De nuestro sistema educativo

Fecha: 31 enero, 2018 por: dariomartinez

El equilibrio necesario para que un sistema educativo resulte eficaz pasa porque la autoridad del profesorado sea reconocida más allá de la mera garantía jurídica o del derecho, pasa por un reconocimiento político y social en donde el papel del profesor sea responsablemente asumido por los protagonistas del proceso educativo, desde las familias a los más altos cargos políticos pasando evidentemente por los alumnos. Dicha autoridad debe navegar entre el ordeno y mando y el mero consejo, debe procurar obligar voluntariamente al alumno en su necesidad de esforzarse para saber, orientarlo para que procure, como ciudadano de pleno derecho que responsablemente puede ejercer su voto, salir de la caverna de la mera opinión espontáneamente fundada y cuyo recorrido no va más allá del mero tópico manido y trillado, es decir: poco original y de escaso recorrido. En definitiva, que todos los miembros de la comunidad educativa sean conscientes de que su persona moral es ajena a la igualdad; el profesor no es igual que el alumno, los padres no son iguales a los hijos. ¿Si todos fuésemos moralmente iguales, si todos tenemos nuestras opiniones, si todos ponemos en forma de discurso el mismo grado de verdad y argumentación entonces para qué educar y procurar que nuestros alumnos aspiren, según la tradición griega y occidental, a un saber comprometido con la verdad?

Por tanto, dicho plan educativo pasa por dejar claro cuál es el rol de cada uno de los protagonistas del proceso educativo, si esto funciona dirigiremos nuestra actuación educativa hacia el bien, hacia lo mejor, en cambio si cada uno va por su cuenta, en esta sociedad de individualidades escasamente comprometidas con cualquier proyecto social de convivencia, entonces vamos apañados.

Diecisiete modelos autonómicos más el de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla bajo la aureola metafísica de una armonía buenista sin justificar e ineficaz parece que no están dando los resultados apetecidos. Competir entre nosotros, ponerle trabas al vecino, no es más que errar la dirección de nuestro sistema educativo, y no ser conscientes de ello es la clave que nos puede permitir entender por qué no se produce de una vez por todas el tan ansiado Pacto por la Educación.

Confusión sin salida

Fecha: por: dariomartinez

Contra la confusión sin salida: Cataluña hoy

La mayoría de nosotros durante estos días hemos reflexionado con mayor o menor grado de acierto sobre la situación derivada del conflicto nacionalista y secesionista en Cataluña. Parece claro que a la hora de abordarlo la dicotomía tradicional e ideológica entre izquierda y derecha no sirve para superar la aporía a la que nos conduce la posible declaración unilateral de independencia por parte de los miembros del Parlamento de Cataluña. El formato doctrinal de ambos posicionamientos ideológicos es extremadamente confuso y esto se retroalimenta con un agente aún más distorsionador como es el nacionalismo de corte étnico, que no político, identificado con el pueblo, con su espíritu o lengua y por supuesto con su territorio y correspondientes fronteras, estos es: una nación un estado, el carro delante de los bueyes.

Ahora bien, ¿es posible sacudirse esta pesada carga de dominio y permanente confusión en la que incluso nos parece que desde cada una de dichas plataformas ideológicas el que no piensa igual es simplemente tildado de fascista? No hay soluciones fáciles, no me considero del tipo de líder carismático e iluminado capaz de encontrar soluciones sencillas a tensiones sociales permanentes y difíciles, pero si podríamos decir que para ir un poco más allá del fango político en que estamos instalados, por causa de una sobreinformación que no somos capaces de asimilar, si valdría acudir a los griegos, a los primeros filósofos. ¿Por qué no ver el conflicto catalán de hoy como un debate entendido como combate dialéctico entre ideas defendidas por quienes se ponen del lado de Sócrates y los que se ponen del lado de los sofistas? No es una cuestión entre derechas e izquierdas, es una cuestión en torno a la pervivencia del Estado, entre socráticos y sofistas. Para los primeros el cumplimiento de la ley es una obligación, cumplirla es la pieza angular indispensable para que el individuo, en tanto que miembro de la sociedad, aspire a ser libre y además se esfuerce en procurar el bien común entendido como vivir bien del conjunto de los ciudadanos. Para los sofistas, en cambio, lo prioritario es el interés particular, no obedecer las leyes puede resultar más beneficioso, el arma de la retórica, del discurso orientado a las emociones, a los sentimientos ajenos a la verdad y a la justicia, es poder; un sistema político como el nuestro trufado y dirigido por minorías rebeldes que imponen sus intereses particulares, al albur de una mayoría dominada por la desafección o el desinterés por la política, es un motivo perfecto para que la democracia se corrompa y se transforme en demagogia. Luego, el problema de hoy ya no es una cuestión que se resuelva acudiendo a parámetros políticos modernos como los de izquierdas y derechas, mejor sustituirlos por parámetros más claros, más tradicionales, como los de sofistas y socráticos.

Para acabar y aclarar el asunto dejemos hablar a Sócrates en el Critón o el deber de Platón: “Pero también los que permanecen, después de haber considerado detenidamente de qué manera ejercemos la justicia y qué policía hacemos observar en la república, yo les digo que están obligados a hacer todo lo que les mandemos, y si desobedecen, yo los declaro injustos por tres infracciones: porque no obedecen a quien les ha hecho nacer; porque, desprecian a quien los ha alimentado; porque, estando obligados a obedecerme, violan la fe jurada, y no se toman el trabajo de convencerme si se les obliga a alguna cosa injusta; y bien que no haga más que proponer sencillamente las cosas sin usar de violencia para hacerme obedecer, y que les dé la elección entre obedecer o convencernos de injusticia, ellos no hacen ni lo uno ni lo otro”.

A Pedro Olalla

Fecha: por: dariomartinez

¡Qué maravilla! Emociona ver que un paisano con el que sin saber compartiste días de tu infancia en tu pequeño pueblo pueda albergar con gran personalidad un saber sobre Grecia, desde la clásica hasta la de hoy, tan radical, tan certero, tan bello. Su película intitulada “Grecia en el aire” (al igual que su libro) es una joya, y lo es porque sabe trasmitir modestamente lo que le han dado los griegos: la posibilidad de querer saber más, de indagar en la apariencia en forma de conjetura o simple opinión, para demolerla y construir un discurso bien argumentado, dialéctico, abierto a la disputa y que aspira nada más y nada menos a que seamos mejores ciudadanos, es decir, responsables y capaces de gobernar y juzgar aquello que nos atañe en el día a día para procurar velar por el sostenimiento, siempre difícil, del interés común. Reivindicar la política, la democracia en concreto, de raíz griega, reivindicar a filósofos de la talla de Sócrates, Platón o Aristóteles es no sólo audaz y atrevido, es revolucionario en palabras de Pedro, y no sólo eso, añado yo: es hacer Filosofía de naturaleza crítica, académica, apoyándose en otros saberes tal y como se muestra en la película, es siguiendo la estela del filósofo de anchas espaldas, aspirar al bien desde los saberes ciertos que trituran los pseudosaberes encerrados en el eterno sí o no, en el eterno relativismo apático y de naturaleza nihilista de hoy que conduce a la desafección (mal político por excelencia para los ciudadanos atenienses). Insisto, me he emocionado porque estoy seguro de sentir lo que Pedro Olalla quiere trasmitir y creo e intento además y modestamente entenderlo.

En definitiva, eliminar la Filosofía académica (y en extensión las humanidades: Música, Latín, Griego…) del sistema educativo o pretender que, por el mero hecho de pensar uno ya es espontáneamente ajeno a todo tipo majaderías, es un fenómeno de un tiempo que se aproxima a la barbarie. Lo peor es que quien lo lidera son nuestros más brillantes políticos y hombres de negocios, ¡qué pena! No colaboremos como ciudadanos con nuestra desidia y al menos mostremos la audacia de disentir.

Reconozcamos como espectadores en el teatro el buen hacer reflexivo de Pedro Olalla y aupémoslo a Olimpo del que quiere saber más a través del noble esfuerzo orientado a la felicidad propia del hombre medio prudente en el seno de una sociedad bien gobernada y justa (Aristóteles).

Gracias de todo corazón. Qué se repitan tus trabajos y que nos honres con tu presencia.