plural, inconmensurable y plural, y reduciendo a un monismo psicológico y de representación todos los modos ontológico especiales del ser. En esta permanente desconfianza de lo otro, de lo trascendental y colectivo por ser en su esencia dominador, perverso, fijador de lo desigual y privilegiado se construyen ficciones sin consecuencias. Estas artes superiores introducen la variable tiempo, son narradas, y el espectador, el alumno, puede ser mejor captado. Su función psicagógica puede hacer de un mito ficción una construcción técnica, tecnológica, que se dirija a la verdad. Puede ser un mito luminoso.

«La tolerancia es la virtud que nos enseña a convivir con lo que es diferente, a aprender con lo diferente, a respetar lo diferente […] La tolerancia requiere respeto, disciplina, ética. El autoritario, empapado de prejuicios sobre el sexo, las clases, las razas, jamás podrá ser tolerante si antes no vence sus prejuicios». Hoy se puede entender como indiferencia. Donde no hay verdad, no hay mentira, y menos filosofía. Donde sólo hay opiniones sobran los argumentos. El callejón sin salida del relativismo muy cerca, peligrosamente cerca. ¿De qué ética habla? Está sin definir, ¿debemos entonces sobreentenderla? ¿Una ética o práctica de la razón material o formal? Está sin conceptualizar, pero como tanto otros valores, que no sabemos si son fines, propósitos, prescripciones prácticas, o principios coordinadores de nuestra conducta, parece que gracias a le bon sens todos compartimos lo que el autor nos dice. ¿Se dirige a un transhumanismo, hacia una izquierda pospolítica, sin fronteras, global, cultural,  identitaria y extravagante? Chi sa! Hacia el pensiero debole.

Y ahora es también enemigo de la razón o lo que quede de ella, de la ética por definir, y de la misma tolerancia el «cientificista». La verdad descripcionista, positivista, es una forma de barbarie, es dogmatismo, pero no convirtamos a las ciencias en artículos de farsa al modo de la crítica epistemóloga, teoreticista, anarquista y metodológica propuesta por Feyerabend. Además, ¿Qué significa para el autor ciencia? ¿Hay la misma verdad en las ciencias humanas que en las ciencias físicas o biológicas? ¿Presupone metafísicamente una única ciencia, o más bien admite la posibilidad de una pluralidad de ciencias, con sus respectivos campos, con sus cotas de verdad anantrópicas en forma de axiomas, teoremas o leyes, que son a su vez inconmensurables e irreductibles, que han de admitir que toda demostración es verdad pero que no toda verdad se puede demostrar?

«Ni la paciencia por sí sola puede llevar a la educadora a posiciones de acomodación, de espontaneísmo, con lo que niega su sueño democrático». ¿Qué democracia? Parlamentaria, presidencialista, popular, asamblearia, representativa y liberal como la primera democracia en Estados Unidos con sufragio para los blancos y sin ningún derecho para los no blancos,  salvaguardando sus privilegios. Los indios por ejemplo que aún no habían sido exterminados o confinados en reservas, los cuales eran tratados como objetos de derecho, como mercancías perfectamente vendibles, como esclavos o infrahumanos, propiedad privada al servicio de su amo presumo que no vieran ese tipo de democracia como el fin pardiasico de la historia en la tierra.

Fraguar líderes, dominar la oratoria con sus técnicas para que puedan fluir mejor los discursos epidícticos, teatralizados, banales, degradantes, borrosos, fluidos, en un intento por demoler todo discurso demostrativo, bien argumentado y que permita hacer brillar las ideas. No ayudarán al educando, como confiesa más adelante el autor, pero se ha abierto la barrera para poder franquear sin esfuerzo la verdad. Se podrán sustituir mejor unos mitos por otros. Los sofistas se apoderan del poder, el filósofo habrá de callar: «Junto con esa forma de ser y de actuar equilibrada, armoniosa, se impone otra cualidad que vengo llamando parsimonia verbal». Lo importante es la alegría, la felicidad, pero no la de Espinosa, operatoria y corpórea, sino la psicológica, emocional, trivial, divertida. Se insiste en la individualidad, no en el compromiso, en formar perfectos consumidores, soldados del mejor de los mundos posibles aumentado la responsabilidad de la soledad y sin prever en muchos casos la antesala del fracaso, el error de muchos de nuestros deseos inducidos por ser seleccionados libremente por cada uno de nuestros educandos creyéndose perfectamente dominadores de la situación. No olvidemos que quienes los construyen ofreciendo a otros lo que su voluntad quiere no es otra cosa que lo que a ellos les interese. Perversa libertad en forma de felicidad canalla, mito tenebroso donde los haya ¿Qué es la felicidad? ¿Un derecho tal vez, una norma legal, positiva? Es una idea la que se nos ofrece dirigida a la satisfacción de voluntades, incrédula, en donde la realidad, y esto es un logro de la posmodernidad, se cuestiona, se mutila y se ha de replegar a mis deseos. Mi yo único, desgajado del ego trascendental, y compartido por ser histórico, impone las reglas. Es el fin de la historia, el yo real ha de plegarse a mi ser posible y auténtico, intuido, natural, y evidente, es decir, infinito, feliz y pura voluntad. Más metafísica no es posible, el idealismo cobra fuerza.

Concluyendo el análisis. «Contra las rabias endemoniadas de los retrógrados, de los tradicionalistas [en nuestro país, activos ellos, los nacionalistas periféricos y secesionistas, más étnicos que políticos en su afán por construir un estado-nación político y reconocido internacionalmente], y de los neoliberales, para quienes la historia término en ellos» No hay un comentario para los socialdemócratas, con su saber iluminado de salón, gnóstico, monista y armonioso. Parece un texto sacado de la Escuela Libre de Enseñanza de Saenz de los Ríos o Adolfo Posada. Idealismo devaluado, animalista y respetuoso al menos con algunos de ellos, y sobre todo krausista. Por cierto, el añadido entre corchetes es nuestro.

 

(1)  Freire, Paulo (2010). Cartas a quien pretende enseñar, págs.75-85.  Siglo XXI. Madrid.