En auxilio de la razón

Fecha: 30 julio, 2020 por: dariomartinez

De forma provisional el régimen de semilibertad de varios de los presos políticos catalanes condenados por sedición (más concretamente por intento de desintegración del pérfido Estado español) es cancelado. El efecto inmediato la vuelta a la cárcel. Obviamente el rechazo de sus principales afectados es palpable, público,  y notorio. No cabe duda que la estancia en un centro penitenciario es desagradable. Es triste porque limita al máximo la libertad de movimiento e impide que uno como persona se pueda enriquecer, es decir pueda potencialmente ser mejor y ampliar en función de su capacidad la libertad para hasta lo máximo de su ser en tanto que persona que vive con otras personas.

Sus argumentos de rechazo son múltiples. Básicamente giran en torno a lo que entienden como una actitud jurídica coactiva y amparada en la venganza. No son las leyes y la certeza a ellas asociadas las que sirven para revocar una decisión de excarcelación previa, son supuestos psicológicos, disfrazados de ley, los que dan con sus huesos un tiempo de permanencia más dilatado en la cárcel. La razón de estado es astuta y también despiadada. Ataca lo más sagrado, arremete contra la fe de quien obra en conciencia.  Esa fe inexpugnable, misteriosa, incognoscible, ajena a una realidad en forma de normas emanadas de una soberanía de todo el pueblo español; soberanía indivisible y que ha de entenderse como totalidad atributiva. De no ser así su fuerza o capacidad de obligar se diluirá en la charlatanería, y será incapaz de cambiar trayectorias de vida que resulten lesivas para el conjunto de la sociedad.

La vuelta a parcelas de poder político en régimen de feudalización no es progreso. Es una vuelta atrás peligrosa. Es el retorno a una libertad de conciencia, muy luterana ella, muy protestante, que justifica, con el rigor de la persuasión y la fuerza, el dominio de los más convencidos y que en un proceso de locura colectiva puede constituirse en mayoría. La vuelta al protagonismo de unos líderes iluminados y con el derecho autoadquirido para poder dirigir a los más, a las masas enfervorizadas y doblegadas al opio de una cultura (una vez secularizada la gracia divina) entendida como realidad absoluta. Idea con gran capacidad operativa y organizativa y habilitada para transformar lo que no es más que una utopía en consigna de acción política: «una nación (léase en el sentido étnico-cultural),  un Estado».

Se permuta la voluntad de Dios por la voluntad individual. La conciencia pura es infinita, no hay realidad, ni norma, ni Estado que la pueda doblegar. La conciencia articula a su modo lo realmente existente. No sólo es una mera premisa que permita intentar entender el presente en marcha, es el principio articulador mismo. Está por encima de cualquier ley positiva, es un nuevo Dios, es un nuevo mesías, su hacer se torna implacable, impecable, ajeno a la crítica. La fe agrupa como nunca. Se convierte en principio coordinador de lo irreal y posible. Su alimento una ideología fácil de digerir: la felicidad entendida como pueblo independiente.

La realidad mermada hasta la nada no importa. La fe es auténtica si brota libremente, espontáneamente, de la tierra que la cobija. La ficción en origen es esencial. La mentira se generaliza, se hace mayoritaria, todos se lo creen, todos tienen sus buenas dosis de fe, todos pueden salvarse. La realidad ha de someterse a su voluntad. Estamos a un paso del desastre. La posmodernidad triunfante convierte todo lo que toca en mero relato, la coartada perfecta para salvar la conciencia, la fe más íntima y preciada.

¡Qué panorama! Leía en estos días a Jesús García Maestro «Contra las musas de la ira. El materialismo filosófico como teoría de la literatura». Decía que Espinosa en la modernidad fue un lobo para Dios. Lo trituró con la razón, le dio un cuerpo en forma de naturaleza infinita, absoluta y no en acto, es decir irreal. Le robó su voluntad y lo despojó por irracional de deseo alguno. Lo vació. Cervantes hizo lo mismo con su literatura. Su Quijote era un Dios, tan divino como el hombre puede llegar a ser. Operó en la ficción hasta el límite, se le dio por loco, pero su razón subyacente sobrevivió y volvió a aflorar al final de la novela y de su paso a la muerte. Dos autores magistrales, defensores de la razón, lobos para Dios, combatientes con la armadura del saber de los fantasmas de lo superfluo, de lo mezquino, tramposo, e irracional, de la fe como motor y aval de todo tipo de hacer por muy soez y terrible que sea.

Ahora necesitamos un lobo para los nacionalismos de allende o de aquende que pretenden hacer implosionar por caducos y opresores a los estados-nación nacidos con la modernidad y cuyo «finis operantis» desde su génesis no era otro que: el interés común, una mejor redistribución de la riqueza, una sociedad política de ciudadanos comprometidos e iguales ante la ley para ser tratados en su diversidad conforme a las ideas de bien y justicia.

Hemos de escoger en la filosofía un sistema que muestre críticamente los límites de todo tipo de nacionalismo hasta desactivar su eficacia, consecuencias, posibilidades, ficciones, y engaños. Hemos de rescatar lo mejor de la filosofía, en un sentido académico e inmerso en el presente, para demoler esos monstruos de la imaginación  y de la fe que nos pueden con eficacia mortal debilitar y someter. La filosofía la tenemos, poseemos un buen saber de segundo grado a modo de «symploké» platónica que puede volver a la caverna y dar cuenta del peligro que nos acecha. Tenemos los textos, hay lectores, conocemos a muchos de los autores que con su obra logran que el materialismo filosófico continúe su curso argumentativo hacia la verdad demoliendo el error. Falta un número más potente de intérpretes, de transductores, que lo eleven al terreno de lo académico e institucionalicen su sistematicidad para así poder articular un discurso más ajustado a la razón.

Con el materialismo filosófico de Gustavo Bueno podemos ser y  estar más firmes. Sortear los envites de la vida estando con el que fue su buen hacer reflexivo. Sistemas filosóficos como el suyo no hay muchos y menos escritos en español.

Un recuerdo para el buen humor

Fecha: 28 julio, 2020 por: dariomartinez

Esto no es historia. Hablaré de un recuerdo recuperado. Es curioso pero la historia comienza cuando acaba la memoria. El tema es trivial, cargado de humor, de buen humor. Releer el documento que tengo entre manos y pongo a disposición de un lector desconocido (si es que lo hay) es especialmente agradable. Yo sólo poseo el texto, no soy autor, no quiero interpretarlo, soy un lector que repite la lectura incansablemente hasta intentar alcanzar su fondo de sabiduría: lo absurdo como ficción racional y profundamente original, agrupando lo distante, dándole un quiebro a lo previsible, sorteando lo normalizado y estandarizado.

Finales de los años 90. Éramos jóvenes gobernados por la libertad de lo agradable. Mandaba modestamente lo bueno, o eso creo. Nos hacía a todos mejores. Permitía que compartiésemos en los círculos de la amistad momentos de pura risa, de risa sincera. Fue una gran idea de su entrevistador y de su autor. Fue genial y espontáneo, y decidirse a plasmarlo sobre el papel un gran logro. Resultó difícil, la avalancha de delirios afortunados requería de una criba en ocasiones imposible. Larra lo logró. Gracias a ti de todo corazón. El protagonista un frente abierto para el buen humor. Nada de chascarrillos hirientes, de risas sobre los defectos de los otros, de soberbia infundada, de ninguneo del otro, de plagios inconfesables. Humor enriquecedor de los más próximos. Nos permitía contar sus historias en círculos diversos, casi desconocidos, nos facilitaba el encuentro. Así podíamos activar una conversación acudiendo al fácil recurso de: “un amigo en una entrevista apócrifa a Fernando Romay a la pregunta de…respondió…”

Con ellos quedaban fuera todas nuestras vicisitudes más tristes, amargas e íntimas. En la desinhibición de la broma el encuentro. Momentos para repetir. Para hacerlos nuestros en el sedimento cada vez más frágil de la memoria. Nuestra persona aumentada en su concavidad. Gracias también a ti Fredo.

 

Revista juvenil y gratuita Candanga. Supongo que primer trimestre del año 99, editada con pocos recursos y con muchas ganas por la que fuera la Asociación Juvenil Ágora:

Entrevista apócrifa a FERNANDO ROMAY

¿Mejor momento baloncestístico?

El machaque a la Cibona: a dos manos y sin respirar.

¿El peor?

La derrota en el Pabellón del Real Madrid contra el Licor-43 y el triple del cañonero Charly López Rodríguez de 9 m con 6 delante.

¿Dónde jugabas más cómodo, como 2 o como 5?

En ninguna de las dos posiciones, me gusta tener libertad en ataque.

¿Por qué rechazaste la oferta de los Lakers en 1987?

Por problemas personales con Kurt Rambis y porque la mujer no me dejaba ver a las chicas en la playa de L.A.

¿A qué te dedicas actualmente?

Soy showman, en general. Voy al Festimad, a Casa Pepe a tomar cacharros con Rullán, Georgy Dann, Raúl Sénder y J (jota) el de los Planetas. Toco el banjo y el trombón de barras.

Personalísimo

COMIDA PREFERIDA: Fabes con almejas y patates frites con chorizu y un güevu. ¡Ah! Y el chocolate blanco.

BEBIDA PREFERIDA: Bacardi-coca y Sprite (solo o con vodka).

GRUPOS PREFERIDOS: Manowar, Los Berrones, Offspring y Los Pegamoides sin Alaska.

LIBROS PREFERIDOS: “Huevos Cocidos” y “Caldereta de Triskis” de Arguiñano, y “En busca del tiempo perdido” de Proust.

CIUDADES PREFERIDAS: Almendralejo, Tazones, Rabat y Ujo.

CANTANTE PREFERIDO: Francisco, Sid Vicius y Paloma San Basilio.

CANCIÓN PREFERIDA: “Nothing´s gonna change my love for you” de Rick Astley, y el “La, La, La” de Sepultura (la versión de Massiel me deja indiferente).

PELÍCULA PREFERIDA: “Volver a empezar”, “Apolo XI”, “Moisés” y esa de Paco Martínez Soria que se pierde en la ciudad.

PERFUME: Barón Dandy, y Floïd pa las citas importantes.

POLÍTICO: Varios. Chaves, Gil, Xuan Xosé S. V., Iribarne.

COCHE: Unu grande, roju y la segadora.

PERSONAJE HISTÓRICO: Franco, Magallanes, Garrincha, J.J. Santos y Nat King Cole.

UN DESEO: La oficialidad del Asturianu, un acueducto pa Soria, pan, caramelos de eucalipto y/o cubalibre.

UN ANIMAL: El mejillón y el saltapraos, y de chaval les sacaveres y los vampiros.

UNA FRASE: “¿Tú, pa qué lees?” y “Pásame la pasta y la rasqueta, guaje”

 

Como todo arte, nada que añadir, nada que quitar. Obra presentada y acabada.

 

 

 

Aclaración amistosa

Fecha: 21 julio, 2020 por: dariomartinez

Breve. Cuando se dice por parte de ciertos países de la Unión Europea que son frugales, lo que se quiere significar es que realmente los otros, los que no son ellos, los del Sur, son unos derrochadores. Es decir, se dice más no diciendo que diciendo. Muy correcto y amable.

Brotes negros que no verdes

Fecha: por: dariomartinez

1.- Un primer diagnóstico

Siguen aumentando los contagios. Las autoridades sanitarias de cada una de nuestras autonomías se han adherido hasta hace bien poco a la responsabilidad individual. Se recomienda, se aconseja, se advierte, se sugiere. La política ejecutada consistió en apelar al principio de existencia de un ciudadano formado, concienciado, voluntarioso, libre, para poder seleccionar lo que en cada momento debe hacer. Es obvio que se trabaja con una baraja trucada.

Las medidas adoptadas estaban impregnadas de lo que cada uno debería ser, en lo mejor de cada uno, ajustado a los valores fundamentales e incuestionables sobre lo que todos creemos entender como Estado social y de derecho; un equilibrio, una armonía, un perfecto orden, entre el individuo, el ciudadano, y el grupo. Pero la realidad es tozuda. La sociedad española entendida como un todo distributivo venido a menos y espoleado hacia un reparto asimétrico de los bienes inicialmente compartidos se dirige hacia la arbitrariedad. Un Estado así no limita las diferencias sino que extiende lo desequilibrios en nombre de indentidades que se suponen y por su abstracción no se sabe qué son. Resultan eficaces para dar cuenta y tergiversar lo concreto y privilegiar a un tiempo a sus respectivos feudos de poder.

2.- Del ser, no del deber ser

Los ciudadanos españoles son de carne y hueso. Su cuerpo y su yo son uno, nada tienen de especial con respecto al resto de los demás mortales. Su yo, su mente, su conciencia, es su cuerpo, su hacer. Son inseparables, aunque sólo sea para vivir.

Kant apelaba a una razón práctica pura, sin coacciones, absolutamente libre, apoyado en un Dios desconocido, casi superfluo, como garante de un imperativo categórico que no podía admitir excepciones, que doblegaba las circunstancias a la voluntad como representación práctica de lo que debe hacerse, que prescribía un buen hacer práctico esclavo de la ley moral que aspiraba a lo más elevado, a la santidad, al hacer trascendental y en favor de la humanidad en su totalidad. Esa libertad sin coacciones no podía errar, era ajena a la mentira…y en realidad era un sujeto sin manos.

No hay duda. El pietista Kant no se había leído a Espinosa. El hombre puede ser razón pero dominan en él los afectos. Se ocupó de reflexionar sobre lo que los hombres son, no sobre lo que le gustaría que fuesen. No los elevó, pero tampoco los condenó. Los menos, los más sabios, podían alcanzar el estatus de divinos por acciones orientadas al mantenimiento de la vida de los demás.

El Dios de las religiones de estirpe literaria, no sagrada, no desea, no tiene voluntad, es naturaleza «natura naturans», es impersonal, es perfecto, es geométrico, pero no es acto, es decir no existe. La condena asegurada. La censura a las puertas de su casa. Su miseria, su prohibición de acceso a la república del saber, a la recepción e interpretación de su reflexionar racional a lo más prestigioso del pensamiento académico imposible en vida. Un clandestino que debía ser especialmente cauteloso. Callar lo que pensaba y plasmar sobre el papel lo que en público no podía decir (en términos de Kant: “no podía ejercer su libertad privada”).

3.- El ser del SARS- CoV-2

A hombros de Espinosa. Los brotes de la Covid-19 aumentan, se teme la llegada de una trasmisión comunitaria. El confinamiento una posibilidad de futuro plausible en ciertos territorios de España.  Marco Aurelio decía: «El universo, mudanza; la vida, firmeza» y  Gustavo Bueno atrapaba dicha máxima para su filosofar. Esta pandemia es puro devenir. Marcada por un ser impersonal sin vida, sin capacidad para reproducirse, que existe, que no es una ficción parida por la imaginación y divulgada al gran público como un relato verosímil y del que sólo podemos dudar como pontifican los persuasivos posmodernos. Es una realidad que permanece en su ser, que lucha por mantenerse, que tiene un «conatus» hasta ahora tan poderoso como para no poder ser dominado tecnológicamente, es decir no poder médicamente triturarlo hasta su no ser o al menos doblegarlo hasta su inacción. Curiosa existencia que es mucho más que un fenómeno psicológico. La enfermedad muta, está activa, no es propositiva, pero sus consecuencias nos afectan.

Esta enfermedad puede poner en riesgo nuestras vidas. Sabiamente hemos de velar por el mantenimiento de nuestro ser, permanecer firmes. Hemos de reflexionar sobre la vida. Es la ciencia médica la que mejor puede controlar esta realidad. Aquí no valen las supersticiones, los pseudosaberes, o lo extravagante. Tampoco las medicinas alternativas o las soluciones milagrosas de carácter gnóstico, imposibles de someterse a método alguno, de diagnosticar con el rigor necesario su cierre categorial coordinado por principios anantrópicos y comprometidos con el rigor de una hacer asociado a la verdad y con forma de ley,  imposibles de enseñar, y lo que es peor: sólo para elegidos. La vida requiere de saber, de firmeza y esta es la verdadera libertad. Es lucha, es capacidad y su resultado no es otro que los límites de nuestra libertad de.

Lo triste, en el sentido de hacer práctico humano no orientado hacia la vida y el enriquecimiento de nuestra persona en el seno de un sociedad de personas, es que los actos dominados por la ideología de la felicidad y por el «hago lo que me da la gana» sino generalizados sí son más frecuentes de lo deseado, y lo deseado en este caso ha de ser el interés común, el bienestar de la mayoría, la vida en común y en buen orden (eutaxia), es decir libres de la temida enfermedad vírica que nos azota.

Falacias y no buenos argumentos

Fecha: 13 julio, 2020 por: dariomartinez

Hoy los discursos públicos no son capaces de despegar de la opinión. La paloma de la razón de Kant ya no necesita alcanzar el vacío para no volar, para no alcanzar la verdad. La mutación nihilista ha hecho que le sea prescindible, de paloma a gallina. Es difícil argumentar, dar brillo a ideas a partir de términos, palabras y conceptos apoyados en saberes seguros que puedan dilucidar las posibles causas de los problemas y vislumbrar las posibles soluciones limitadas y problemáticas que se nos ofrecen en el ámbito de lo estrictamente humano, y más concretamente de lo político entendido como buen orden del Estado.

Sin una filosofía académica reconocida e incorporada para su discusión al ámbito académico los límites de la razón se diluyen, se convierten en frágiles burbujas expuestas a la fácil desaparición. En el mundo del puro relato posmoderno todo es isovalente. El respeto psicológico manda. En cambio el respeto lógico y orientado al rigor de la verdad en forma de construcción de un decir bien organizado en forma de «symploké» está casi condenado. Los falsos argumentos dominan. Las falacias se ejecutan con absoluta impunidad. La democracia se convierte con paso firme en «oclocracia», gobierno de la mayoría no preparada para dar cuenta de los problemas que ponen en peligro la estabilidad misma del Estado. Las parcelas del poder en España se feudalizan. Uno de los síntomas más eficaces de nuestra estructura autonómica del Estado es la manera tan sencilla de eludir responsabilidades. El falso argumento es una herramienta poderosa. Lo sabían los sofistas, por ello lo alentaban y lo estimulaban, lo de menos era el cumplimiento de las leyes u orientar su saber hacia la verdad, una verdad que habría de construirse a través de un lenguaje en forma de silogismo problemático, no demostrativo o científico. Este silogismo dialéctico se apoya en el acuerdo de la opinión de la mayoría, está abierto a discusión, es el argumento más probable, y de él se han de extraer siguiendo los pasos precisos, lógicos, las conclusiones pertinentes. Entre las premisas y las conclusiones no han de darse pasos o transiciones incorrectas. Hemos de eludir las falacias, los raciocinios interesadamente erróneos, las mentiras dirigidas a los privilegios de unos pocos y a la debilidad del Estado.

No podemos obviar que la política es difícil y lo es porque ha de tratar con ciudadanos de carne y hueso, ciudadanos en los que dominan las afecciones, las pasiones, los intereses propios, y no la razón. La política ha de pensarse con la mirada puesta en lo que los ciudadanos son, no en lo que deberían ser dando lugar a una forma de reflexionar errónea porque no puede penetrar en lo inexistente. De ser como debería ser el ejercicio de la político sería más sencillo, menos problemático, más previsible, menos exigente.

En estos días. Un brote de la COVID-19 se detecta en Cataluña, entre otros muchos territorios de España (o el Estado español si no queremos herir sensibilidades). La campaña de recogida de fruta está en su momento más intenso. El trabajo ajeno a procesos tecnológicos requiere de un gran esfuerzo. La cantera del tercer mundo es inagotable. En este caso, según las informaciones de las que disponemos,  hablamos de ciudadanos marroquíes y argelinos en su mayoría. Es un trabajo temporal. La eficacia se exige. El trabajo ha de ser riguroso, profesional, sometido a escasos errores, en el límite ninguno. Se ha de intentar recogerlo todo, y además bien, o sea con prontitud y ajustándose a los ritmos del campo. En la cadena de producción, del campo a la mesa, el coste mínimo de inicio es norma. Los productos del campo en origen son económicos, este hecho es por todos conocido. La inversión en capital fijo es estable, mínima, el trabajo de recolección no requiere de la destreza de un operador que domine una tecnología que medie entre el individuo y la naturaleza. Requiere fuerza, tesón, paciencia, y aceptación de lo rutinario como necesidad ineludible. La inversión en capital variable, sueldos, es la suficiente para mantener la vida aquí y a la vez tener la esperanza de poder prosperar en su tierra natal. Pues bien, con el hacinamiento y unas condiciones de vida limitadas, sin lujos, con las comodidades justas las posibilidades para que aparezca un foco de contagios son elevadas. Saltan las alarmas. Las competencias sanitarias ahora están transferidas a la comunidad autónoma catalana. Aparece un problema de envergadura. Se ha de hacer un buen diagnóstico, entender las causas del contagio, pero también es la oportunidad para el discurso fácil, el pseudoargumento, el silogismo sofístico, no dialéctico, apoyado en la opinión de la mayoría y cuyo tránsito de las premisas a la conclusión siendo ilógico resulta irrefutable, por dogmático no por veraz.  La falacia es muy simple. Se trata de ofrecer al ciudadano catalán una causa como fenómeno directamente relacionado con un hecho, causa que es aparente, engañosa, pero que resulta persuasiva, dominante, e indiscutible. Dicha falsa correlación es una mera coincidencia en el tiempo, pero no es una cuestión con forma de ley impersonal y determinante del problema sanitario planteado. La causa no es ni puede ser el Estado español, y en el mejor de los casos sería por su no hacer, más que por su hacer. Las causas son otras, ya más arriba sugeridas, y la responsabilidad de un buen gobernante es intentar trabajar con buenos argumentos para intentar atajar o resolver los problemas de sus ciudadanos, no de los ciudadanos tal y como deberían ser y ellos los quieren ver.

 

Del sumidero de la censura

Fecha: 7 julio, 2020 por: dariomartinez

No voy a negar que es un tema que levanta pasiones. Resulta directamente vivido por todos, de él todos podemos decir algo, siempre que nuestro juicio no sea en extremo débil o simplemente uno no esté enfermo. Le sucede también a ideas como la de tiempo y la de justicia, todos las conocen, todos tienen su opinión al respecto, pero lo curioso del caso es que la situación se complica al preguntar de forma directa sobre el asunto. La interrogación socrática es cuando menos dolorosa. No gusta, tendemos públicamente a obviarla. Estamos más seguros en el terreno de lo compartido y no rumiado. Con el nihilismo triunfante el campo compartido para la reflexión se estrecha. Cada opinión particular se consolida, al ser exclusiva se estima como única, diferente y lo que es peor original. El tópico pierde las causas que lo materializan y se presenta como apariencia desconocida, más creíble que, por supuesto, sabida. La imaginación sin el apoyo de la razón ya no inventa ficciones atractivas, bellas, misteriosas, apasionantes, poéticas, sino que se construyen sin ningún tipo de sentido procesos falsos de reflexión cargados del mal del irracionalismo. Amparados por la posmodernidad lo mediocre domina por atractivo. Lo extravagante pasa a ser extraordinario y peligrosamente mayoritario. Las nuevas adhesiones requieren de fe, se convierten en doctrinas amparadas en principios evidentes de autoridad, se cancela el debate como combate geometrizado de ideas paridas por conceptos categoriales rigurosos, se consolidan como dogma y se exponen como fundamento inexpugnable, ajeno a la duda, a la crítica en el sentido de clasificación, jerarquización, discriminación, y sistematización, y se llega por fin a la censura a modo de heurística negativa fácil.

¿Qué pasa hoy con la censura? Al preguntarlo para negarla el interlocutor suele salir por la vía individual, se cae en una especie de solipsismo posmoderno, se analiza la vivencia propia y se traslada a todos, no acreditando la verdad de la conclusión, pero sí dando crédito a la verosimilitud del diagnóstico. Se suspende el juicio, se cancela la discusión, no se puede dar un paso más, la verdad se desprecia al sumergirse en lo psicológico, en fenómenos asociados a los sentimientos, las pasiones, las emociones. “Yo lo veo y lo entiendo así, tú lo ves y lo entiendes de otro modo”. Eterno empate. La salida de la caverna de Platón una utopía, cuando no una quimera. La labor posmoderna todo un triunfo. Todo es un relato y el que más persuade no es el propietario del argumento comprometido con la verdad sino aquel que guarda mejor las formas y no permite dañar ninguna sensibilidad. ¿Dónde queda el lema “antes la verdad que la paz”? Pero la pregunta es: ¿se puede libremente, es decir, se puede orientar el discurso hacia lo mejor, la justicia, la verdad y el bien y poder debatir sin coacciones que de algún modo limiten el saber? De otra forma, ¿hay censura? En caso afirmativo, ¿de qué tipo/s de censura/s hablamos? Es un tema de calado, estoy seguro de que no resolveré la mayoría de las dudas, quedarán muchos matices en el tintero, temas sin recoger pero al menos será un apunte. Vaya por delante, hay censuras. La censura es la cancelación de todo discurso que tenga como propósito el enriquecimiento de la persona, la construcción racional y rigurosa de verdades, lo mejor, la libertad y el interés común para el conjunto de los ciudadanos (la estabilidad del Estado), su eliminación tiene como consecuencia el fomento del odio, la ira y lo pasional, hasta un fanatismo capaz de habilitar cualquier acto de violencia gratuita contra la integridad de una persona o grupo de personas.

La censura hoy existe. No es algo exclusivo de nuestro presente en marcha. Nietzsche quiso acabar con un dios que ya estaba muerto por imposibilidad lógica y carencia de voluntad. Al matarlo a él lo que logró fue la muerte de la verdad y la puesta en solfa de toda realidad. El asesinato del dios nietzschano es irracional porque acaba con la ontología general y reduce las regiones de lo real a lo físico, a lo positivo según sus palabras, al único mundo existente. Convierte lo psicológico en fisiológico o biológico y vacía de contenidos las regiones de lo estrictamente anantrópico y universal. El gallo del relativismo posmoderno. Con Schopenhauer lo real se transforma en voluntad, para ser no necesita existir, es mera posibilidad, no hay lógica, no hay principio de contradicción, Husserl intentará un imposible: sistematizar fenomenológicamente lo incognoscible. En el fragor de inicios del siglo XX de la nada lo misterioso, lo absoluto, lo no conceptualizado, lo ajeno a las ciencias institucionalizadas y cargadas de verdades sistemáticas, se impone, y lo hace para dar cuenta de lo concreto, de sus regiones de lo real, de una forma particular, torticera, azarosa, pero atractiva, cautivadora. Sin asideros de verdad todo es posible.

Por tanto la censura existe y se acepta como desconocimiento, ignorancia premeditada de la verdad fraguada en los laboratorios, construida con esfuerzo, sistematizada, derivada de principios anatrópicos que coordinan los teoremas y las teorías, que categorizan las diferentes parcelas de la realidad, que muestran la imposibilidad de una armonización perfecta por irracional y utópica, que fustiga los reduccionismos por metafísicos. Verdades construidas por especialistas, abstractas, no democráticas, institucionalizadas y hoy puestas en el disparadero de la fatuidad desde las trincheras de nuestras universidades. Repito, estos saberes están censurados a una mayor cantidad de población, le son desconocidos por falta de competencia para poder entenderlos.

Pero la censura no se reduce al desconocimiento de saberes complejos. Hay censura ideológica, política, artística, no solo una censura jurídica dirigida a la penalización racional de la exaltación de la muerte, de la violencia gratuita amparada en la raza, en el pueblo puro, en la etnia o en la tribu, sino que comienza a proliferar un tipo de censura de la mayoría que no quiere ni por asomo posibilitar el debate hacia lo mejor, la verdad o el bien. Y todo comienza por las élites académicas y políticas que en su condición de transductores, de intérpretes de lo correcto, de lo que ha de asimilarse, enseñarse, e institucionalizarse en favor de sus privilegios mezquinos y feudales disfrazados de la fuerza de una mayoría entendida como totalidad atributiva independiente, soberana y por supuesto autónoma, de modo performativo nos venden como saber obligado. En el nuevo populismo posmoderno, en la nueva democracia trufada y dañada hasta convertirla en «oclocracia», la disidencia en forma de discrepancia se censura, se rechaza, se le impide acceder al reconocimiento público, a no ser que sea para vilipendiarla, etiquetarla o destriparla con argumentos ad hominen. Hoy no se permite decir, incluso en los círculos de la amistad, aquello que pueda dañar u ofender a los oídos piadosos  «piarum aurum ofensiva»,  a los ya convencidos. Esta censura de la multitud da como resultado la autocensura. El mantenimiento de la amistad y de los lazos familiares pasan desgraciadamente  por el silencio. La ética se atomiza en forma de individualidades diminutas inalterables por el empeño asfixiante de una moral en forma de pathos dominante que logra con mayor frecuencia alcanzar las cotas seguras del derecho al cristalizar como leyes. Espinosa tuvo cautela y logró no ser linchado en la plaza pública holandesa de su época, hoy la prudencia se requiere para no ser vituperado en el círculo de los más allegados. A su vez  la bioética se fortalece interesadamente como ideología dominante gracias al apoyo de una censura articulada en la ignorancia de asuntos contaminados desde su génesis y analizados con una simplicidad capaz de obviar la complejidad de los problemas relacionados con los individuos entendidos como personas derivados de los avances tecnológicos y científicos en campos como la biomedicina (v.g. eutanasia, aborto, clonación, vientres de alquiler).

Prueba: nunca como hasta ahora hubo tal número de personas tachadas de fascistas. Desde la filas de la llamada derecha, como desde las filas de la llamada izquierda, tanto monta monta tanto.

La inmortalidad de un genio: Ennio Morricone

Fecha: 6 julio, 2020 por: dariomartinez

No es obligatorio. Para nada es necesario. Sin coacciones. Decisión libre que aspiro a proyectar hacia lo mejor. Me reconforta poder recordar a Ennio Morricone. Acompañó muchos de mis largos viajes por Castilla y León. Eludió con su música el tedio de un viaje repetido por obligación y en soledad. Compositor magistral, genial, a la altura de los menos, elevado a lo divino. Desmaterializó el arte con la melodía perfecta. Empujó con la fuerza justa del sonido las imágenes de películas inolvidables. Su música tomó las riendas de un poetizar dramatizado en un presente de ficción con un equilibrio tan apolíneo como fascinante. Su hacer fue laudable e inmortal, geométrico, racional y estéticamente puro. Quien no sienta la belleza de su música es como una simple roca que en el lecho de su cauce sólo pude dejar deslizar el fluir de la corriente de un agua que no la altera. Se ganó el respeto de todos, de los entendidos y de los que como yo somos meros espectadores que sentimos una música tan llena y de embriagadora belleza que somatizamos lo inexpugnable a través de un vello cada vez más escaso que se nos eriza, momentos en los que no permitimos ningún tipo de interrupción; música apta para escuchar y avalada para ordenar un silencio que no se puede quebrar.

Algunos de mis mejores amigos disfrutaron de uno de sus últimos conciertos en directo, en su Italia, con su público más cercano, con sus paisanos. Les envidio y me alegro de su suerte. Creo que si hubiese ido con ellos me vería en la tesitura de controlar las lágrimas por vergüenza, sería algo mágico, a la altura de quien eleva la persona a lo más alto. Esa magia única por fortuna trasciende su persona, no muere. Su arte no es algo meramente físico, no se reduce a un conjunto de ondas que viajan por el aire, no es tampoco lo que cada uno experimenta, ni lo que pensó su autor  al albur de sus circunstancias, no se puede reducir a un mero fenómeno psicológico, es también una hacer objetivado, público y universal; es un saber hacer sometido a la interpretación más severa, transducido e institucionalizado a nivel académico por méritos propios. Todo ello ha de entenderse como contenidos materiales necesarios, que se pueden disociar, pero jamás separar.

Un encuentro a recordar. La guapísima Claudia Cardinale se presenta con puntualidad en su destino programado. Llega su hora y en esta ocasión es sólo el inicio de una nueva vida, no es su muerte. Todo aparentemente normal. La ciudad es bulliciosa, dinámica, hombres libres y no tan libres circulan con rapidez. Son átomos de yoes con sus trayectorias de vida independientes. En el caos de lo diverso hay una esencia en forma de mano negra que lo armoniza. Es la obra maestra desde el origen del pueblo americano. Como todos cree estar segura en ese orden. La familia, casi desconocida, su visado para un mundo lleno de oportunidades y de obstáculos. Todo está en orden, parece que nada falta. Su equipaje, la estación elegida, su determinación y convicción. En el ir y venir de una estación del Oeste el tiempo asociado a un lugar como ese es efímero, es un  presente reducido a sus máximas cotas de devenir, tan perentorio que casi queda en el instante. Todo cambia, nadie queda. Sola, con la sola música de Morricone que la dirigirá. La belleza permanece en la imagen de una mujer decidida a continuar pero que el espectador ve como inexorablemente se postra a la música. Se silencian los diálogos, se prescinde de lo rutinario porque se doblega a una melodía invisible que la empuja al drama que le espera. Permanecer allí no tiene sentido. Darse la vuelta no es una posibilidad (Nueva Orleans). Ha de seguir con su sueño (Sweet water), cueste lo que cueste. El pasado se cancela, el futuro se le abre de par en par, no se dice pero se escucha, ningún espectador lo puede dudar. Pocos compositores fueron capaces de poner de rodillas en una escena de cine la imagen en favor de una melodía escogida para el gran público. Morricone lo logró y no sólo eso, lo hizo habitual, lo convirtió en virtud. Su término medio en el terreno del arte fue lo sublime. ¡Qué grande!

Rindiéndonos a su talento le damos las gracias. Su inmortalidad, ahora sí, está garantizada. Fácil tarea cuando está sobradamente acreditada.