Una confusión común y preocupante

Fecha: 24 mayo, 2019 por: dariomartinez

Un encuentro moral que no ético

Inicio de la nueva legislatura. Constitución de la Cámara baja. Los representantes elegidos vía sufragio universal acuden a recoger sus acreditaciones. Todo en orden, es lo esperable. En la ceremonia de obligado cumplimiento se ha de jurar o prometer cumplir con la Constitución española. El espectáculo es por desgracia también esperable. Encontramos habitual lo que a todas luces resulta chabacano, pobre y sobre todo muy simple, por ser una especie de pataleta infantil. El problema es que nuestras leyes cargadas de formalismo hasta el tuétano no logran materializarse y no lo hacen por falta de fuerza, es decir de control que, de forma violenta y racional, obligue a respetar el marco de convivencia por todos compartid

Sin ser esto poco aún hay más. Casualmente el líder del partido más votado en las últimas elecciones y el líder en prisión preventiva de la fuerza más votada en la circunscripción de Cataluña se encuentran. Se dicen unas palabras. Todos las conocemos, no voy a reproducirlas. Lo interesante de esto, que no es para nada banal, es que mezclan hasta la más insensata confusión ética con moral. Éticamente es cuando menos cortés, educado, ajustado a las formas presididas por la igualdad el saludarse, el entenderse entre iguales, como individuos independientes y que en su relación se intenta velar por lo mejor para cada uno de ellos. A nivel ético nuestra persona individual goza de la mayor presencia posible, en este contexto se ha de velar por la promoción y por la vida de tu persona y de tus iguales. Es una virtud prioritaria la amistad. Aristóteles lo supo entender perfectamente. ¿Ocurre lo mismo con la moral? No. Las relaciones son otras. En el caso que tratamos son políticas. La persona individual sin llegar a ser neutralizada pasa a un segundo plano. Se han de priorizar los intereses del grupo que cada uno de ellos representa. No se intercambian unas palabras el Sr. Pedro Sánchez ni el Sr. Oriol Junqueras, el diálogo en este caso va más allá. Por este motivo: “Bueno… vamos. Tenemos que intentarlo. Está bien, venga hablamos. No te preocupes” tiene un significado moral o político que nada tiene que ver con la ética. Y ese significado si hemos de entenderlo como un principio del que cabe extraer conclusiones en forma de cadena deductiva resulta muy preocupante. ¿Por qué? Por que políticamente el Sr. Sánchez ha de velar en el ejercicio de su labor política por la estabilidad y la pervivencia del Estado, de la nación española, mientras que el Sr. Junqueras en su limitada, por ahora, labor política ha de promover el nacimiento de un Estado en forma de república que se lleve por delante lo que conocemos como la actual España política. En fin, en este caso la sintonía ética nada tiene que ver con la sintonía moral o política y no verlo e incluso incidir en la confusión desde las más altas esferas políticas de nuestro país es cuando menos preocupante. Empezamos bien.

     

¡Cuidado con la felicidad!

Fecha: 23 mayo, 2019 por: dariomartinez

El gran santo de Hipona, Agustín, nos colocaba sobre la pista. Por próximo y cotidiano hasta el extremo de vivirlo inexorablemente todos somos conocedores y por lo tanto podemos legítimamente opinar sobre el significado del tiempo. Es así que todo el mundo sabe lo que es a no ser que se le pregunte. Aquí la cosa cambia. Si uno es atrevido lo que imprudentemente hace es más o menos divagar, y en esta papilla de opiniones trilladas lo que sale es algo vago, tremendamente confuso y por supuesto ubicado en la esencia misma de un yo no menos confuso. En última instancia el proceso decidido de introspección nos lleva al silencio, refugio sincero de una verdad asociada a un Dios desconocido, aislado en su voluntad infinita de la razón y conocido por el que sólo tiene fe.
Dando un salto a nuestro presente en marcha. Leo en su periódico una entrevista a Margarita Álvarez, impulsora del Instituto de la Felicidad de la empresa de refrescos más famosa y poderosa del mundo. La felicidad en forma de chispa de la vida flota en el aire. Es conocida por todos, sólo aislándose ascéticamente del mundanal ruido puede uno obviarla. Es cercana, es inmediata, es confusa pero sobre todo es dominadora, poderosa, y por supuesto una técnica eficaz para el control del ciudadano libre y consumidor. La idea de felicidad, extraordinariamente cambiante, con sus contenidos dinámicos y heterogéneos, se nos quiere vender como un concepto, como un hecho empírico sito en el espacio y en el tiempo, tridimensional, seguro, medible por una ciencia entendida en su hacer diferencial y específico como ontológicamente comprometida con la verdad al poder objetivamente describir una realidad accesible a los sentidos. Así la felicidad es una situación de actividad vital situada entre los dos hemisferios del cerebro del lóbulo parietal y concretamente en el precúneo. Más sencillo, es un aumento en dicha zona del volumen de la materia gris de nuestro cerebro y que opera causalmente en la toma de nuestras decisiones, por supuesto impregnadas de emociones dirigidas a nuestro bienestar y felicidad.
Para lograr ser más feliz se recomienda una especie de budismo laico, muy del gusto de un occidente posmoderno, que nos ayude a sumergirnos en nosotros mismos, elevar nuestro grado de ensimismamiento y dejar de lado los problemas de los demás, es decir despreocuparse hasta cancelar una virtud ética como la generosidad o lucha por hacer del otro mejor persona. ¡Si eso lo realiza un médico a tiempo completo vamos apañados! Eso sí, cada uno de nosotros sería individualmente más feliz.
En fin, la felicidad no es una categoría científica de la que se pueda dar cuenta de forma definitiva, no se puede sistemáticamente clausurar a modo de teorema matemático, tampoco es individual sino que ha de entenderse en un marco social en marcha y que depende de los demás. Los que me rodean me han de importar y sólo el sabio es feliz cuando no se desliga de las vicisitudes del presente que le toca vivir. Hoy erróneamente creemos que ser feliz parece ser una virtud individual cuando menos egoísta.
Los resultados de las ciencias, caso especial de la neurociencia en lo relativo a la felicidad, hemos de entenderlos como ideológicos y esto porque es una idea que no puede reducirse, sin caer en la mentira, a categoría científica.
En definitiva, hoy la felicidad no es otra cosa que una idea mito que urge triturar en sus contenidos perniciosos.



El club de los pésimos poetas

Fecha: 6 mayo, 2019 por: dariomartinez

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De algún modo me retrotrae al pasado. Una virtud del nacionalismo, inyectar tiempos pasados que fueron mejores como mecanismo articulador de sus políticas del presente de cara al futuro. En mi caso no es esa pasión ciega la que me atrapa, ¡por fortuna!

En una de las películas protagonizada por el actor ya fallecido Robin Williams, éste interpreta a un profesor de literatura, el Sr. Keating.  En un momento de especial emoción logra extraer lo mejor como poeta de uno de sus alumnos (Ethan Hawke), dicha virtud se halla oculta por la coraza de la angustia, su poder hace que su autoestima sea baja. El Sr. Keating quiere que la faceta poética del alumno sea expuesta, desvelada delante de sus compañeros de clase. Ejerce su autoridad como profesor haciendo crecer al alumno. Lo hace separándolo de los demás, lo abstrae, para ello le cierra los ojos y le suplica que se centre en sí mismo, que haga un ejercicio decidido de introspección y acuda a la raíz misma de su yo. La negativa inicialmente persiste, no es fácil de doblegar, el alumno no ha sido vencido para la causa de la recitación poética. Acude a una nueva artimaña, le sugiere una frase de inicio: “el tío Wolff…”, una escalera de acceso que una vez iniciada le sirva de inercia para poder alcanzar su mejor versión, vendría a ser una especia de fuerza catártica que le conduce a lo más puro, a lo más real, a lo más auténtico. ”De dientes sudorosos…” comienza el angustiado alumno, la sorpresa es generalizada, la de él, la del profesor, la de sus compañeros o público que asiste a lo mejor de un hacer poético desvelado como bello. La estética de raíz griega se materializa. El asombro es mayúsculo. Su yo se eleva y su autoestima al ganarse el reconocimiento de sus compañeros por méritos propios. Se gana un sitio de privilegio en el Club de los Poetas Muertos.

Pero a lo que vamos es a otro asunto. El tuit de la Sra. De Gispert. Es el mismo procedimiento que más arriba hemos descrito, si bien el resultado es otro. Girauta, Arrimadas, Maillo, Dolors Montserrat con sus críticas se amoldan a lo hecho en su aula por el Sr. Keating. La espolean con sus críticas y lo que finalmente extraen es su verdadero yo, está vez en las antípodas de la buena poesía, al menos en el sentido griego asociado a la belleza. Lo que aflora es un yo primitivo, simple, rancio, de escaso recorrido pero de contrastada eficacia para mantener sus privilegios y la de sus correligionarios. Asoma el insulto, la metáfora fácil e infantil del que vive pertrechado de odio, en ocasiones disimulado, en ocasiones explicito. Como resultado el asalto merecido por su compromiso con una parte de los catalanes a la Cruz de Sant Jordi.

Realmente esto parece el mundo al revés. Siempre creí que el reconocimiento público iba asociado a los méritos vinculados con el saber, el esfuerzo, la razón, el hacer que nos enriquezca como personas, que nos haga mejores. Pero veo que estoy en el error. Al menos puedo decir que sé reconocerlo.
https://mas.lne.es/cartasdeloslectores/carta/34341/club-pesimos-poetas.html